Cita Diaria con Calvino (112)

“No sin motivo, después de la resurrección se pone el artículo de su ascensión a los cielos. Si bien Jesucristo, al resucitar comenzó de una manera mucho más plena a mostrar el brillo de su gloria y de su virtud, habiéndose despojado de la condición baja y vil de la vida mortal y corruptible y de la ignominia de la cruz, sin embargo, precisamente al subir a los cielos ha exaltado verdaderamente su reino. Así lo demuestra el Apóstol al decir que subió para cumplir todas las cosas (Ef. 4: 10), en cuyo testimonio el Apóstol, usando una especie de contradicción en cuanto a las palabras, advierte que hay perfecto acuerdo y conformidad entre ambas cosas. En efecto, Cristo de tal manera se alejó de nosotros, que nos está presente de una manera mucho más útil, que cuando vivía en la tierra, como encerrado en un aposento muy estrecho.

Por esto san Juan, después de referir la admirable invitación a beber del agua de vida, continúa: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). Luego añade que “aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7:39). Y el mismo Señor lo atestiguó así a sus discípulos: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros” (Jn. 16:7). En cuanto a su presencia corporal, los, consuela diciendo que no los dejará huérfanos, sino que volverá de nuevo a ellos; de una manera invisible, pero más deseable, pues entonces comprenderán con una experiencia más cierta, que el mando que le había sido entregado y la autoridad que ejercitaba, eran suficientes no sólo para que los fieles viviesen felizmente, sino también para que se sintieran dichosos al morir. De hecho vemos cuánta mayor abundancia de Espíritu ha derramado, cuánto más ha ampliado su reino, cuánta mayor demostración ha hecho de su potencia, tanto en defender a los suyos, como en destruir a sus enemigos.

Así pues, al subir al cielo nos privó de su presencia corporal, no para estar ausente de los fieles que aún andaban peregrinando por el mundo, sino para gobernar y regir el cielo y la tierra con una virtud mucho más presente que antes. Realmente, la promesa que nos hizo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28:20), la ha cumplido con su ascensión, en la cual, así como el cuerpo fue levantado sobre todos los cielos, igualmente su poder y eficacia fue difundida y derramada más allá de los confines del cielo y de la tierra. […]

Por esto se añade a continuación, que está sentado a la diestra del Padre; semejanza tomada de los reyes y los príncipes, que tienen sus lugartenientes, a los cuales encargan la tarea de gobernar. Así Cristo, en quien el Padre quiere ser ensalzado, y por cuya mano quiere reinar, se dice que está sentado a la diestra del Padre; como si se dijese que se le ha entregado el señorío del cielo y de la tierra, y que ha tomado solemnemente posesión del cargo y oficio que se le había asignado; y no solamente la tomó una vez, sino que la retiene y retendrá hasta que baje el último día a juzgar. Así lo declara el Apóstol, cuando dice que el Padre le sentó “a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia” (Ef. 1: 20-23; cfr. FIp. 2:9-11; Ef. 4:15; 1 Cor. 15:27).

Ya hemos visto qué quiere decir que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre; a saber, que todas las criaturas así celestiales como terrenas honren su majestad, sean regidas por su mano, obedezcan a su voluntad, y se sometan a su potencia. Y no otra cosa quieren decir los apóstoles, cuando tantas veces mencionan este tema, sino que todas las cosas están puestas en su mano, para que las rija a su voluntad (Hch.2:30-33; 3:21; Heb. 1: 8)”.

Institución de la religión cristiana II.XVI. 14 y 15 (p. 387-389).

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Un Comentario

  1. Cristino Enrique Robles Perea

    La Resurrección de Cristo de entre los muertos,junto con su Ascensión,representan su glorificación celestial,tanto como su reafirmación mesiánica por parte del Padre.La manifestación gloriosa de tal condición espera el tiempo que sólo conoce el Padre, de la Parusia.La visión del profeta Daniel(Dn.7,13-14)se cumple con la exaltación a la diestra de Dios del Cristo resucitado y ascendido,tanto como su identidad terrena de Hijo del Hombre-Siervo de Jehová- se consumó con su muerte en la Cruz del calvario(Jn.12,34-35;Is.52,13-53,12).La “cristologia de la kenosis”,para que se verifique como tal en orden a la salvación del género humano,tiene que verse reafirmada por la “cristología de la anábasis”( resurrección-ascensión y glorificación),en la línea como contempla el Reformador franco-ginebrino la propia Resurrección de Cristo.Su “status soteriológicus”,es implementado por el envio del Espíritu Santo(Hech.2,32-33),algo que no podía ser contemplado desde la apocalíptica danielínica del Hijo del Hombre glorioso de Dan.7,13-14,tal como nos presenta la visión el profeta.

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