La Gracia de Dios en el Creyente: ¿Gracia Creada?

Cada día, en casa y al salir a la calle, trabajando o en nuestro tiempo libre, nos estamos tratando continuamente con otras personas. Hablamos, reímos, compartimos, nos preocupamos con ellas, en una palabra, nos relacionamos. Para nosotros es algo tan normal, tan natural, que apenas nos damos cuenta de ello, o le concedemos importancia. Sin embargo, sí que la tiene. Porque las personas con la que nos relacionamos tienen una tremenda influencia en nosotros, así como nosotros les influimos a ellas. Nos dan a nosotros, y nosotros a su vez también les damos ellas. Nuestra personalidad cambia con el trato con los demás y así, de una manera natural, tendemos a parecernos a ellos, y ellos a nosotros, en lo que pensamos, hacemos, decimos, ¡incluso a hablar con el mismo acento!

Si esto es así con los hombres, no lo es menos con Dios. Nosotros somos seres personales que se relacionan con personas, y también lo es Dios. De hecho, nosotros somos personas, porque Dios un Dios personal, y nosotros hemos sido creados su imagen y semejanza. La relación, la comunicación y el amor, es algo que forma parte del ser mismo de Dios, ya que en la unidad de Dios subsisten las tres personas distintas dela Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, quienes desde toda eternidad entre sí se comunican, se aman y planean juntos. Ciertamente, Dios no creó al hombre porque lo necesitara para salir de su soledad y poder comunicarse con alguien, puesto que Dios ya lo hacía en sí mismo, entre las personas dela Trinidad, sino para que el hombre como criatura pudiera conocer la gloria de Dios y comunicarse con Él.

Una de las visiones más erróneas que existe del cristianismo, es considerarlo como si fuera una especie de teoría, un conjunto de ideas, una filosofía. En realidad, en el cristianismo hay ideas, sí, las cuales son verdades reveladas por Dios, mientras que Dios mismo no es una simple idea, sino que es un Dios vivo y personal, que entra en relación con otras personas a las que Él ha creado.

Para nosotros, tener como realidad última de nuestras personas y nuestras vidas al Dios que nos ha creado es ya una gran gracia. Dios es un Dios eterno e infinito, y nosotros simples criaturas. Hay una distancia infinita, que nunca cesa, entre Dios y nosotros. Y sin embargo, Dios nos creó como personas, y con ello abrió la puerta para que pudiéramos conocerlo por medio de la obra que Él hizo. ¡Qué gran maravilla!

El hombre, ni por sí mismo ni por lo que hace, nunca llegaría a Dios, por eso Él no tuvo que venir primero. Incluso antes de que conociera el mal y el pecado, cuando Adán permanecía en inocencia, y era justo y santo ante Dios, Dios ya le habló en gracia: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). El hombre, creado a la imagen de Dios, y sin haber todavía pecado, podía ciertamente guardar este mandamiento. Dios, por lo tanto, propuso al hombre un pacto de que si se mantenía en la obediencia a Dios, por medio de este mandamiento concreto, no moriría, sino que viviría para siempre. Y he aquí otra gracia del Dios, porque Él muy bien podría haberse ahorrado este pacto con el hombre. Por ser obra de las manos de Dios, el hombre le debía obediencia para siempre, sin más. Pero Dios quiso ligarse fielmente con el hombre, su criatura, en un pacto, y eso a pesar de que sabía éste lo iba a quebrantar, y Dios muestra aquí, una vez más su gracia.

Tras caer en el pecado, el hombre añadió a su condición de criatura el ser culpable ante Dios por sus delitos y pecados. Como hijos de Adán, este mal llevamos dentro de nosotros, y todo esto sabemos por experiencia, que somos concebidos en pecado (Salmo 51:5), que todo intento de nuestro corazón es de continuo solamente el mal (Génesis 6:5), que agrandamos con los pecados que cometemos la condenación y culpa con la que ya nacemos (Romanos 5:12). En esta situación trágica, la gracia de Dios se manifiesta de manera gloriosa, pues Dios no quiso dejar perecer al hombre en este estado, sino que proveyó para él la solución, y ello movido por amor a un mundo rebelde y pecador.“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

De esta manera, Jesucristo, el Señor de la gloria que vino como hombre a efectuar la salvación y que no tuvo el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo para al final ser crucificado por aquellos que eran suyos, pero que no lo recibieron (Filipenses 2:7-8; Juan 1:11). Y así, por medio de su muerte en la cruz como sacrificio expiatorio por los pecados, obró la salvación para los suyos, para todo aquel que con arrepentimiento viene a Cristo (Juan 6:44) y lo recibe por fe (Juan 1,12). Una salvación que es enteramente por gracia para nosotros. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8).

Por este recorrido que hemos hecho, pues, vemos que si la gracia del Dios que nos ha creado es grande, mucho mayor es la del Dios que nos salva en Jesucristo. Pero entonces surge la pregunta: ¿de qué manera recibimos esta gracia? Esto nos puede parece sin mayor importancia, y sin embargo, sí que la tiene, y mucha. Pues la respuesta no es otra que ¡relacionándonos con Él! Y esto de la única manera que un pecador, en su inmensa miseria, puede acercarse a Dios, que es clamando a Él, invocando Su nombre. Y así es: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” (Salmo 40,1) “todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo” (Romanos 10:13).

Y démonos cuenta que si nosotros lo hacemos, si nosotros en nuestra miseria buscamos relacionarnos con el Señor, clamando a Él e invocando su nombre, es precisamente debido a que su gracia actúa en nosotros. Nosotros venimos libremente, sí, por nuestra voluntad, pero porque Él ha movido nuestro corazón para que lo hagamos, porque de otra manera no vendríamos nunca. “No hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11); “no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40); “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).

Estando en ya injertados en Cristo en su muerte y su resurrección (Romanos 6:5), recibimos gracia sobre gracia en Él (Juan 1:16; Efesios 1:3). Cristo nos ha sido dado por justificación y también por santificación (1 Corintios 1:30). Somos entonces santificados por el Señor, y el nos hace adelantar en nuestro camino de santificad, sin la cual nadie verá a Dios (Hebreos 12:14). Y en todo ello, es Dios quien obra en nosotros. Nosotros obramos, sí, pero porque Él actúa en nosotros. El apóstol Pablo lo decía de esta manera: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10).

Lo cierto es que la Escriturahabla claramente de que todo lo que el creyente hace o alcanza en esta vida, es debido precisamente a la gracia de Dios en nosotros: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13); “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6); “¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7).

He aquí, por tanto, la importancia de todo lo visto hasta ahora, porque ¿cómo hablar de la gracia de Dios en nosotros? Ciertamente no es una especie de cosa que el Señor nos da, instala dentro de nosotros, y nosotros la tenemos a nuestra disposición a nuestra voluntad y conveniencia. La gracia para los creyentes no es algo creado en nosotros. La gracia de Dios no es una especie de una caja envuelta en un papel de regalo, que nosotros abrimos y disponemos de ella siempre que nos parece oportuno. En ese caso, nosotros mandaríamos siempre, y seríamos nosotros los únicos que obraríamos, desde el principio hasta el fin, nuestra salvación. Sin embargo, como hemos visto, la gracia de Dios en nosotros es Dios mismo relacionándose, personal y directamente, con nosotros y en nuestra alma. Sí, lo podemos decir, la gracia de Dios es Dios mismo relacionándose en gracia con nosotros.

Por lo tanto, en la relación personal que todo esto recibimos de Dios. Y la relación personal con Dios es, recordémoslo, la relación personal con un Dios soberano. No somos meramente nosotros quienes actuamos. No hay nada automático. No decidimos nosotros el cómo y el cuándo. Y como creyentes, hay veces que queremos y anhelamos, pero no avanzamos en nuestro camino cristiano todo lo que quisiéramos. Leemos la Biblia, pero por temporadas ella no nos llega particularmente a nosotros. Oramos, pero con gran dificultad, no tenemos el alivio en la oración, o la seguridad de que estamos siendo escuchados en aquello que pedimos. La duda a veces nos puede asaltar, y nuestra alma clama juntamente con David: “mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria” (Salmo 63:1-2).

Es bueno, entonces, tener esto presente: en nuestra relación con el Señor, en su gracia, Él nos está diciendo “espera”. Tal vez no sintamos su gracia en nosotros, pero si la realmente la deseamos, esto ya es señal inequívoca de que su gracia está en nosotros, haciéndonos desear más y más de Él. Sólo queda, por tanto, continuar caminando en la confianza de que el Señor, en su gracia infinita, se mostrará al tiempo oportuno a nuestra alma. Y entonces tendremos mayores motivos para alabar su gracia y misericordia en nuestra vida. “Pacientemente esperé a Jehová” (Salmo 40:1); Salmo 130:5-8: “Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado. Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos sus pecados.”

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Jorge Ruiz Ortiz. Artículo escrito para la Fundación “En la Calle Recta”.

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