Sobre la Ley de Dios, por François Turretin (3)

Las pruebas de la ley natural

1. Por la Escritura

XII. Los argumentos que demuestran la existencia de tal ley natural son numerosos. Por la voz de la Escritura, que afirma que “cuando los gentiles que no tienen ley –es decir, los escritos de Moisés, a diferencia de los Judíos– hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom 2:14-15). Y “lo que de Dios se conoce” se dice que es manifiesto a los gentiles, “pues Dios se lo manifestó” (Rm 1,19). Pero ¿cómo se puede decir que esta verdad es revelada a los gentiles, si esto dependiera exclusivamente de la voluntad del hombre, y que no estuviera en ellos por naturaleza e impreso y fijado en ellos por Dios?

A pesar de que no poseen la ley, ellos cumplen lo que está contenido en la ley, no en virtud de una doctrina o de una enseñanza previa, sino por naturaleza, de manera que son ley para sí mismos. Llevan su corazón la obra de la ley, a la que su conciencia da testimonio, aprobando o condenando sus acciones buenas o malas.

2. Por consenso popular

XIII. En segundo lugar, el consenso de los pueblos, entre los cuales –incluso en los más primitivos– subsisten algunas leyes de las naciones de las que se ha aprendido que Dios debe ser adorado, los padres honrados, que se tiene que llevar una vida virtuosa, y que han sido como una fuente de la que provienen tantas leyes acerca de la equidad y la virtud, formuladas por los legisladores paganos que las han sacado de la naturaleza misma. Y si, en algunos de ellos, ciertas leyes han sido juzgadas contrarias a estos principios, entonces no han sido recibidas y observadas más que un pequeño numero de personas antes que a la larga sean abrogadas por leyes contrarias, y caigan en desuso.

3. La conciencia del hombre

XIV. En tercer lugar, la conciencia de cada uno, que le dicta el bien a hacer y el mal a evitar. Todo indica, como por sindéresis, los principios prácticos, las normas universales de las cosas a evitar o no hacer. De esta manera, ella se convierte en una puesta en práctica y una prueba en relación con esta regla. De ahí proviene esta angustia de la conciencia que, ante el espectáculo del pecado y consciente del juicio divino, hace temblar y atormenta al pecador por medio de furias familiares y encarnizadas. Ella inflinge a los más malos un dolor que los persigue noche y día, como dice Cicerón: “Los malos no son castigados tanto por los juicios como por la angustia de la conciencia y los tormentos del crimen realizado”.[7] ¿De dónde provienen estas mordeduras y estos remordimientos si no es de la ley natural impresa en el hombre que sabe “el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte” (Rom 1:32)? Así, se dice en Cicerón que se trata de la ley no escrita, sino innata, según la cual no somos enseñados sino creados, no instruidos, sino imbuidos.[8] Otros la llaman la ley viva y ley no escrita de Dios.

4. Por el gobierno de Dios sobre los hombres

XV. En cuarto lugar, el reino y gobierno de Dios sobre los hombres. Porque si la criatura como criatura depende del Creador y está regida físicamente por Él, sería absurdo que la criatura racional no le esté sujeta en lo que se refiere a la moral, y que ella no sea gobernada por Él de manera adecuada a su naturaleza (es decir, por medios morales) por el establecimiento de una ley. De ello se deduce, pues, o bien que el hombre fue creado por Dios independiente (lo cual es absurdo), o bien que él posee, impreso en sí misma, una ley natural por el cual Dios le puede gobernar.

5. Por el absurdo

XVI. En quinto lugar, los distintos absurdos que produce el argumento contrario.

1) Si nada es justo por naturaleza, salvo lo que proporciona algún beneficio al hombre, se deduce que todos los hombres nacen para ellos mismos y no para la gloria de Dios o para el bien de la sociedad, para el cual la naturaleza ha puesto en ellos un excelente deseo; razonamiento que los más sabios de los paganos han reconocido que es insostenible.

2) Todas las cosas serían del mismo modo legales: tanto odiar a Dios como amarlo; tanto matar a sus padres, como honrarlos; la voluntad de cada uno le sería por razón y ley, de manera que pudieran hacer exactamente lo que quisieran. Si eso no prepara el camino del ateísmo, cada uno lo pueden constatar.

3) Si se elimina este derecho moral y el gobierno de Dios, todos los fundamentos del derecho se ven socavados: todas las leyes humanas no podrían haber venido de otra fuente. Todo gobierno, toda honestidad, así como todo orden de la sociedad humana perecería, pura y simplemente, en confusión y bandolerismo.

6. Por el testimonio de los paganos

XVII. En sexto lugar, el testimonio de los filósofos paganos más ilustres, que valientemente se opusieron a estas opiniones impías, tales como Platón, Aristóteles, los estoicos. Sólo Cicerón ya lo prueba suficientemente en sus libros Sobre las leyes, donde demuestra por varios argumentos extremadamente serios que “hemos nacido para la justicia, y que esta no está establecida por la opinión, sino por la naturaleza”. Sócrates execra al que, primeramente, establece una distinción entre la utilidad y la naturaleza; se queja de que este error es causa de todos los vicios humanos, dado que, si esto fuera cierto, toda justicia y piedad serían quitadas del mundo.

“En efecto –dice– si la ley no es confirmada por la naturaleza, entonces todas las virtudes desaparecen. ¿Qué pasaría con la generosidad, el amor a la patria y la amistad? ¿Cómo el deseo de servir a nuestro prójimo, o el agradecimiento que recompensa la bondad, serían capaces de existir? Porque todas estas virtudes proceden de nuestra inclinación natural a amar al género humano. Este es el verdadero fundamento de la justicia, sin el cual no sólo la caridad mutua de los hombres sino incluso la religión a los dioses serían destruidas. Ellas se conservan, creo, más bien por la simpatía que existe entre los ser humanos y divinos, que por el miedo”. [9]

Por ello, citando Lactancio, dice que

“La verdadera ley es la recta razón que concuerda con la naturaleza, universal, eterna, inmutable, que exige a someterse a sus deberes y que nos impulsa a rechazar el fraude, etc.”[10].

Y después:

“Esta ley no puede ser contradicha por ninguna otra ley, y no se puede ni abrogarla ni derogarla. Ni el Senado ni el pueblo pueden darnos dispensa alguna de obedecer a esta ley universal de justicia. Ella no es así en Roma, y otra distinta en Atenas; tal hoy y mañana diferente, sino que en todos los tiempos y en todas las naciones esta ley universal debe reinar para siempre, eterna e inmutable. Ella es el señor soberano y emperador de todas las cosas, etc. Dios mismo es su autor, su promulgador y su creador, y aquel que no le obedece huye de sí mismo y violenta la naturaleza misma del hombre, etc.”.

 

Soluciones

XVIII. A partir de la cauterización de la conciencia en el malo (1 Tim 4:2; “los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia”, Ef. 4:19), se puede inferir la eliminación de la ley natural en cuanto a su acto segundo o ejercicio, pero no su extinción en cuanto a su acto primero o principio; del mismo modo, la insensibilidad de la conciencia acerca de su deber, pero no, sin embargo, el castigo.

XIX. Si se encuentra, entre las naciones, bastantes leyes impías, que se oponen a la ley natural (como las que permiten la idolatría, los sacrificio humanos, y permiten el robo, la rapiña, el homicidio, el incesto, etc.), ellas no prueban que no se diera ninguna luz de la razón a los hombres por naturaleza, como falsamente lo infiere Selden.[11] Estas leyes impías más bien prueban que los hombres, al hacer un mal uso de sus capacidades, han abusado con maldad de la luz que se le había concedido, y esforzándose de apagarla, han sido entregados a una mente reprobada.

XX. Aunque diversas nociones prácticas hayan sido oscurecidas después del pecado, e incluso borradas por un tiempo, no se deduce ni que ellas se hayan extinguido por completo, ni que nunca existieron. Porque el principio más común –que se debe hacer el bien y evitar el mal– es inquebrantable en todos, aunque suceda que, en sus conclusiones particulares y sus propias determinaciones, los hombres de bien a menudo yerran, porque el vicio nos engaña a menudo teniendo las apariencias y la sombra de virtud.

XXI. Lo que es natural debe ser universal e igual en cuanto al fundamento y al principio, aunque no siempre en cuanto a las cosas decretas. En efecto, la razón y la inteligencia son naturales, sin por ello existir de la misma manera y en el mismo grado en todos, dado que algunos son más perspicaces que otros.

 

¿Cómo la ley difiere de la ley moral natural dada por Moisés?

XXII. Si se pregunta cómo esta ley natural concuerda o se diferencia de la ley moral, la respuesta es fácil. Ella concuerda en lo que respecta la sustancia y los principios, pero se diferencia de los accidentes y las conclusiones. Los deberes prescritos por la ley moral (en relación a Dios y al prójimo) están contenidos en la ley natural. La diferencia radica en el modo de transmisión. En la ley moral, los derechos son declarados clara, distinta y plenamente, mientras que en la ley natural, ellos lo son oscura e imperfectamente, tanto porque se ha perdido y borrado por el pecado el número de sus prescripciones y porque la ley natural ha sido de distintas maneras corrompida por la vanidad y la maldad de los hombres (Rom 1:20-22), sin hablar de las otras diferencias. La ley natural ha sido grabada en el corazón del hombre y la ley moral lo ha sido en las tablas de piedra; la primera pertenece a todos universalmente, la segunda solamente a aquellos a quienes llama la Palabra; la primera no contiene nada que no se refiera a la moral, la última añade algunas reglas ceremoniales.

XXIII. También se comprende bien la razón por la cual Dios quiso recordar esta ley por Moisés, a fin de que la entregue a viva voz y que la proclame, de manera solemne, destinándola a la Escritura y a estar contenida en el Decálogo. Si en la naturaleza original no hubiera necesidad de tal obligación, después del pecado, la ceguera del espíritu sería tan grande y la perversión de la voluntad y el tumulto de las pasiones serían tales, que sólo los fragmentos de esta ley subsistirían en todos los corazones: como pinturas borradas que tendrían necesidad de ser retocadas por la voz y la mano de Dios, como por un pincel nuevo. De ahí las serias razones para una tal promulgación:

1) Que la ley natural esté cada vez más confirmada y que los restos no sean gradualmente borrados por la vanidad y la maldad de los hombres, o bien que estos no los identifiquen a sus propias opiniones inciertas y dudosas.

2) Que sea corregida en los lugares que habían sido corrompidos por la caída.

3) Que sea suplido lo que faltaba y lo que había sido borrado.

4) Que la necesidad de un mediador para ser comprendida y su venida esperada, cada día con más fuerza, debido a la debilidad del hombre y la ley de la carne (Rm. 3:20, 8:3, 10:4).

5) Que el pueblo de Israel sea reunido como república y separado del resto de naciones (Dt. 4:6-7, Sal. 147:19-20; Rm. 9,4).


[7] Cicéron, Pro Roscio, De fin., 2

[8] Pro Milone.

[9] De leg., 1.

[10] De rep., 3; Lactancio, De inst., 6.8.

[11] De iure naturali et Pentium (1640), 6.7.

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