Calvino acerca del Arrepentimiento

Para comprender la posición de Calvino acerca de lo que conocemos hoy como “preparacionismo”, es necesario abordar los escritos del Reformador sobre la doctrina del arrepentimiento. Fundamentalmente, podemos encontrarla en los capítulos 3 y 4 del libro tercero de la Institución de la religión cristiana.

Primeramente, podemos observar que Calvino enseñaba que el arrepentimiento procede de la fe, al reconocer precisamente la gracia de Dios:

“Sin embargo, al afirmar nosotros que el origen del arrepentimiento procede de la fe, no nos imaginamos ningún espacio de tiempo en el que se engendre. Nuestro intento es mostrar que el hombre no puede arrepentirse de veras, sin que reconozca que esto es de Díos. Pero nadie puede convencerse de que es de Dios, si antes no reconoce su gracia” (Inst. III.3.2).

Justo a continuación, el Reformador desmiente que el terror de la conciencia sin la gracia sea virtud alguna para con Dios:

“Es posible que algunos se hayan engañado porque muchos son dominados con terror de la conciencia, o inducidos a obedecer a Dios antes de que hayan conocido la gracia, e incluso antes de haberla gustado. Ciertamente se trata de un temor de principiantes, que algunos cuentan entre las virtudes, porque ven que se parece y acerca mucho a la verdadera y plena obediencia. Pero aquel no se trata de las distintas maneras de atraernos Cristo a sí y de prepararnos para el ejercicio de la piedad; solamente afirmo que no es posible encontrar rectitud alguna, donde no reina el Espíritu que Cristo ha recibido para comunicarlo a sus miembros. Afirmo además, que, conforme a lo que se dice en el salmo: “En ti hay perdón para que seas reverenciado” (Sal. 130,3), ninguno temerá con reverencia a Dios, sino el que confiare que le es propicio y favorable; ninguno voluntariamente se dispondrá a la observancia de la Ley, sino el que esté convencido de que sus servicios le son agradables” (III.3.2).

 

Acerca de la enseñanza papista sobre el arrepentimiento, Calvino denuncia primeramente que ella atormenta las conciencias de la gente:

“Hablan mucho de contrición y de atrición; atormentan las almas con muchos escrúpulos de conciencia, y les causan angustias y congojas; mas cuando les parece que han herido el corazón hasta el fondo, curan toda su amargura con una ligera aspersión de ceremonias” (III.1.1).

Calvino pasa a considerar las partes del arrepentimiento. Al hablar de la contrición, plantea la cuestión si es posible llegar a llorar los pecados lo suficientemente, para llegar a cumplir esta de manera perfecta, además de avanzar unos interesantes comentarios sobre el riesgo de simular en este terreno (¿diríamos hoy inventarnos un “testimonio” convincente?):

“Si dicen que es menester hacer cuanto podamos, volvemos a lo mismo. Porque, ¿cuándo podrá uno confiar en que ha llorado sus pecados como debe? El resultado es que las conciencias, después de haber luchado largo tiempo consigo mismas, no hallando puerto donde reposar, para mitigar al menos su mal se esfuerzan en mostrar cierto dolor y en derramar algunas lágrimas para cumplir la perfecta contrición

Y si dicen que los calumnio, que muestren siquiera uno solo que con su doctrina de la contrición no se haya visto impulsado a la desesperación, o no haya presentado ante el juicio de Dios su fingido dolor como verdadera compunción” (III.1.2-3).

Por último, Calvino trata también entre la distinción entre “arrepentimiento legal” y “arrepentimiento evangélico”, presentando ejemplos bíblicos de cada uno:

“Otros, viendo que el nombre de arrepentimiento se toma diversamente en la Escritura, han establecido dos géneros de arrepentimiento; y para distinguirlos de algún modo, han llamado a uno legal, por el cual el pecador, herido con el cauterio del pecado y como quebrantado por el terror de la ira de Dios, queda como enredado en esa perturbación, y no puede escapar ni desasirse de ella. Al otro lo han llamado evangélico; por 61 el pecador, afligido en gran manera en sí mismo, se eleva más alto, y se abraza a Cristo como medicina de su herida, consuelo de su terror y puerto de su miseria. 

Caín, Saúl y Judas son ejemplos del arrepentimiento legal (Gn. 4, 13; 1 Sm. 15,20.30; Mt. 27,3-4). La Escritura, al referírnoslo, entiende que ellos, después de conocer la gravedad de su pecado, temieron la ira de Dios, pero considerando en Dios únicamente su venganza y su juicio, se quedaron abismados en esta consideración; por eso su arrepentimiento no fue más que una puerta del infierno, en el cual habiendo penetrado ya en esta vida, comenzaron a sentir el castigo de la ira de Dios. 

El arrepentimiento evangélico lo vemos en todos aquellos que heridos por el aguijón del pecado, pero recreados con la confianza en la misericordia de Dios, se convierten al Señor. Ezequías quedó lleno de turbación al escuchar el mensaje de muerte; pero lloró con lágrimas en los ojos, y contemplando la bondad de Dios recobró la confianza (2 Re. 20,2 y ss; Is. 38, 1-3). Los ninivitas quedaron aterrados con la horrible amenaza de que iban a ser destruidos. Pero revistiéndose de saco y ceniza oraron, esperando que el Señor podría volverse y cejar en su ira (Jon. 3,5). David confesó que había pecado muy gravemente al hacer el censo del pueblo; pero añadió: “Oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo” (2 Sm. 24, 10). Reconoció el crimen de su adulterio cuando el profeta Natán le reprendió; y se postró ante el Señor, y a la vez esperé el perdón (2 Sm. 12,13. 16). Semejante fue el arrepentimiento de aquellos que en la predicación de san Pedro sintieron tocado su corazón; pero confiando en la misericordia de Dios, dijeron: “Varones hermanos, ¿qué liaremos?” (Hch. 2,37). Tal fue también el de san Pedro, que lloró amargamente, pero no dejó de esperar (Mt. 26,75; Lc. 22,62)” (III.3.4)

Hemos de darnos cuenta de que Calvino no rechazó toda esta enseñanza católica precedente:

“Aunque todo esto es verdad, sin embargo, en cuanto yo puedo comprenderlo por la Escritura, el nombre de arrepentimiento se debe entender de otra manera” (III.3.5)

 

Lo que Calvino quería sobretodo era distinguir el arrepentimiento de la realidad de la fe. En el contexto del arrepentimiento evangélico, y con un énfasis unilateral en la gracia, se pueden ciertamente llegar a confundir. Por ello, Calvino avanza su propia definición del arrepentimiento, que consistiría en tres realidades:

1. El arrepentimiento es una verdadera conversión de nuestra vida. Es algo interior del alma, más bien que algo dependiente de las ceremonias exteriores (III.3.6)

2. El arrepentimiento procede del recto temor de Dios (III.3.7) [Notemos que anteriormente, en III.3.2, Calvino afirmó que sólo se puede tener un verdadero temor de Dios si se tiene a Dios propicio por gracia].

3. El arrepentimiento consiste en mortificación de la carne y vivificación del espíritu (III.3.8)

En prolongación de este último punto Calvino afirma que el arrepentimiento es el fruto de nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo (III.3.9).

De esta manera, el arrepentimiento es netamente evangélico: se da en el contexto del evangelio y brota del mismo. Asimismo, si nos damos cuenta, este último punto hace que el arrepentimiento llegue a ser en la práctica asimilado a la doctrina de la santificación. Esto significa que, para Calvino (y para la Reforma en pleno) el arrepentimiento no es una experiencia puntual, que marca el inicio de la vida cristiana, sino que por el contrario se prolonga a lo largo de toda nuestra vida sobre la tierra. El creyente está viviendo el arrepentimiento a diario.

Habiendo visto cómo Calvino aceptó la validez de la distinción católica anterior entre arrepentimiento legal y evangélico, cabe preguntarse si era necesario que avanzara su propia definición de arrepentimiento. La respuesta es sí, en la medida que de esa manera, Calvino ponía el acento en la realidad espiritual e interior del arrepentimiento, por encima de las ceremonias de la iglesia.  Y sí, también, por introducir una mayor precisión en cuanto a su carácter evangélico, al definirlo como una participación de Cristo, por lo tanto, indisociable de la fe

En cuanto a su distinción entre arrepentimiento y fe, lo hace, creemos, por mayor claridad y precisión teológica. Pero en ningún caso, nunca, sitúa al primero como precediendo a la fe, o separado de la misma.

En conclusión, no hay lugar a dudas de que Calvino rechazaría inequívocamente lo que conocemos hoy como “preparacionismo” y, consiguientemente, buena parte del discurso evangélico actual acerca del arrepentimiento. Lamentablemente, eso sería cierto también de una buena parte del mundo que se identifica como reformado.   

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