Sobre la Ley de Dios, por François Turretin (2)

(parte 1)

“Natural” se entiende en un sentido amplio o estricto

V. La ley natural se entiende de dos maneras:

– O bien en un sentido amplio e impersonal, en la medida que se extiende a los objetos inanimados y brutos, y donde no implica nada más que el muy sabio gobierno de la providencia divina sobre las criaturas, la cual los dirige muy eficazmente hacia sus fines, en el sentido usado por el Salmo 119:91. Se trata aquí del movimiento celeste y la estabilidad terrestre: “Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven” y “Los hizo ser eternamente y para siempre; les puso ley que no será quebrantada” (Sal 148:6). En este último texto, se habla de las obras de la creación: por esta ley, las plantas crecen, las bestias se reproducen y cada animal posee sus deseos que le son propios y sus instintos espontáneos.

– O bien, por ley natural, se entiende estricta y propiamente las normas prácticas de los derechos morales, a los que los hombres se ven obligados por naturaleza. En lo que respecta a esta ley, se plantea la cuestión de saber si existe una ley natural divina, reconocida como norma de lo que es justo o injusto, del bien o del mal, anteriormente a las leyes humanas, o si la justicia y la virtud dependen únicamente de la voluntad del hombre y resultan del consenso de la sociedad humana. Los ortodoxos dicen lo primero que hemos dicho; los libertinos, lo último.


VI. Antaño, ya Carnéades y los cirenaicos, siguiendo en esto a Aristipo, negó toda justicia natural, afirmando que “nada es justo o malo por naturaleza, sino por la ley y la tradición”[3]. Esta era también la opinión de Epicuro, de lo cual habla extensamente Gassendi.[4] No son pocos los que, en nuestros días, siguiendo sus pasos, piensan que la naturaleza no proporciona ninguna regla acerca del bien y el mal. Esto dependería enteramente de la libre determinación del hombre, y debería ser en provecho que cada uno saque de ello, dado que el hombre es, por naturaleza, libre de toda ley, y que la única regla del bien y del mal es la preservación de su vida y de su integridad física. Este error impío de los libertinos es atestado por Calvino y muchos otros autores.[5] Hobbes, en sus Elementa philosophica de cive (1647), se aproxima a los libertinos en este punto.

VII. Los ortodoxos hablan de manera muy diferente, cuando ellos afirman que existe una ley natural, que no resulta ni de un contrato voluntario, ni de una ley social, sino de una obligación divina, impresa por Dios en la conciencia del hombre desde su creación, en la cual se funda la diferencia entre el bien y el mal. La conciencia contiene los principios de una verdad inmutable, que son que Dios debe ser adorado, los padres honrados, que se debe vivir virtuosamente, que no se debe dañar a nadir, no hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran, y otras reglas similares.

Los ortodoxos afirman también que a pesar de la corrupción y la oscuridad producida por el pecado en nuestra naturaleza, hay tantos restos y evidencias de esta ley en nuestra naturaleza que ningún ser humano deja de sentir más o menos su fuerza. Si ellos quieren que esta ley sea llamada natural, esto no es debido a que ella tenga su origen en la pura naturaleza (puesto que ella depende de Dios, el Legislador supremo), sino más bien porque ella es conocida objetivamente del aspecto de las criaturas y de la relación del hombre con Dios; el conocimiento de esta ley está impreso por la naturaleza en el intelecto humano, y no es adquirido por la tradición o la instrucción.

El origen de la ley no debe buscarse en los preceptos Noájidas…

VIII. Por esto, no se tiene que buscar el origen y el fundamento de la ley, como lo hacen vanamente los judíos, en los siete preceptos que ellos dicen que fueron dados a Adán y a Noé, a los cuales están obligados todos sus descendientes, y que son los siguientes:

1) no adorar a los ídolos;
2) no blasfemar el nombre de Dios;
3) no cometer asesinato;
4) no entregarse al incesto y los deseos impuros;
5) instituir jueces y magistrados;
6) no derramar la sangre;
7) no comer un animal vivo, ni la carne con la sangre (que es su vida).

Además del hecho de que estos preceptos están fundados únicamente en la tradición (que no puede ser identificada con la ley natural), no dependen todos de la moral y de la observación universal, sino que algunos son de carácter ceremonial y positivo, como el de no consumir sangre; así, no conciernen el ámbito de la ley natural, aun si a partir de este se los puede deducir como conclusiones de sus propios principios.

… sino en el derecho natural

IX. Se debe, pues, deducir el derecho de la naturaleza misma, fundado a la vez en la naturaleza de Dios Creador –que, por su santidad, no puede no prescribir a sus criaturas los deberes que están basados en esta ley– y en la condición de las criaturas racionales mismas. Dada su necesaria dependencia en relación con Dios –en lo que respecta al ámbito de la moral no menos que con respecto a la del ser– las criaturas están obligadas a practicar o hacer las cosas que una sana razón y las directrices de la conciencia les dictan que hagan o que huyan.

Cuántos usos posee la ley natural

X. Empleamos aquí la ley natural, no en un sentido amplio e impropio (según la definición de los juristas, “lo que la naturaleza enseña a todos los animales” [6]), sino para distinguirla tanto de la ley de las naciones como de la ley civil que cada Estado o comunidad ha determinado por sí mismo (dado que la razón no es lo propio de los brutos, ellos no son capaces de bien o de mal). La empleamos estricta y propiamente en lo que respecta a las criaturas racionales. Los juristas sitúan esto bajo la ley de las naciones; la ley es descrita correctamente por las nociones prácticas comunes, es decir, la luz y las directrices de la conciencia que Dios ha grabado por naturaleza en caa individuo por el discernimiento de la virtud y del vicio y por el conocimiento de lo que se debe hacer o evitar.

XI. Entre estos conceptos, algunos son primarios (los llamamos principios), y otros secundarios (llamados conclusiones). Los principios son nociones, conocidas en sí e inalterables, fundadas en el bien común, que producen por ellas mismas sus propias conclusiones con la ayuda de la razón. Estas últimas son reducidas al fundamento del bien común. Ellas o bien son más cercanas, inmediatas y resultan del primer predicado de la naturaleza (según la expresión consagrada); están obtenidas estrictamente a partir de los principios, y son conocidas con facilidad. O bien, ellas son medianas y remotas, y por este hecho sus consecuencias son más lejanas, y se deducen más difícilmente de sus principios. Las primeras son invariables, mientras que las últimas admiten una gran variedad en esta naturaleza corrompida.

Aunque en estas conclusiones, la ley haya sido de muchas maneras corrompida después del pecado, debido a la corrupción natural, a la mala educación, y por hábitos viciosos –por las cuales cosas ocurre que los vicios y los crímenes más innobles reciben el nombre de virtudes y alabanzas, como dan testimonio de ello las leyes muy inicuas y las costumbres depravadas de algunas naciones– esto no le impide permanecer idéntica a sí misma en cuanto a sus principios primeros y las conclusiones inmediatas que se deducen de ella.


[3] Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, “Aristipo”.

[4] Opuscula philosophica.

[5] Contre la secte des libertins, CR 35. 144-248.

[6] Corpus Iuris Civilis.

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