El Bautismo en el Espíritu de la Reforma

Al ascender a los cielos, Cristo encargó a sus apóstoles la misión de discipular o enseñar a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todas las cosas que Él mandó (Mateo 28:19-20). El bautismo, por tanto, es una ordenanza instituida por Jesucristo, un sacramento, que el mismo Señor, nuestro Profeta celestial, sitúa en el marco de la enseñanza de la Palabra de Dios y del hecho de ser discípulos de Él. La relación entre bautismo y Palabra de Dios es prominente en la Escritura. En otro pasaje, el apóstol Pablo sigue señalando esta relación. En Romanos 6:3ss, el apóstol nos exhorta a que nuestra vida sea una muerte al pecado, porque hemos sido “bautizados en la muerte de Cristo Jesús”. En Romanos 6:17, por otro lado, Pablo basa nuestra renuncia al pecado al hecho de “haber sido entregados a la forma de doctrina” de la Palabra. Del mismo modo, encontramos en la Escritura declaraciones que atribuyen al bautismo y la Palabra de Dios las mismas operaciones. “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26); “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). El bautismo y la Palabra son, por tanto, inseparables. La Reforma hace hincapié en esta unidad, y reconoce así al bautismo su valor como sacramento, sin supervalorarlo ni menoscabarlo, en los justos términos expresados por la Palabra de Dios.

La enseñanza bíblica en la que el bautismo se enmarca es, principalmente, la de la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo. Ésta se encuentra presentada en la Escritura por medio de la Alianza o Pacto de gracia, la cual Dios concertó en la historia por primera vez con el padre de los creyentes, Abraham (cf. Génesis 15 y 17). Abraham creyó a la promesa de Dios, de que Él le daría un hijo en la vejez, siendo además su mujer Sara estéril; de esta manera, Dios lo consideró justo delante de Él (Génesis 15:5-6). Posteriormente, Dios ratificaría el pacto con Abraham instituyendo la circuncisión “como señal y sello de la justicia que tuvo estando aún incircunciso” (Romanos 4:11), la cual circuncisión habrían de guardar posteriormente todos sus descendientes (Génesis 17:10). Abraham alcanzó, pues, justicia ante Dios por la fe, y ello antes de recibir la circuncisión. De este hecho, el apóstol Pablo concluye que Abraham es padre no solamente de sus descendientes de la circuncisión (judíos), sino que también es el padre de los creyentes no circuncidados (no judíos) a quienes Dios atribuye o imputa “justicia sin obras” por los méritos de Jesucristo (Romanos 4:11 y 4:6). Así, pues, los creyentes en Cristo son descendientes espirituales de Abraham, y herederos de las promesas del Pacto de gracia: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29).

¿Cuáles son las promesas del Pacto de gracia? Éstas se encuentran resumidas en la promesa fundamental de Dios, la cual atraviesa toda la Biblia: “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (cf. Génesis 17:7; Apocalipsis 21:3). Es ésta una promesa de la gracia y misericordia divina, puesto que Dios la declara a hombres muertos en delitos y pecados (cf. Romanos 3:9-12; Efesios 2:1-3). En el fondo, es una promesa de vida eterna, puesto que Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (cf. Mateo 22:29-32). Se trata, por tanto, de una promesa de perdón de pecados y de reconciliación con Dios, por cuanto la muerte entró en el mundo a causa del pecado (Romanos 5:12-21), ya que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). De esta manera, la promesa “Yo seré vuestro Dios” no está hablando sino de la salvación efectuada por Cristo, la cual recibimos nosotros por fe: “De cierto de cierto os digo, el que cree en mí tiene vida eterna” (Juan 6:47).

El bautismo es, así, la señal y sello del Pacto de gracia, del mismo modo que, en el Antiguo Testamento, lo fue la circuncisión. La relación en el Pacto de gracia, de la circuncisión, salvación en Cristo y bautismo aparece claramente de manifiesto en Colosenses 2:11-13: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual (en Cristo) fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados”.

El bautismo es la circuncisión de Cristo. Es “circuncisión”, por cuanto el bautismo es señal y sello de la misma justicia por la fe en las mismas promesas de Dios, y de Su perdón misericordioso, que obtuvo el patriarca Abraham, y tras él todos los creyentes del Antiguo Testamento (Romanos 4:1-8). Y es “de Cristo”, en el sentido de que el bautismo es para los creyentes la señal y sello del Pacto confirmado por la muerte del Mediador Jesucristo o Nuevo Testamento (cf. Hebreos 8:6-13 y 9:15-17). En la Alianza, Dios también extiende sus promesas de misericordia a los hijos de los creyentes (cf. Génesis 17:7), y por esta razón, Él estableció que ellos fueran circuncidados (Génesis 17:9-14). En el Nuevo Testamento vemos claramente que Dios sigue extendiendo Sus promesas a los hijos de los creyentes (Hechos 2:39), los cuales son llamados “santos” (1 Corintios 7:14), y “coherederos” o herederos junto con sus padres de las mismas promesas de salvación (Hebreos 11:7). Por todo ello, la Reforma ha mantenido el bautismo de los hijos de los creyentes como una práctica bíblica, basada en la autoridad de Dios, el instaurador y el soberano de la Alianza de gracia. Ellos son así solemnemente santificados, es decir, puestos a parte del mundo, en la esperanza en Dios de que, por la enseñanza de la Palabra de Dios en la que serán injertados y por su propia profesión de fe, vivan como adultos la fe a la que fueron encomendados ante el Señor de niños. Pero la iniciativa habrá correspondido siempre a Dios, que en ningún día habrá dejado de hablarles gracia y misericordia por medio de su bautismo.

Las promesas de gracia, por tanto, constituyen la esencia del bautismo, así como son la del Evangelio. No se puede confundir esto con una relación de Pacto de ley, en el que se recibe vida a cambio del cumplimiento de las obras (Romanos 10:5; Gálatas 3:12). Ésta fue la condición en la que se encontró el primer hombre, Adán, de la que trágicamente cayó a causa de su pecado. Sólo el Hijo eterno, Dios hecho hombre, Jesucristo, “nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4) pudo dar cumplimiento a estas demandas de la Ley de Dios (cf. Filipenses 2:6-8; Romanos 3:21-23). El Pacto del cual Él es Mediador, es el que Dios prometió y ratificó a Cristo (Gálatas 3:16-17). Es el acto de salvación misericordiosa divina, ordenado ya en la eternidad (Efesios 1:3-6), salvación del cual el bautismo es sacramento. De esta manera, la identificación, en el bautismo, de esta relación de gracia con Cristo mismo llega al punto de decir: “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:17). El Pacto de gracia, pues, no es “ley”, sino la plenitud de gracia de Cristo. “En él habita corporalmente la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él” (Colosenses 2:9-10).

¿Significa esto que el bautismo es de por sí eficaz, independientemente de la fe del que haya sido bautizado? Tampoco se puede decir que esto sea la verdad bíblica. El bautismo es señal y sello de las promesas de Dios en Su Palabra, y éstas sólo son cumplidas en aquellos que las reciben con fe verdadera. Nadie es salvo por oír la predicación del Evangelio y su libre oferta de gracia, a no ser que la acompañe con su fe personal (Hebreos 4:2). Con el bautismo, pues, ocurre exactamente igual, puesto que se trata de las mismas promesas de la Palabra.

Ahora bien, ello no quita que la oferta de gracia que comunica el bautismo, que es la misma oferta de gracia del Evangelio, no sea un poderoso medio para suscitar la fe viva del bautizado. La necesidad de un tal medio se hace evidente, si pensamos de nosotros mismos en términos bíblicos. Uno es profundamente afectado por el pecado, así como lo son sus hijos. Ya lo es desde antes de nacer (Salmo 51:5). Ya desde niño, el intento natural de su corazón es de continuo el mal (Génesis 6:5), y el conocimiento de la voluntad de Dios sólo pone de manifiesto nuestra incapacidad de cumplirla y nuestro profundo pecado (Romanos 7:7; Gálatas 3:22-24). Incluso ante el Evangelio, siendo sinceros, uno ha de concluir que ni quiere venir a Cristo (Juan 5:40), ni tampoco puede (Juan 6:65). Una situación desesperada, sin duda, para todo aquel que quiera estar ante Dios por algo, cualquier cosa, que haya hecho  y considere como propia… Es entonces cuando recibe el anuncio glorioso de Cristo, de que Él ha cumplido toda justicia (Mateo 3:15), de que, aparte de la Ley, Él ha hecho una obra de salvación completa (Romanos 3:21-26), y que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo” (Romanos 8:1). Dios mismo le está ofreciendo esta gracia. El bautizado, pues, puede descansar en ello y confiar tranquilamente en Cristo, que es Él quien hace cierta nuestra redención, por Su gracia y misericordia admirables.

Lo cual tampoco es una invitación de la Palabra de Dios a la infidelidad a la Alianza (Romanos 6:1). Bien al contrario. Porque todo bautizado que no viva en fe su bautismo, está en el horrendo riesgo de “pisotear al Hijo de Dios, y tener por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, y hacer afrenta al Espíritu de gracia” (Hebreos 10:29). Posibilidad ciertamente tan terrible que demanda inexcusablemente que, volviéndose a Jesucristo, sea vivido por el bautizado aquello a lo que nuestro bautismo nos compromete, que es la fidelidad a Dios en Su Alianza.

Fue así, por cierto, invocando la fidelidad a la Alianza con el Señor contraída en el bautismo, que vino la Reforma hace casi quinientos años. Al día de hoy, no hay otro camino para que ella llegue. Incluido en nuestros países católicos-romanos.

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Artículo escrito por Jorge Ruiz Ortiz para la Fundación “En la Calle Recta”.

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