Ante la Pornografía por Internet: ¿Doble Moral Evangélica o Sola Reforma?

 

La semana pasada, P+D informó en un artículo que, según un estudio del grupo “Christianet”, el 50% de los cristianos americanos reconoce tener problemas con la pornografía en Internet, y que incluso, según otra encuesta (por cierto, ¿cuál?) la adicción a este tipo de pornografía afecta un tercio de los pastores evangélicos. El redactor de este artículo califica de “asombroso” el porcentaje que este problema alcanza entre las filas de los creyentes. ¿De veras? A nosotros, no nos los parece tanto.

Los cristianos estamos hechos de la misma miserable materia prima que el resto de los mortales, afectados por la depravación total del ser humano, que ni siquiera la regeneración y la fe en Jesús logra remediar del todo en esta vida. La Iglesia militante, a su vez, no está compuesta por una especie de seres etéreos, incorpóreos, angelicales, sin conexión alguna con la vida ni el resto de la sociedad. Al contrario, entre la Iglesia militante y el mundo existe una continuidad, tanto en valores, virtudes (hablando en términos naturales) como igualmente (y sobretodo) en pecados. Por nuestra humanidad no podemos existir más que en una situación dada y en contexto. En realidad, todo lo que ocurre ahí afuera nos afecta. Se puede decir que, humanamente hablando, los cristianos somos incluso un producto del tiempo en el que nos ha tocado vivir.

Sinceramente, con todo lo terribles que son, yo no veo nada de asombroso en estos datos. De hecho, lo que me asombraría que esta terrible lacra social no nos hiciera ninguna mella a nosotros. Lo cual no hace no es más que confirmar mis tesis.

En septiembre de 2008, un servidor ya definía el errático discurso evangélico del Magisterio oficioso evangélico (véase Alianza Evangélica) acerca de cuestiones tales como matrimonio homosexual como una forma elaborada de “doble moral”: se justifica parcialmente, y se concede carta de naturaleza, a los pecados que teóricamente se rechaza en el interior de la comunidad evangélica, bajo el argumento que los que no son creyentes los han decidido hacer libremente. Esto no es más que el mantenimiento de una “doble moral”. Al revés que la decimonónica, cierto, por la que se permitían en el ámbito privado los pecados rechazados socialmente, pero doble moral al fin y al cabo. Se rechaza un estándar objetivo y universal para enjuiciar moralmente las acciones de todos los hombres. Ante los pecados no sólo practicados sino institucionalizados y erigidos en norma, se levanta, por nuestra parte, la voz de que “no podemos imponer nuestra moral a los demás”. Sin embargo, se les permite a ellos imponer la suya a nuestros hijos en asignaturas de nuevo cuño, como la Educación para la Ciudadanía, además de la que la escuela de por sí ya inculca.

Como dije entonces, la renuncia a denunciar sin ambages (es decir, según la definición del DRAE, sin “rodeos de palabras o circunloquios”) estos pecados que rigen nuestra sociedad, por la identificación de la fe evangélica con los postulados del laicismo, sólo puede llevar, a la larga, a su total aceptación entre nosotros. ¿La razón? Sencilla: porque estos pecados también son practicados entre nosotros. Una justificación parcial es una justificación, a fin de cuentas. Una justificación al exterior conduce, así, inevitablemente, a otra de cara al interior. De esta manera, paradójicamente, el discurso que a priori parece que acentúa más la diferencia entre creyentes y no creyentes lleva, al final del camino, a la abolición de las diferencias en maneras de vivir entre creyentes y no creyentes. A la mundanización de la iglesia y que, de esta manera, la sal de la tierra pierda completamente su sabor.

Pero la Biblia es bastante reacia al fundamento sobre el que descansa esta argumentación. En el Antiguo Testamento, los profetas de Dios profetizaban continuamente contra las naciones extranjeras, lo cual significa que lo hacían sobre la base de la santa Ley de Dios. Basta simplemente con leerlos para darse cuenta de esta imponente realidad. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo afirma que los gentiles “que no tienen ley —es decir, la revelación escrita de Dios— hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:14-15). Asimismo, en Romanos 13:3-4 dirá que las autoridades civiles —recordemos, las autoridades paganas romanas— eran “siervos de Dios” para lo bueno o el bien, lo cual es una referencia a la ley divina conocida de manera y practicada de manera natural por los gentiles, mencionada en el capítulo 2.

1 Corintios 5:1 es un caso bastante interesante y a la vez, generalmente descuidado, que muestra todo lo que estamos diciendo. En la iglesia de Corinto se daba un caso de incesto. El apóstol les replica así “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre”. Normalmente, se dice que la vida disoluta de la ciudad de Corinto afectaba a la vida de los creyentes, en el sentido de una mayor relajación moral. Lo cual es cierto. Pero Pablo afirma que incluso allí se encontraba más virtud, naturalmente hablando, en los gentiles que entre la iglesia de Corinto, porque ella en la práctica toleraba este execrable pecado que los gentiles tenían en horror.

¿Dónde está, pues, la base para el mantenimiento de esta doble moral evangélica? Ella, simplemente, no se sostiene. En vez de hacer esta profesión de fe laicista, deberíamos más bien declarar lo que la Ley de Dios exige a todos, para llamar al arrepentimiento y a la obediencia de la fe a todos, desde magistrados hasta el más sencillo del pueblo. Han llegado las cosas a un extremo que no se puede hacer otra cosa más que llamar a una Reforma de la sociedad sobre bases bíblicas. Es algo que también llevo años repitiéndolo.

Volviendo, para acabar, al asunto de la pornografía por Internet, les dejo con otro dato extraído de la página web “Covenant Eyes”: en América, a la edad de 18 años, el 90% de los chicos y el 60% de las chicas están expuestas a la pornografía. ¿No es algo absolutamente tremendo? ¿Cuántos de ellos van a ver sus vidas destrozadas por esto?

La responsabilidad de esta absoluta catástrofe está en las autoridades instituidas por Dios para evitar que esto ocurra: padres, primeramente, y en última instancia, los gobernantes. La única solución a este problema es que se levante un clamor por la prohibición total de pornografía por internet. Aunque esto suponga el fin del chiringuito a algún que otro político “nouvingut”, que dicen en mi tierra. Aunque esto implique que se les tenga que inculcar a estos gobernantes la moral bíblica en materia sexual, lo cual no puede ser sin que la abracen en integridad para todas las otras áreas de la vida. Aunque esto exija el abandonar muchas ideas y explicaciones que hemos abrazado sinceramente pero que, con el tiempo, se han manifestado falsas.

En una palabra, lo que necesitamos, hoy, es sólo la Reforma. Y desesperadamente.

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  1. Marco D Axoxco Iglesias

    Es sumamente impresionante el deseo que atrae a la pornografía, ciertamente la sexualidad es parte de la vida del hombre, mas sin embargo, la pornografía se presenta silenciosamente y te lleva de la mano al mundo del descontrol, de la pérdida de ética entre los seres humanos y la rebedía hacia Dios, el autor de la sexualidad pura, y comprometido para la sola honra y gloria de su Creador.

  2. Raymundo Garcia Ojeda

    La pornografia nos muestra como Satanas pudre todo lo que toca…lo que Dios hizo bueno Satanas lo hace demoniaco…

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