Soy Pastor Evangélico y Creo en las Doctrinas Reformadas, ¿Qué Puedo Hacer?

Retomo, por ser una cuestión extremadamente importante para nuestros días, el comentario del hermano Morgan y mi respuesta en el reciente artículo El silencio de los pastores cripto-reformados.

Por un lado, como dije en mi comentario de respuesta, el pastor se halla bajo el deber de conciencia ante el Señor de predicar y enseñar conforme a la verdad de la Palabra de Dios (en este sentido va también el comentario del hermano Eduardo).

La idea, en principio, puede causar algo de respeto. Pero atención a este punto: si el pastor llega al convencimiento de las doctrinas de la Reforma, no se trata de un punto particular, individual, una novedad del pastor que, por ser tal, se tiene que tomar con mucha precaución y reservas. ¡Se trata, nada menos, de una confesión de fe histórica de la Iglesia del Señor Jesucristo! El pastor, al menos interiormente, se suma a ella y adhiere a la misma. Por todo ello, hay un plus de seguridad, pero también de responsabilidad, en cuanto al tener que enseñarla.

Pero, por otro lado, tal como avancé en mi artículo y se hizo patente en los comentarios, entrar a predicarla, sin más, sería una operación absolutamente suicida, tanto con respecto a la propia congregación como de cara a la denominación.

Por supuesto, el pastor siempre tiene como primera opción la de desistir de entrada de introducir la doctrina de la Reforma en su congregación, para irse a servir directamente en un ámbito reformado. Personalmente, este fue mi caso. Avanzo que no tengo queja alguna de la denominación en la que entonces servía o de mi propia congregación. Pero también creo que el resultado se debió mucho a mi juventud e inexperiencia en aquel entonces. En todo caso, es mejor salir que dejar por el camino una iglesia destrozada.

Eso es, normalmente, lo que ocurrirá si se intenta introducir la doctrina de la Reforma en una congregación “a las bravas”, sin antes introducir previamente las condiciones necesarias para un cambio de tal magnitud. La teología reformada de las “causas segundas” aquí es fundamental. Producir un cambio significativo sin previamente proveerse de las condiciones y medios necesarios es algo perteneciente a la categoría de “milagros”. Estos pueden existir (no somos naturalistas) pero no es lo que normalmente ocurre (de ahí, precisamente, que sean “milagros”). Sin estas “causas segundas” (condiciones), y sin mediar milagros, el desastre está asegurado.

Lo que sigue son mis consejos al respecto:

1. Primero, antes de comenzar nada, mucha oración siempre por parte del pastor.

2. Segundo, el pastor no puede introducir este cambio en la congregación a título individual. No lo podrá hacer sin el apoyo y la ayuda del Consejo de su congregación. Es decir, de sus “ancianos” y “diáconos”. Para que la congregación reciba esta enseñanza, ella primeramente tiene que llegar al Consejo y ser recibida por él. Con el apoyo del Consejo, la congregación podrá recibir la enseñanza sin ruptura. De otro modo, creemos que será imposible.

Si el pastor está en una congregación que ya dispone previamente de Consejo de ancianos y diáconos (por cierto, un aspecto fundamental y esencial de la forma presbiteriana de gobierno, claramente expuesto en la Escritura), este punto está ya ganado y se podrá pasar sin más al siguiente. Si no es así, el pastor debe concentrar sus esfuerzos en el establecimiento de dicho Consejo para su congregación local.

3. Las relaciones del pastor con su Consejo tienen que ser siempre de total confianza. Este es un aspecto básico de la vida de la iglesia, independientemente de que vayamos o no a introducir la enseñanza de la Reforma.

4. La introducción de la enseñanza de la Reforma en el Consejo se tiene que hacer sin que se den suspicacias de ningún tipo, de la manera más natural posible. ¿De qué manera? Estas son mis sugerencias:

a) Es requisito bíblico que los ancianos y diáconos han de ser personas maduras en la fe y en el conocimiento de la Palabra (cf. 1 Tim. 3).

b) Es muy conveniente que el pastor (o “anciano docente”, usando terminología presbiteriana) provea enseñanza a sus ancianos y diáconos para su crecimiento y madurez espiritual. Lo hace, de manera habitual, por medio de su ministerio de predicación y enseñanza en la iglesia. Pero este es el mismo nivel que está recibiendo el resto de los miembros de la congregación. Creemos que es necesario algo suplementario.

c) Por tanto, es muy conveniente que el pastor establezca otras maneras de ministrar específicamente a los ancianos y diáconos miembros de su Consejo. Esto puede ser:

 c.1) directamente, por medio de estudios bíblicos periódicos con ellos.

c.2) indirectamente, sugiriéndoles unas lecturas de libros, para después reunirse de manera más o menos informal, con mayor o menor periodicidad, para comentar dichas lecturas

Esta última sería, sin duda, mi mayor recomendación. Para entendernos, sería como la creación de una especie de “club de lectura” con los ancianos y diáconos. Aclaramos que no se trata de una maniobra oculta o conspiración alguna por parte del pastor. Independientemente del tema que nos ocupa (la mejor manera de introducir la doctrina reformada en una congregación evangélica), existe una responsabilidad espiritual tanto de los pastores como de los ancianos y diáconos, unos de proveer adecuadamente para el mayor crecimiento y beneficio de los miembros de su iglesia, Consejo incluido, y otros, de esforzarse para alcanzar el mayor crecimiento y la mayor madurez espiritual posible. La existencia de estos “clubs de lectura” debería ser algo de por sí habitual en la relación entre pastor y resto de Consejo.

5. Si se dan todas estas condiciones, sería posible contemplar la introducción de la enseñanza de la Reforma en una congregación con muchas garantías de éxito. Pero siempre se tendrá que dar el paso de proponer estudiar la doctrina reformada del Pacto. Esto se puede proponer:

a) directamente, si algún miembro de su Consejo manifiesta ya interés acerca de estos temas;

b) directamente, manifestando el pastor al Consejo su interés por este asunto;

c) en el contexto de un programa mucho mayor de lecturas sobre otros temas.

Evidentemente, esta última opción es mucho más diluida, requiere mucho más tiempo y, aunque en ocasiones también puede ser llevada a cabo de manera legítima, ciertamente el pastor corre mucho más riesgo de caer en la simulación y ocultamiento, algo que debe evitar a todo precio, por su propia conciencia ante el Señor. Por ello, creo que es necesario que el pastor haga partícipe a sus ancianos y diáconos de sus inquietudes en este punto, con toda naturalidad y confianza.

¿Que existe un riesgo en este punto de proponer estudiar el tema del Pacto a los miembros de su Consejo? Por supuesto. Riesgos los habrá siempre a cada paso del proceso, y es por ello que al principio dijimos el pastor debe comenzar y continuar siempre con oración.

6. En concreto, ¿qué estudiar?

En la Biblia:

(entre muchos otros pasajes) Génesis 17; Deuteronomio 30; Romanos 4; Gálatas 3; la epístola a los Hebreos, especialmente caps. 3-4 y 7-12

En Teología:

Es fundamental la Institución de la religión cristiana, de Juan Calvino, Libro IV, cap. XIV-XVI.

Pierre Marcel, El bautismo. Sacramento del Pacto de Gracia.

Charles Hodge, De la insignia cristiana.

7. Si el Consejo ha recibido la enseñanza de la Reforma, entonces es algo que se puede presentar debidamente a la congregación. Por supuesto, no se trata de presentar este cambio como algo ya de por sí hecho, sin presentar antes la enseñanza, y la mejor manera de hacerlo es claramente diciendo que se abre un periodo de reflexión y oración en cuanto a este asunto. Si la congregación es madura, lo debe comprender y aceptar sin presentar problemas. Miembros díscolos o rebeldes, que aprovechen la menor oportunidad para crear un problema, siempre los habrá, con este tema o con cualquiera.

8. Bien, hemos llegado al final del proceso y la iglesia, la congregación local, ha llegado al convencimiento acerca de la doctrina reformada del Pacto. Entonces, ¿qué hacer? ¿Abandonar la denominación para ser una iglesia independiente o afiliarse a las iglesias reformadas? En principio, mi recomendación es no hacer esto. El Consejo y la iglesia no tienen nada de qué avergonzarse para salir corriendo de su afiliación eclesiástica, han llegado al convencimiento bíblico de una enseñanza confesional histórica, y lo ha hecho de manera perfectamente legítima. La iglesia (congregación local) entonces está en su derecho de presentar ante la denominación sus nuevas convicciones, solicitando que se las respete, pues están basadas en la Palabra de Dios y son una enseñanza histórica de la Iglesia. Se tiene que insistir en la limpieza y honestidad del proceso, y que, por tanto, si la denominación no va a abrazarlas de entrada, sí al menos puede (debe) tolerarlas hasta que las considere debidamente. ¿Va a ser la denominación tan intolerante y despiadada de arremeter contra el pastor o la congregación, sin antes haberles dejado exponer debidamente su defensa en base a la Palabra de Dios (Juan 7:51)? Pero veamos este punto: al hacerlo, al presentar su defensa en base a la Palabra, al mismo tiempo la congregación está de hecho emplazando a la denominación a iniciar un proceso de reflexión similar al que la congregación ha comenzado y culminado con éxito. ¿Y no pueden llegar también ellos al mismo convencimiento en la Palabra?

La mejor conclusión que se nos ocurre a todo este artículo es el siguiente principio bíblico, que ha de guiar la aprensión de la verdad por la iglesia del Señor Jesucristo:

“Hágase todo decentemente y con orden” (1Co. 14:40).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s