La Salvación es Sólo del Señor

No exageramos en absoluto si decimos que acabamos de leer uno de los textos más importantes, no sólo de la carta a los Romanos, sino de toda la Biblia. No podemos destacar lo suficiente el enorme consuelo, enseñanza y seguridad que aporta a los creyentes, en sus aflicciones, y también en sus inseguridades. Además, ¡qué gran precisión que nos presenta el apóstol al hablar de la salvación de Dios, mostrándonos de sus distintos componentes, los planificados por Dios en la eternidad y los llevados a cabo por Él en el tiempo!

Por ello, sería una gran lástima que ante un pasaje como este nos quedáramos, por así decirlo, un poco cortos de vista. Ciertamente, los problemas de visión son de lo más comunes, siempre lo han sido, pero tienen una fácil corrección con unas pequeñas lentes adecuadas. Si no se tienen estas lentes, pues no sólo se nos puede complicar demasiado nuestra vida, sino que tampoco podríamos apreciar los maravillosos espectáculos que a veces se nos presentan ante la vista.

Como a veces ocurre al salir al campo. Podemos estar ante un valle rodeado de montañas, con una vista espectacular. Pero sin estas lentes, el prado se convertiría en una inmensa mancha verde que se extiende a partir de nuestros pies; las montañas imponentes imponentes, en borrosas manchas azuladas que a lo lejos no conseguimos divisar bien. Los árboles, unas pequeñas bolas verdes, suspendidas inmóviles en el aire. Todos los colores algo mezclados entre sí y todas las cosas sin forma bien definida.

Sería, como decimos, una lástima que nos ocurriera algo parecido ante este pasaje, que nos aporta tanta enseñanza, seguridad y consuelo. Por lo que creo que es necesario que hagamos un esfuerzo especial para escucharlo e intentar captar lo que nos él dice.

La enseñanza principal de este pasaje tiene que verse en continuación con lo que ya hemos visto, y también con lo que va a seguir. El tema en común siempre son las aflicciones. Como hemos visto, los cristianos tenemos el sostén, en medio de nuestras aflicciones, de 1) la esperanza de la gloria final (vv. 18-24); y  2) la ayuda en la oración (vv. 25-27).

Bien, podemos decir que en estos versículos tenemos el tercer sostén en medio de las aflicciones: la salvación de Dios.

Sí, lo que nos enseña este pasaje es que los sufrimientos no nos apartan de nuestra salvación, ni nos impiden llegar a la salvación, puesto que Dios obra por ellos, de la misma manera que Dios obra toda nuestra salvación.  

Se trata de considerar, pues, al mismo tiempo, tanto cómo Dios obra todas las cosas en nuestra vida, como también obra la salvación. Una salvación completa y que la lleva a cabo sólo Él.

Es lo que vamos a intentar meditar esta mañana, siguiendo las dos divisiones mayores que se encuentran en estos versículos.

L

a primera consideración trata acerca de las aflicciones, cuando dice que “todas las cosas ayudan a bien” (vs. 28).

1. Ya hemos dicho que esto es lo que Pablo tiene sobretodo en mente al decir “todas las cosas”, como se verá además a partir del vs. 31. No en vano, este versículo (Rom. 8:28) se suele citar siempre para animar a creyentes en alguna adversidad o aflicción. Esto no es casualidad, es una especie de intuición común en los cristianos el interpretar o usar esta escritura de esta manera, y es una intuición verdadera.

Ahora bien, también es cierto que, en la vida normal, las cosas cuanto más se usan más se gastan. Y desgraciadamente también puede ocurrir lo mismo con este versículo. Es un versículo tan conocido y usado, se emplea tantas veces, que para algunos a los que se lo digan cuando lo está pasando realmente mal puede que no le diga nada de especial. Por parte de los que lo citan, a veces suena como a algo que se dice porque se tiene que decir, como una convención más, como dar el pésame a alguien pero sin verdaderamente sentirlo.

No estoy criticando que se use este versículo, al contrario, sino que lo que quiero decir es que es muy posible que la comprensión de este versículo, entre unos y otros, se haya erosionado bastante. Porque, a ver, ¿qué significa que “todas las cosas ayudan a bien”? Estas últimas palabras, “ayudan a bien”, realmente ¿qué significado tienen?

Pues así de entrada, parece que dijeran como que las cosas malas al final se transformarán en buenas. O también que, de alguna manera, ellas nos “ayudan”, ponen, por así decirlo, su granito de arena para que a nosotros nos vaya bien.

Seguramente el problema con este versículo provenga de la manera misma como está traducido. Personalmente, sostengo que “ayudan a bien” (que, por cierto, es la traducción original de Reina y de Valera) no es la mejor traducción del griego. Creo que sería mucho mejor traducir “todas las cosas cooperan para el bien[1] o incluso traducir literalmente, “obrar juntamente” o también “obrar conjuntamente”, tal como está traducido por ejemplo en la versión tradicional en inglés. Bien, pues del sentido del verbo “obrar juntamente” resulta el verbo “cooperar” [de co- (juntamente) y operar, que significa lo mismo que “obrar”]. Y de hecho, “cooperar” sería el equivalente exacto del verbo griego, pero vemos que de “cooperar” se pasa al final “ayudar”. Vemos todo este recorrido, se podría ser más directo. “Cooperar” y “ayudar” a veces son sinónimos, pero no creo que lo sean en esta ocasión, puesto que con “ayudar” se pierde esta idea de un trabajo con un fin, un propósito (“el bien”).

Es decir, la idea que Pablo transmitía es que “todas las cosas” (incluidas ciertamente las aflicciones) están trabajando activamente para conseguir “el bien” nuestro. ¿Y a qué se refiere con “el bien”? Pues en este contexto, vemos claramente que se está hablando del bien final, del bien último, de la “gloria de los hijos de Dios” (v. 18), que ahora estamos esperando, por lo que somos salvos ciertamente, pero “en esperanza” (v. 24). Es decir, “el bien” es la culminación de toda la salvación de Dios, cuerpo y alma, para estar glorificados para siempre, en la presencia del Señor en los cielos nuevos y tierra nueva que esperamos.

2. ¿Qué podemos destacar de esta declaración del apóstol Pablo?

Que todas las cosas que vivimos están obrando juntamente, conjuntamente entre sí, concertadas, orquestadas, acompasadas, para nuestro bien último y final. Por supuesto, esto significa que detrás de todas ellas está Dios, dirigiendo unas y otras.

Y esto significa, también, que están conjuntadas y concertadas entre sí en el propósito eterno de Dios, el decreto que Él lleva a cabo ahora en el tiempo, del cual se habla por cierto también, como vamos a ver, en estos versículos. Se está hablando, pues, de la Providencia, de la buena Providencia de Dios para con sus hijos.

Todo esto significa, pues, que detrás de todas las cosas hay una inteligencia, la inteligencia infinita de nuestro Dios, que hace que obren juntamente, aunque nosotros no lo veamos ni lo entendamos. Sus caminos son más altos que nuestros caminos y sus pensamientos más altos que nuestros pensamientos (Isa. 55:8-9).

Pero detrás de todas las cosas está también un amor, el amor de nuestro Dios, puesto que Él las ha dispuesto para “nuestro bien”. No se puede perder de vista el amor de Dios en todo esto.

Por tanto, las cosas que suceden ahora, las cosas buenas, pero también las cosas malas, los accidentes, las adversidades, las enfermedades, y ellas no suceden porque sí. En estas circunstancias, cuando lo está pasando mal, la gente normalmente siente o dice que “esto es absurdo, no tiene ningún sentido”. ¡Pues sí, sí que tiene mucho sentido! Detrás de estas cosas está Dios y Él las ha dispuesto para que de ellas resulte nuestro bien. No son un absurdo, sino que tienen un propósito, tienen una dirección, que es obrar nuestro bien.

3. Podríamos ver esto por medio de una comparación. A veces pienso que la manera cómo Dios va obrando todas las cosas en nuestra vida se parece a la manera como al cabo de los años una casa se va llenando de personas y de bienes. Supongo que a todos nos ha ocurrido alguna vez que nos levantemos cuando todos en nuestra casa todavía duermen. Te levantas, te sientas en el comedor y piensas “qué paz, todos duermen todavía”. Y piensas en cada uno de ellos y dices “uf, es que son unos cuantos ya”. Y luego pones la vista en lo que tienes delante en el comedor, y piensas en todo lo que tienes en casa y concluyes “bueno, vivimos modestamente, pero no nos falta de nada”. Y piensas “¿cómo es posible que yo tenga todo esto, toda mi familia, mi casa, con todas sus cosas?” Y recuerdas cuando eras un niño, que sólo se preocupaba por jugar en la calle; o cuando eras joven y sólo te interesaba ir a la discoteca, aunque no bailaras nada (hay quienes sí que iban a bailes de salón y sí bailaban, pero no era tu caso).

Bueno, pues nada de esto de lo que ves ahora te venía entonces a la mente. No pensabas que algún día lo tendrías, y aquí lo tienes. Sin embargo, Dios desde siempre lo tenía todo en mente. Tú no preparaste nada, pero Él sí. Él lo tenía todo previsto. Con lo que ves claramente que es el Señor quien te las ha ido dando día tras día. El Señor ha ido dirigiendo todas las cosas en tu vida. El Señor te ha ido dando todas las cosas que ves. A cada momento, cuando avanzabas en la vida, te parecía que estabas abriéndote camino como entre la selva, desmalezando ramas, hojas y matorrales delante de ti. No veías un camino ya hecho, sólo seguías adelante. Pero ahora, miras atrás y ves que detrás de ti ciertamente hay un camino hecho. Y que todas las cosas que has vivido contribuían para que se abriera este camino, porque el Señor ha estado detrás de todas y cada una de ellas.

¡De todas ellas! No sólo de las que recordamos con agrado. No sólo de las del álbum de fotos. También de las que ahora son malos recuerdos. Sí, también de ellos. También de las cosas a las que todavía no encontramos explicación, o que todavía nos duelen. Todas las cosas, incluidas estas, están obrando el bien en nuestra vida, están siendo dirigidas por el propósito soberano de Dios, para nuestro bien último y salvación. Con lo que no hemos de rechazar lo que Dios nos da. Ahora, del Señor proviene tanto el bien como el mal. Po lo que hemos de decir como Job: “¿Recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). Sobretodo, cuando sabemos, porque la Palabra de Dios aquí nos lo dice, que hasta lo malo que vivimos es para nuestro bien final, para nuestra salvación.

E

sto nos lleva a la siguiente consideración en nuestro texto, que precisamente es la enseñanza del apóstol acerca de la salvación (vs. 29-30).

1. En el vs. 28 se nos dice que todas las cosas cooperan para el bien. Sí, pero esto no en la vida de todos, sino en la de los que aquellos que son salvos. El apóstol pasa a describirlos, y esta descripción ya comienza en el vs. 18, cuando dice: “a los que aman a Dios”. Los que “aman a Dios” se refiere sin duda a los creyentes en Cristo, a los que han sido adoptados por Él como hijos. Y “amar a Dios” describe lo que siente nuestro corazón por Él, sí, pero también es más que eso, pues describe la vida de aquellos que guardan y cumplen la Palabra de Dios precisamente por amor (cf. Juan 14:15.21; Gálatas 5:6).

Bien, pues estos que aman a Dios, son los que “son llamados conforme al propósito” (vs. 28). Nos quedamos ahora sobretodo con esta expresión, “propósito”. ¿A qué se refiere? Pues es la misma palabra que nos encontramos en Rm. 9:11 y también en 2 Tm. 1:9 (ver allí). Sabemos que el propósito o decreto eterno de Dios abarca todas las cosas que suceden en todas partes (providencia), pero aquí está hablando en especial de la salvación. Así que vemos claramente que aquí Pablo está hablando del decreto o propósito de la salvación de sus elegidos, el cual se conoce normalmente como predestinación.

2. Hemos de dar gracias a Dios por la enseñanza de estos versículos. Hemos de dar gracias a Dios porque nos enseña mucho acerca de la salvación. De ella nos enseña que ella fue ya decidida por Dios antes de la fundación del mundo (vs. 29) y que en el tiempo es y será llevada a cabo también por Dios (vs. 30).

En concreto, dice que “a los que antes conoció, también predestinó”. Como hemos dicho, aquí se está hablando de lo que Dios hizo antes de la fundación del mundo. Los mismos verbos lo indican (conocer antes o pre-destinar). ¿Cuál es primeramente el sentido del verbo “conocer”? Pues prácticamente todos están de acuerdo en que no se trata del conocimiento anticipado que tiene Dios de todas las cosas. ¿Por qué? Porque entonces, este conocimiento de Dios de sus hijos no tendría nada de especial, sería lo mismo que el conocimiento que tiene de los malos.

Otros corrigen algo esto pero continúan en el mismo camino y dicen que es “el conocimiento que Dios tiene de la fe de los creyentes”. Esto sería lo que los distinguiría de los demás. Ahora bien, la pregunta es, ¿de dónde proviene la fe? La Escritura enseña que ella es un “don de Dios” (Efesios 2:8). Con lo que aun en el caso, en la hipótesis, que Dios los conociera por su fe, esto no sería la última palabra, porque entonces tendríamos que hablar que Dios antes decidió darles la fe y hacer que creyeran.

Lo cierto es que la respuesta en la Escritura es bastante sencilla. “Conocer” significa fijarse en uno de entre los demás, distinguir. Por ello, es prácticamente el mismo sentido de “elegir”. Ver Os. 13:5; Amós 3:2; Jer. 1:5.

Dios, por tanto, los conoció, los distinguió, los amó. No porque ellos fueran mejores ni más bellos que los demás. Ni por tener ellos fe, ni por alguna virtud en ellos. Sino simplemente porque tuvo a bien, como dijo María en su cántico, “poner sus ojos en la bajeza de su siervo” (Lc. 1:48).

3. Bien, pues a estos, dice nuestro texto, Dios “también los predestinó”. El significado aquí ya nos parece más claro, creo que todos lo entendemos bien. El Señor desde la eternidad nos destina a un fin determinado. Este fin y propósito lo encontramos a continuación “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8:29). La salvación es descrita, pues, con llegar a ser conformes a la imagen de Cristo. ¡Ser tal como Él es, conforme a Su imagen!

Y de esta manera vemos una cosa muy importante acerca de la predestinación. Si nos recordamos, la Escritura nos enseña que somos elegidos desde antes de la fundación del mundo “en Cristo” (Ef. 1), entonces vemos que Cristo es el primero y el último, el Alfa y el Omega de nuestra salvación ¡y también lo es de nuestra predestinación! No hemos de tener miedo de la predestinación, como algunos lo tienen, o algunos que incluso la critican por yo no sé qué excusas. Porque vemos en la Biblia la predestinación y se nos habla de Cristo de principio a fin, y vemos también que creemos en Cristo, y que ello es por la predestinación de Dios.

Nada que temer, pero tampoco nada que objetar. Algunos no le gusta la predestinación porque dicen que es injusta. Esto estará más en detalle expuesto en el cp. 9. De momento sólo diremos que el creyente sabe muy bien que si ha sido predestinado y cree en Cristo, y que si ha sido salvo, esto no es en base a su justicia. Ni la de antes, ni la de ahora. Entonces ¿cómo puede ser Dios injusto al no predestinar a otros? ¡Precisamente, Dios es justo al no hacerlo! En cuanto a nuestra predestinación, no se basa en justicia alguna en nosotros, sino en la justicia de Cristo. En lo que respecta a nosotros, pues, la predestinación no es en justicia, sino es en gracia.

4. Esto en cuanto a lo que Dios decidió antes de la fundación del mundo. Pero ahora el apóstol pasa a considerar lo que Él lleva a cabo en las Historia. Y comienza diciendo: “a éstos también llamó” (vs. 30). ¿De qué llamamiento se trata? No del que realiza el predicador cuando nos llama a que creamos, o que hagamos esto o lo otro. Este puede estar presente, pero más bien se trata del “llamamiento interior”, es decir, la obra que hace el Espíritu Santo cuando nos llama interiormente y abre nuestro corazón para que respondamos a la Palabra, para que creamos en Cristo, arrepintiéndonos de nuestros pecados. En la Biblia, se habla de este llamamiento interior precisamente para hablar de la conversión (cf. 1 Cor. 7:24; también 1 Cor. 1:9).

5. Y es por eso por lo que sigue a continuación “a estos también justificó”. Y ya vimos en detalle, en el capítulo 4 de Romanos sobretodo, en qué consiste la justificación por la fe: que Dios nos imputa la justicia de Cristo y nosotros la recibimos por la fe. Esta justificación no es el pago que Dios nos hace al ver nuestra fe, porque la fe no es un mérito nuestro (porque entonces sería una obra nuestra, pero es Dios quien nos la da). Pero sí que es cierto que la justificación pertenece a la categoría de obras que Dios lleva a cabo en el tiempo, en la vida de las personas. Volveremos a esto un poco más adelante. De momento, vemos que, si Dios nos conoce y nos predestina desde antes de la fundación del mundo, ahora, en relación con nosotros en el tiempo, nos llama y nos justifica.

6. Peo no sólo esto. Vemos que Pablo concluye toda esta serie diciendo que “a estos también glorificó”. Todo el mundo estará de acuerdo en decir que se trata de la glorificación de la que se habla en todo este pasaje, y en particular el vs. 18 y el vs. 21. Es decir, de la glorificación final. Cualquier otra cosa (nuestra regeneración, conversión, o recibir la gracia de Dios ahora en esta vida) no haría justicia al pensamiento de este pasaje. Nada que no sea “la gloria futura que en nosotros ha de manifestarse” puede considerarse apropiado aquí, nada de lo que experimentamos ahora, porque todo se quedaría corto. No hay nada mayor que esta gloria futura, final y eterna que los creyentes experimentaremos. La creación gime a una esperándola y nosotros gemimos, esperándola con paciencia. Nada, por tanto, es más digno que pongamos nuestros ojos en este pasaje que esta glorificación futura. Una glorificación que ya está decidida por Dios y que por tanto es segura. Tan segura como la predestinación, el llamamiento o la justificación.

B

ien, pues a la luz de toda esta enseñanza, ¿qué podemos decir acerca de todo esto?

1. Comenzamos por lo aquello que llama más la atención. Y es que hay ciertamente un orden, una progresión en la salvación. En estos versículos (28-30), vemos que a un paso le sigue otro, y a otro, otro. A esta sucesión se le solía llamar en los tiempos antiguos por los escritores y pastores reformados la “cadena de oro de la salvación”. Un eslabón está engarzado al siguiente, formando la cadena que nos lleva a la salvación final. En teología, se utiliza una expresión más común: “el orden de la salvación” (ordo salutis).

Como vemos, la idea es perfectamente bíblica y se basa particularmente en este pasaje, entre otros. La salvación está compuesta por toda una serie de elementos, y estos mantienen un orden entre sí. Así, la salvación se ve como un movimiento siempre adelante, hasta el momento final de la salvación, que es la gloria futura.

Pero resulta que hoy día, la idea del “orden de la salvación” se puede decir que está un poco en crisis (y estoy hablando de sectores propiamente reformados). Hoy día se prefiere utilizar otras palabras y otras ideas que hablar de un orden de la salvación. Se habla muy comúnmente de “salvación escatológica”. O del “ya, pero todavía no”. ¿Qué idea hay detrás? Que en vez de considerar cada obra, momento o escalón como algo definido, siempre se considera incompleto, hasta que venga el final (escatos).

¿Problemas e esta manera de ver? Que tiende a mezclar, a confundir todos los eslabones de la salvación. Pensemos lo importante que es esto, si se confunde la justificación y la santificación: el resultado no es otro que salvación por obras. Pero sobretodo, al considerarlos incompletos, la justificación misma se considera incompleta. Trasladado a todo lo demás, hasta la elección lo será. Será una elección, no incondicional, como es enseñada en la Biblia y confesada en la Reforma, sino provisional, por lo tanto, condicional.

Y todas esto, amigos, no es nada más que una nueva versión de catolicismo-romano con nuevas palabras, con las que nos sentimos más a gusto. Y esta es la inmensa crisis a la que hoy los reformados tenemos que hacer frente.

Pero es que en realidad, todas las objeciones que se hacen el concepto del “orden de la salvación” carecen de un buen fundamento. Hay aspectos de la salvación que tienen que cumplirse todavía, cierto (por ejemplo, nuestra glorificación final) pero esto no significa que se tenga que mezclarlos todos o a considerar todos incompletos.

2. Otra objeción. Se nos dice que el orden no puede ser, porque en Dios no hay secuencia temporal. Y en eso estamos todos de acuerdo. Nunca la teología reformada ha pensado que este orden sea una sucesión temporal en Dios. Dios vive en un eterno presente. Más bien es un orden causal y lógico. Las cosas que Dios hace ahora para la salvación, las hace porque las ha decidido hacer antes de la fundación del mundo. Para Dios, siempre están en su eterno presente. Pero hay una prioridad, lo que Dios decidió antes de la fundación del mundo es lógicamente primero. ¿Cómo se puede llegar a pensar que lo todavía no creado es primero en la mente de Dios? De acuerdo con esta manera de pensar, simplemente, Dios no es Dios y va siempre a remolque de los acontecimientos, desde la eternidad misma.

3. Siempre en la Reforma se ha hablado y enseñando el “orden de la salvación”. ¿Y cuál es el resultado? Que se afirma, se proclama y se experimenta lo que la Biblia afirma: que se puede tener la seguridad de la salvación. Es Dios quien nos elige antes de la fundación del mundo, sin que esto dependa de nosotros. Es Dios quien nos llama eficazmente y nos justifica. Y, atención, esta justificación es una obra completa, acabada de Dios, de manera que todos los que han sido justificados, estos serán glorificados. Esto depende tanto de nosotros como nuestra elección en los tiempos eternos.

4. La salvación es segura, porque la salvación es de Dios. Y esto significa que es sólo de Dios. Si dependiera en parte de nosotros, tú y yo tendríamos un serio problema, porque no tenemos firmeza ni perseverancia en nosotros mismos. Apóyate en un hombre, apóyate en ti mismo, y ya verás la desilusión que te llevas. Apóyate sólo en Dios, y nunca te verás frustrado. Él es la Roca de la salvación. Nunca te dejará ni te abandonará, de manera que puedes decir confiadamente “No temeré”. No depende de tus sentimientos religiosos, ni de tus preparaciones para creer, si ellas son lo suficientemente buenas, sinceras o profundas. No depende de tu celo, ni de tu fervor, ni de tu testimonio, ni de tu evangelización. No depende de tu fidelidad, ni de tu coherencia. No depende de tu compromiso social, de tu ayuda al pobre, de tu lucha por las injusticias sociales, ni siquiera de tu lucha en contra del aborto. No depende de nada de lo que puedas hacer. Nos lo tenemos que recordar día tras día, no lo tenemos que olvidar nunca: la salvación depende sólo de Dios. ¡La salvación es sólo de Dios!

5. Ahora bien, el destinatario de esta salvación son estos: los que ahora aman a Dios. Los que sienten amor por Dios y se lo expresan. Los que guardan Su Palabra y por lo tanto, están siendo santificados.

Por ello, todos nosotros, ¿cómo está nuestro amor por Dios? Esta es una pregunta que nos tendríamos que hacer a menudo, y que también nos la tenemos que hacer esta mañana. ¿Cómo está nuestro amor por Dios? ¿Lo amamos, como el nos dice, por encima de todas las cosas?

Planteémoslo, y miremos en nuestro corazón. Pero, al mismo tiempo, tampoco olvidemos nunca esto: “Si alguno ama a Dios, es conocido por Él” (1 Cor. 8:2)

Y sobretodo: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4:10).

Como si dijera: en esto consiste el amor: en que reconozcas que no es que tú hayas amado a Dios primero, ni que lo ames primero ahora. Reconoce que es Dios quien te ha amado y te ama primero a ti.

En esto, por tanto, consiste el amor: en que creas simplemente en que Jesús hizo propiciación por ti.

En esto, pues, consistirá el amor: en que recibas hoy también el inmerecido amor de Cristo por ti.

Permíteme decírtelo así: no tratemos de convencer a Dios acerca de nuestro amor. Él lo sabe muy bien. Tratemos de convencernos mejor del amor que Él nos tiene en Jesucristo.

Que el Señor bendiga Su Palabra en nuestros corazones

 


[1] LBLA: “cooperan para bien”. En griego, las expresiones preposicionales normalmente no llevan artículo, con lo que muy bien se puede traducir “el bien” (cf. Juan 1:1, “En el principio”).

Anuncios

  1. eliécer guillén

    A falta de un post más adecuado, dejo aquí éste comentario, miren éste “señor” y éste “salvador” al que se entregan muchos en latinoamérica y en españa, mientras en su propio país, luchan por liberarse:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s