El Problema del “Preparacionismo”

Una de las tareas más interesantes en teología, de mayor importancia a la vez que más difíciles de hacer, es conseguir la traslación de nociones corrientes en la teología papista o católica-romana, a sus posibles equivalentes en teología protestante o evangélica. Disponemos de un amplio vocabulario compartido en las doctrinas que nos son comunes (por ejemplo, la de la Trinidad) pero en terrenos en los que divergimos (por excelencia, el de la gracia) hay ocasiones en las que se da una diferencia de nombres –de ahí, precisamente, la dificultad– para nombrar unos conceptos que pueden considerarse análogos o hasta comunes.

Tomemos el caso de la doctrina del arrepentimiento. En la teología romanista, este es llamado normalmente como “penitencia” y se le concibe básicamente como una obra de la Iglesia por la cual se transmite gracia a los pecadores arrepentidos, de ahí que se le considere incluso como un “sacramento”. Entre las obras que los pecadores han de hacer para recibirlo, destaca principalmente –además de la confesión, que no consideramos aquí– la llamada “contrición”. ¿En qué consiste esta contrición? La enseñanza del Concilio de Trento, recogida por el actual Catecismo, la define como:

“un dolor en el alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (Cc de Trento: DS 1676; citado en Catecismo 1451).

A continuación, el Catecismo establece una distinción importante. Por una parte,  se encuentra la llamada “contrición perfecta”, que es según el Catecismo 1452, “la que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas”; por otra parte, estaría la “contrición imperfecta”, también llamada “atrición”, la cual “nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador”.

Nosotros, por nuestra parte, podríamos considerar la primera (contrición perfecta) como el arrepentimiento netamente evangélico (nuestro amor a Dios sólo se puede dar en el contexto del evangelio y únicamente puede brotar del mismo; cf. Rom. 5:5; 1 Cor. 8:3; 1 Jn. 4:10). Por el contrario, la segunda puede ser vista como una contrición legal, por lo tanto, no es expresión de la gracia salvadora, sino que es lo propio de un espíritu de servidumbre más bien que filial (Rom. 8:15). La Escritura es clara en no atribuir esta contrición legal a la gracia: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Jn. 4:17-18).

No obstante, la teología católica-romana admite como válida esta contrición imperfecta. No nos equivocamos si decimos que ella es concebida como un mérito, en particular, mérito de congruo (es decir, imperfecto, el que las personas realizarían antes de recibir la gracia divina salvadora), que se corresponde con las preparaciones meritorias de la persona para recibir la gracia de la justificación (cf. Concilio de Trento, Decreto de la Justificación, V-VI).

La pregunta surge, entonces, naturalmente: ¿es recogida de alguna manera esta distinción, entre contrición perfecta e imperfecta, en los textos representativos de la teología reformada? La respuesta no es otra que un claro “sí”. Por supuesto, no podría ser de otra manera, ya que la Reforma no vino del vacío. Miremos sino la explicación dada por la Confesión de Fe de Westminster acerca del arrepentimiento para vida:

“Al arrepentirse, un pecador se aflige por sus pecados y los aborrece, movido no sólo por su contemplación y el sentimiento de peligro, sino también por lo inmundos y odiosos que son, como contrarios a la santa naturaleza y a la justa Ley de Dios. Y al comprender la misericordia de Dios en Cristo, para aquellos que se arrepienten, el pecador se aflige y aborrece sus pecados, de manera que se aparta de todos ellos y se vuelve hacia Dios, proponiéndose y esforzándose por andar con Él en todos los caminos de sus mandamientos” (CFW 15.2)

Vemos, pues, que la Confesión de Westminster alude claramente a la llamada “contrición imperfecta” (“…los aborrece, movido no sólo por su contemplación y el sentimiento de peligro…”). ¿Significa esto que Westminster la considera como válida, la reconoce de la manera que lo hace Trento? La respuesta es un NO rotundo. Ella es contemplada exclusivamente en el contexto del verdadero arrepentimiento. Este es definido en CFW 15.1 como “una gracia evangélica”; es decir, un don concedido en el evangelio, no en la ley. Además, en el párrafo que hemos citado claramente se desprende que, por sí sola, la “contrición imperfecta” no constituye el arrepentimiento para vida. Esta se puede dar en aquel que se vaya a arrepentir, o se está arrepintiendo, pero este arrepentimiento verdadero es el de aquel que sucede “al comprender la misericordia de Dios en Cristo, para aquellos que se arrepienten” y es por ello por lo que el pecador se aflige y aborrece sus pecados”. Por tanto, contrición perfecta: sólo ella es el arrepentimiento para vida.

A la luz de ello, los evangélicos hemos de llegar a distinguir claramente entre ambos tipos de “arrepentimientos”, para descartar como válido para salvación precisamente el “arrepentimiento legal” o “contrición imperfecta”. El pecador, por sí sólo es incapaz de arrepentirse por medio de la Ley, y la Confesión de Westminster es taxativa al negar que el pecador se pueda prepararse de modo alguno para la conversión (cf. CFW 9.3). Además, esta contrición imperfecta, o arrepentimiento legal, como vemos, por sí misma, no salva: sólo salva el arrepentimiento que es una “gracia evangélica”. Por lo tanto, si en nuestro testimonio a los pecadores para que sean salvos hemos de hacer uso de la Ley –¡y lo tenemos que hacer!– ello no podrá ser nunca presentando a esta de manera unilateral y disociada del Evangelio (lo que en inglés se conoce como la “bare law” o “ley desnuda”), sino acompañada de las promesas de gracia inmerecida del Evangelio.

Hay otro problema añadido –y no precisamente pequeño– con la idea de la “preparación” del pecador por medio de la Ley antes que pueda abrazar las promesas del Evangelio: es que predicar de esta manera la Ley introduce un paso intermedio para el pecador y su venida a Cristo. Esto abre las puertas para la reintroducción de la idea de mérito antes de la salvación (cf. Trento), pero además, de esta manera el Evangelio no es ofrecido libremente al pecador, sin tener que esperar a que el pecador cumpla antes con ciertos “requisitos” o “pasos intermedios”. Y una de las glorias de las confesiones de la Reforma, y de Westminster en particular, es precisamente su afirmación de que el Evangelio ha de ser ofrecido libremente a los pecadores:

“El llamamiento eficaz es la obra del Espíritu de Dios por la cual, convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes con el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades, nos persuade para que abracemos a Cristo, que nos ha sido ofrecido libremente en el evangelio, y nos hace capaces de hacerlo” (Catecismo Menor de Westminster, preg. 31).

Queda, por último, una última cuestión pendiente, que es si en las filas evangélicas, y particularmente reformadas, ha habido ejemplos de esta predicación “preparacionista” de la Ley. Precisamente, una de las críticas a los Puritanos es precisamente que tenían una tendencia al “preparacionismo”. Lo cierto es que esta cuestión excede con mucho lo que podemos abordar ahora y merece ser desarrollada aparte. De momento, tan sólo diremos que el nombre “puritano” es una etiqueta que nosotros hemos creado, con la que llamamos a un grupo de pastores y teólogos que tenían unas marcadas características en común, pero que también estaban lejos de ser un movimiento uniforme y monolítico. Se tendría más bien, pues, que estudiar caso por caso, y podría ser posible que alguno de ellos llegara a posiciones que podríamos calificar de “preparacionistas”. En todo caso,  el peso que en nuestra tradición tienen estos autores no ha de llevarnos a asimilar sin más todo lo que digan, puesto que la autoridad final para nosotros, por la cual son juzgadas todas las enseñanzas y doctrinas en la Iglesia, son las Sagradas Escrituras (norma normans), de las cuales las Confesiones de fe son una expresión derivada y subordinada (norma normata).

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Jorge Ruiz Ortiz

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