Méritos

“El alma que pecare, esa morirá… si el justo se apartare de su justicia, y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Todas las justicias que hizo no vendrán en memoria por su rebelión con que prevaricó, y por su pecado que cometió, por ello morirá” (Ezequiel 18:20-24).

Un texto como éste dela Palabrade Dios invita a la reflexión. Nos confronta seriamente. Lo tiene que hacer. Habla de la manera como trata Dios con los hombres, por tanto, de cómo Él trata también con nosotros. Nuestras ideas preconcebidas acerca de Dios son aclaradas por lo que dice, o corregidas, si es necesario.

Al leerlo, nos damos cuenta inmediatamente de que nos habla de un Dios justo. Su relación con los hombres está marcada por la justicia. El testimonio de la Palabrano admite dudas al respecto: “Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable” (Nahum 1:3); “Recapacita ahora, ¿qué inocente se ha perdido? (Job 4:7). Es bueno, por tanto, pensar que estamos en esta vida y que existe algo llamado justicia, por cuanto hay un Dios justo, que ama la justicia, y que se relaciona justamente con nosotros.

Sin embargo, hoy en día la idea de justicia se encuentra bastante en descrédito. Todo el mundo dice que anhela ver la justicia entre los hombres, y hasta es capaz de dar la vida, o quitarla a los demás, por ello. Por el contrario, en lo relacionado con Dios, el interés por la justicia prácticamente desaparece, con lo que vemos que, en el fondo, no se anhela verdaderamente la justicia, o la justicia verdadera. No hace falta más que ver cómo en la sociedad se aprueba comportamientos que están calificados en la Palabracomo pecado. Pensemos tan sólo en algunos ejemplos: la adoración de imágenes (mandamiento incluso desaparecido del Decálogo), la blasfemia (tan espantosamente corriente en España), la profanación del Día del Señor (convertido en el día de la “Liga de las estrellas”), la “rebelión juvenil”, las “relaciones pre-matrimoniales”, el “divorcio express”, el “matrimonio homosexual”, la “interrupción voluntaria del embarazo” (aborto), la mentira “piadosa”, o la “promoción social y económica” de la familia (o más bien de los sexos por separado, en especial de la mujer), llamada en la Biblia“amor al dinero” (1 Timoteo 6:9-10), el cual, puesto que es “raíz de todos los males”, normalmente acaba destrozando las familias.

Bien, todas estas prácticas hoy son muy corrientes, aceptadas en la sociedad, y la gente, por lo general, sigue creyendo en Dios. Sin problemas. En verdad, hay muy pocos ateos en el mundo, y entre ellos, casi nadie habrá plenamente coherente con lo que dicen pensar. De hecho, es casi imposible serlo. Normalmente, la gente sigue creyendo en Dios, aunque sea de manera vaga, incierta, sólo para que Dios lo ayude, no ocurran desgracias en su familia, y todo siga bien. Lo cual, en sí, no es malo. Al contrario, porque ¿quién no siente temor al pensar en tales cosas, o al hablar de ellas? ¿Qué persona en su sano juicio se atrevería a desafiar a un Dios Todopoderoso? Sin embargo, las prácticas citadas hoy son lo más normal del mundo. Normalmente, la gente de hoy día “no sólo las hacen, sino que se complacen con los que las practican” (Romanos 1:32). Por lo tanto, no se ve contradicción entre creer en Dios y cometer o aprobar tales actos. Con lo cual, se piensa que Dios acabará aceptando esas prácticas, que en el fondo no importan, que Dios seguirá haciendo bien a todos sin importar la vida que lleven.

Pero ¿qué le lleva a la gente a pensar de esta manera? Sin duda, se puede hablar de muchas causas que influyen en la mentalidad contemporánea, pero puesto que estamos hablando de cómo la gente comprende la relación de Dios con ellos, nos podemos centrar en una sola idea: la tan corriente de “no soy tan mala persona”. Es decir, pensar que, en general, uno lleva una vida buena, no hace mal a nadie, incluso hace algún bien que otro: dar dinero cuando ocurre alguna catástrofe, pertenecer a alguna ONG para salvar ballenas u orangutanes, haber hecho algo por la consecución de un ideal entre los hombres, o simplemente, “tener buen corazón”. En definitiva, como se dice hoy en día, “ser buena gente”. Esto ya debería de bastar, según se piensa, para predisponer a Dios a nuestro favor, aunque, ya se sabe, nadie es perfecto.

Y es ese mínimo de bondad requerido el que sentaría las bases de esta actitud general de Dios hacia nosotros. El bien hecho en el pasado, o el que se haciendo ahora, cubriría los otros defectos actuales. Las faltas pueden ser “expiadas” por lo que uno mismo hace. A fin de cuentas, la gente es cristiana, puesto que han sido bautizados, y sus hijos hacen la primera comunión. Tal vez no sean muy religiosos, pero tampoco piensan “cortar conla Iglesia”. Piden tan poco a cambio (sólo bautizar a los hijos y enterrar a los muertos) que sería un mal negocio hacerlo: se puede perder la eternidad por ello, y como nunca se sabe, mejor no probar.

No, esto no es llevar las cosas a la caricatura, ni reírse de los sentimientos de la gente. Que la gente tenga buenos sentimientos, nadie lo niega, y en cuanto sean buenos sentimientos, y no una burla de Dios, los respetamos. Pero que esos buenos sentimientos, o esas supuestas “buenas acciones”, le ayuden a uno en algo para con Dios, eso no es cierto en absoluto. El que dice lo contrario, sea quien sea, está afirmando lo que la Palabrade Dios niega. En efecto, el texto inicial del profeta Ezequiel niega expresamente que la justicia, o las buenas acciones, hechas en el pasado sirvan para compensar los pecados presentes. Se puede, por tanto, decir lo mismo de las buenas obras presentes, o nuestros buenos propósitos de cara al futuro. Es decir, no se puede pensar que es posible mercadear con Dios. Él es un Juez de justicia infinita, y no se le puede comprar, ni intimidar con nada. Dios “no hace acepción de personas, ni toma cohecho” (Deuteronomio 10:17; 1 Pedro 1:17). Su justicia demanda una obediencia total y perfecta a Sus mandamientos. “Porque cualquiera que hubiere guardado toda la ley, y ofendiere en un punto, es hecho culpado de todos” (Santiago 2:10). De esta manera, no hay lugar para los méritos para con Dios. Literalmente, nada de lo que nosotros hagamos puede servir para borrar o compensar uno sólo de nuestros pecados: “¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?” (Miqueas 6:7). Únicamente la justicia perfecta de Cristo, su obediencia completa ala Ley de Dios y su muerte en sacrificio por el pecado, cumple perfectamente las demandas de la justicia de Dios, por lo que es el único fundamento donde el hombre puede basar su relación con Dios (Romanos 3:21-26).

En definitiva, la teología de los méritos dela Iglesia católica romana es escasamente bíblica. Son otros los factores que han influido en su desarrollo. Fundamentalmente, porque ella es indispensable a su concepción de los sacramentos. Pero, paradójicamente, ella ha tenido los frutos exactamente contrarios a los que se pretendía en un principio. En efecto, nada ha contribuido más poderosamente para fomentar la gran autocomplacencia religiosa ni el desinterés tan enorme por las cosas de Dios que se encuentra por doquier en los países latinos.

Aunque, si se quiere, siempre se puede buscar y culpar los factores exteriores. Siempre la culpa la tienen “los otros”, nunca los que han tenido el privilegio y la responsabilidad de enseñar y predicar al pueblo.

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Jorge Ruiz Ortiz. Artículo escrito para la fundación “En la Calle Recta”

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