La Fe de Abraham

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El texto que hemos leído nos sigue presentando la figura de Abraham, como el padre de la fe, o como el padre de los creyentes, sean de origen judío o no. Todo creyente es hijo espiritual de Abraham. Ésta es la lección que nos da todo este capítulo en general, y sobretodo los vv. 11-12 y el vs. 16.

El vs. 17 viene a dar una confirmación por medio de la Escritura de este hecho, que Abraham es el padre de creyentes no sólo judíos sino también gentiles: “como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes”. Hay que notar que ésta es una cita directa de la Escritura, de Génesis 17:4. Está, además, la cuestión del paréntesis, que figura en nuestra traducción de la Biblia, pues se considera que esta cita no continúa con la frase que sigue (“delante de Dios”). En traducciones en otras lenguas este paréntesis no existe y en mi opinión no debería estar aquí, pues el apóstol muy bien podría estar dejar abierta esta cita juntándolo con lo que sigue, diciendo que Abraham fue “puesto delante de Dios como padre de muchas gentes.”

Pero dejamos estas cuestiones para centrarnos de lleno con nuestro texto, que como vemos nos habla y nos enseña acerca de la fe de Abraham. Hasta el momento, en todo este capítulo hemos estado tratando acerca de la justificación por la fe. La hemos estado tratando con bastante detalle. Vemos que tiene una enorme importancia todo lo que el apóstol nos enseña aquí acerca de la justificación por la fe. Pero ahora nos habla de la fe de Abraham. Nos quiere enseñar qué es la fe, y para no estar dando definiciones de diccionario, nos la presenta por medio del ejemplo y de la vida de Abraham.

Es importante, creo, el punto que la Palabra de Dios nos presenta aquí. Uno podría pensar que la Palabra nos habla sólo como si fuera una teología sistemática. Ella es importante, y no lo dudo en ningún momento, pues la teología sistemática no pretende otra cosa que presentar la enseñanza de la Palabra de Dios. Pero no se trata sólo de enseñanza teórica, abstracta. La enseñanza también es viva y ha de verse también en la vida de las personas. Pero no sólo eso. Si nos damos cuenta, la vida de las personas ilustra o enseña acerca de la verdad de la Palabra. No que sea otra revelación aparte de la Palabra, sino que como esta Palabra ha tomado forma de una manera tan palpable y visible en la vida de una persona, que esa vida nos puede servir para comprender la naturaleza de la fe y ayudarnos en nuestra vida de fe.

Los testimonios de una vida de fe, pues, tienen una razón de ser y una utilidad para los cristianos. Podemos ser edificados por el testimonio de fe de otro cristiano. Por supuesto, que tenemos que guardarnos de los excesos. Por una parte, hacer que estos testimonios suplanten al Evangelio mismo. No sería bueno que en una iglesia el apartado de testimonios personales durara más que la predicación, ni siquiera que quitara demasiado tiempo para la misma. Pero por otra parte, estos testimonios no se tienen que rechazar por completo. Como vemos en nuestro texto, el apóstol quiere que comprendamos cosas importantes acerca de la fe por medio del testimonio de Abraham.

Pero antes de entrar a considerar esta fe de Abraham, podemos detenernos para ver cómo el apóstol Pablo nos la introduce en el vs. 17. Ya hemos tratado al inicio la especie de paréntesis de la primera mitad del versículo, cuando demuestra por la Escritura que Abraham recibió de Dios la vocación o el llamamiento que Abraham, para que se convirtiera en padre de muchas naciones.

Bien, pues vemos lo que a continuación Pablo dice en la segunda parte del versículo: “a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.”

Nos encontramos aquí, el hecho de que Abraham creyó a Dios (“a quien creyó”), seguido de unas palabras acerca de Dios (“el cual da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen”). Se entiende perfectamente que Dios “da vida a los muertos”. Es uno de los principales artículos de nuestra fe. Dios da vida a los muertos, como se vio en la resurrección misma del Señor Jesucristo. Él es el primogénito de los muertos (Apocalipsis 1:5). En el último día toda carne, toda persona que haya vivido sobre la tierra, todos los que están en los sepulcros oirán Su voz, y unos saldrán a resurrección de vida y otros a resurrección de condenación. Los cuerpos que estuvieron en el sepulcro se levantarán incorruptibles, así como los que hayan sido reducidos a cenizas en hogueras, o sepultados bajo lo profundo del océano. ¡Qué demostración tan tremenda será del poder todopoderoso del Señor!

Pero a continuación añade “llama las cosas que no son, como si fuesen”. Esto es lo que hizo Dios en el día de la Creación de los cielos y de la tierra. Nada entonces existía, sino sólo Dios. Y Él, únicamente por el poder de Su Palabra, llamó todas las cosas a la existencia. De la nada lo creó todo, y ello sólo porque lo dijo Él. Pero así es también desde entonces, desde el día de la Creación. No que Él esté desde entonces continuamente creando de la nada. Eso ya lo hizo en el día primero. Pero el sentido de esta frase es que Él gobierna soberanamente todas las cosas en este mundo. Él tiene un plan, un propósito soberano, y conforme a este propósito y plan dispone todas las cosas. Y aunque lo que tiene Él previsto no se vea, aunque la gente crea que no se dan las condiciones para que las cosas ocurran, incluso aunque realmente no se den estas condiciones, a su debido tiempo llegan a suceder, el plan de Dios aparece y se cumple, porque Dios lo decretó, dio Su palabra y lo llamó a la existencia.

Así que, si vemos en estas dos frases juntas, ¿qué es lo que el apóstol pone de manifiesto aquí acerca de Dios? Pues vemos que el apóstol está presentado dos afirmaciones que nos hablan de la Omnipotencia de Dios. Es precisamente a lo que apunta el vs. 21: “plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido”. Dios es, pues, Omnipotente. Nadie puede hacer lo que aquí se dice, dar vida a los muertos y hacer que ocurran las cosas que no son. Esto está fuera del alcance del hombre. Es necesario ser Todopoderoso para llegar a hacerlas. Y, por lo tanto, Dios es el Todopoderoso. Nada hay imposible para Él. Todo lo que Él quiere, eso hace, y no hay nada ni nadie que pueda impedir que Dios lo cumpla.

Bien, pues creo que es importante que Pablo haya puesto estas dos ideas juntas, que Abraham creyó a Dios, y que Dios, por las obras que El hace, es Todopoderoso. ¿Por qué es importante? Porque Abraham creyó que Dios podía cumplir lo que le había dicho, que sería padre de muchas naciones, porque Él es Omnipotente. A pesar de que todas las condiciones estaban en contra, como veremos. Pero como lo había dicho Dios, y Dios es Omnipotente, Dios no puede faltar en cumplir lo que ha dicho.

Esto, por tanto, nos habla acerca de la naturaleza de la fe. La fe se centra en cómo es Dios. Lo importante de la fe es, precisamente, Dios. Los atributos de Dios son, por así decirlo, la materia prima de la fe: Dios es omnipotente, justo, bueno, fiel… Lo que hace la fe es como si aplicara estos atributos a nuestras circunstancias personales. Se apoya en un atributo en particular de Dios, o en los atributos de Dios en general, y de esa manera cree, confía en Dios. Todo esto mismo se podría también decir de cualquier otro atributo de Dios. Lo mismo se podría haber dicho, por ejemplo, acerca de Su fidelidad. Dios se lo prometió a Abraham, y Él no es hombre para que mienta. Él es fiel a Su Palabra, porque Él es fiel a sí mismo. Por lo tanto, Abraham creyó en Dios, que Él podía cumplir lo que le había prometido. O acerca de la bondad de Dios: Dios es bueno y misericordioso, y tenía en cuenta también la tribulación de Abraham, que era anciano y estaba sin hijo, y que el heredero de su casa sería un criado extranjero, de Damasco; todo lo cual era una grave tragedia para la familia de Abraham. Y Dios se apiadó de él, porque es bueno, por Su bondad.

La fe, por así decirlo, sigue a Dios. Es totalmente teocéntrica, se centra totalmente en Dios, en quién es Él y cómo es Él. No hay contrasentido mayor que una fe que se apoyara en otras cosas más que en Dios. La fe verdadera conoce quién es Dios, cómo es Él, y todo ello por la Palabra de Dios, que es quien nos lo revela y da a conocer; y entonces confía en Él. Pero la fe, siendo teocéntrica, cree también en relación con la vida de uno mismo, en relación con su propia experiencia y con su propia necesidad. No hay contradicción entre lo uno y lo otro. Es teocéntrica, pero también es humana. Es como si la fe fuera la manera de traer a Dios a la vida de uno.

Y esto es lo que se pone precisamente de manifiesto en el resto de nuestro pasaje, en el que se acaba de completar el testimonio de la fe de Abraham. A partir del vs. 18, vemos cómo por esta fe Abraham llevó la Palabra de Dios, es decir, la promesa que él recibió, a las circunstancias personales que le tocó vivir: estar sin hijo en la vejez, como su mujer, pero ella además había sido estéril.

Y así nos encontramos con esta primera afirmación: “El creyó en esperanza contra esperanza”. De entrada, si consideramos esta afirmación, ella puede hacer pensar a una especie de juego de palabras, y es interesante poner esta frase al lado de aquella otra en Romanos 1:16, cuando dice que en el evangelio “la justicia de Dios se revela por fe y para fe”. Aquí estamos, pues, ante un rasgo particular de la manera de escribir de Pablo, y de manera interesante, vemos que en ambas ocasiones se habla de la fe y de la esperanza, del hecho de creer en Dios.

Pero, ¿qué significa esta frase? Ella se podría haber hecho más clara con una traducción más literal, como la siguiente: “perdida [toda] esperanza, creyó en esperanza”. Humanamente hablando, ya se había perdido toda esperanza de que la promesa de Dios de que tendría hijo y descendencia se pudiera realizar. El versículo 19 nos dice la razón: porque “su cuerpo estaba ya muerto (siendo ya de casi cien años)”, además de “la esterilidad de la  matriz de Sara” (en griego, la palabra “esterilidad” literalmente es “necrosis”; era un órgano que estaba como muerto).

Según el curso normal y natural de las cosas, era absolutamente imposible que Abraham tuviera hijos. Doblemente imposible: por la edad de Abraham y Sara, y, además, por la esterilidad de Sara. Desde un punto de vista humano, pues, se había “perdido toda esperanza”. Sin embargo, Abraham creyó, como dice el texto, “en esperanza”. La imagen que Pablo utiliza es muy gráfica: es como si Abraham se apoyara sobre esta esperanza, se asentara sobre ella. Se puede decir, así, como si la esperanza en este caso fuera la base de su fe: él estaba esperando el cumplimiento de la promesa de Dios; por tanto, sólo podía creer en ello, continuar creyendo en aquello que esperaba. Sólo podía hacer esto. De otra manera, hubiera sido perder el tiempo. Habría estado esperando por mucho tiempo, para nada. Sin embargo, Abraham creía en ello.

Esto nos recuerda lo que el apóstol declara en otro lugar, en la carta a los Hebreos 6:12, que los cristianos han de ser “imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”. La fe actúa juntamente con la esperanza (la esperanza demanda la paciencia). La fe actúa incluso también con el amor, como dice Gálatas 5:6, que “la fe obra por el amor”. Esta triada –como la llama Pablo en 1 Corintios 13– la fe, la esperanza y el amor, por tanto, van siempre juntas. Ellas son distintas la una de la otra. Pero allí donde se encuentra una, allí también se encuentran las demás.

Eso es lo que diferencia a una fe verdadera en el Señor, de una fe espuria o falsa, de una apariencia de fe. Que somos justificados por la sola fe –es decir, que Dios no atiende a otras consideraciones más que la fe para justificar a alguien– no significa que la fe está sola en el creyente. Esto sería un error trágico y esto en ningún caso lo ha enseñado la Reforma, pues no la enseña la Palabra de Dios. La fe, para ser verdadera, ha de estar acompañada con el resto de las gracias de Dios (esperanza y amor) y ella ha de estar seguida además de los frutos de la fe y de la gracia (que son, como Pablo los llama en Gálatas, los frutos del Espíritu Santo). Si no es así, no es fe verdadera, sino lo que llama Santiago una “fe muerta”. Hay “fe muerta”, como también hay una “fe viva”, de la misma manera que la Palabra enseña que también hay una “esperanza viva” en 1 Pedro 1:3. Fe, esperanza y amor, por tanto, son unas realidades vivas, dinámicas, que si están en uno, no dejarán de actuar y de dar fruto, porque la una alimenta la otra, la una ayuda la otra, sustenta a la otra, o es lo que la pone en funcionamiento.

Bien, hemos visto hasta ahora bastante acerca de la naturaleza de la fe, por medio de lo que ha dicho el apóstol Pablo (la relación con los atributos de Dios y con la esperanza). Pero nos queda ahora por ver el caso concreto de Abraham. Su experiencia personal, su testimonio de fe. Y es lo que nos encontramos precisamente en los versículos 19-21. Esto es, como decíamos al principio, la parte personal de esta enseñanza. Es como el caso de Abraham nos habla y nos muestra cómo es esta fe que ha de estar también en cada uno de sus hijos.

¿Y qué es lo que nos dice de él? Pues vemos que Pablo procede con una especie de orden. Como se suele decir, primero describe negativamente la fe (es decir, lo que ella no hace) para después hacerlo positivamente (lo que, en efecto, sí hace). Y esto es importante. Si queremos, en verdad, ver claro acerca de la fe, hemos de tener presente que hay cosas que ella no hace, y que por el contrario, otras que sí hace.

Comenzando, pues, por lo primero, ¿qué es lo que ella no hace? Pues en la primera frase del vs. 19, es como si Pablo empezara por el final: “no se debilitó”. Esto, como decimos, es comenzar por el final, pues esto es el resultado de lo que sigue a continuación, que son las verdaderas acciones que la fe no hace.

Así, pues, vemos que Abraham, primero, “no consideró su cuerpo ya muerto ni la necrosis de la matriz de Sara”.[1] Lo que no hizo es pararse en las circunstancias adversas. Todo era imposible, humanamente hablando, sí, pero Dios había prometido que estas circunstancias serían salvadas o vencidas. Dios era el Todopoderoso para cambiarlas. Además, Él es el fiel como para no mentir. Por lo tanto, no perdió tiempo al estar haciendo cálculos, o pensar si esto podría ser así o no. No lo consideró, y punto. Y como vamos a hacer, esto tiene una gran importancia.

Lo segundo que no hizo lo vemos en el vs. 20: “Tampoco dudó,  por incredulidad,  de la promesa de Dios”. La incredulidad, el no creer en Dios ni en su promesa, lleva a dudar. Uno empieza a disputar en sí mismo “¿Y podrá ser esto así? ¿Y cómo podrá ser? ¿No se volverá Dios atrás de lo que me dijo? ¿Por qué me lo va a tener que dar precisamente a mí? ¿No verá en mí impedimentos?” Y se empieza así y uno no se sumerge de un mar de dudas y de vacilaciones del que no sale. Esto lleva a la duda y la duda es fatal, porque, como nos dice Santiago 1:6-7, si dudamos, no esperemos que recibiremos nada del Señor. 

Resumiendo, por tanto, si uno mira a las circunstancias adversas y si uno duda por incredulidad, uno se debilita en la fe (el resultado que hablábamos hace un momento). Para llevar una vida sana hay unas cosas que no se tienen que hacer, y para contraer enfermedades hay otras cosas que son de lo más indicado. Si uno quiere estar sano, las tendrá que evitar. De la misma manera, para tener una fe fuerte y firme en el Señor, y por medio de ella heredar las promesas de él, es necesario prescindir de todo esto. ¡Y esto es muy importante! Porque si nos damos cuenta, mirar las circunstancias o estar considerando todo lo que milita en contra de que se cumpla, podría incluso pasar por culto, elaborado, maduro, con aire de intelectual. Pero nada más lejos de la realidad. La fe no se acoge a estas cosas, no mira a las adversidades humanas, sino que a lo único que mira es a Dios y a Sus promesas.

Por otra parte, para que la fe sea fuerte, para que, como dice el vs. 20, uno se “fortalezca en fe” es necesario que uno se proponga “dar gloria a Dios”. Dudar no glorifica a Dios. Dudar lo deshonra. Por el contrario, creer es honrarlo, es en sí mismo un acto de adoración y culto a Dios, pues, como hemos visto, es tomarlo allí donde Dios se da a conocer, reconocerlo, sí, y podemos incluso hablar de que la fe es un sometimiento a Dios. La fe, así, glorifica a Dios. Con lo que si uno se propone el glorificar a Dios en su vida, si pone esto como su meta más alta, entonces eso le va a llevar naturalmente a la fe.

Pero no sólo eso, proponerse tener también la “plenitud de la fe”, que es aquello que dice en el vs. 21 de estar “plenamente convencido”. Aquí está hablando de llevar, por así decirlo, una cantidad completa de fe, de fe que como vemos es una espera activa y una confianza en la promesa de Dios. Que no le falte nada a ella. Una fe, podemos decir, plena. Se trata de un pleno convencimiento (cf. Romanos 14:5); una seguridad, por lo tanto, plena, que tiene que ver tanto con lo que se espera (esperanza; cf. Hebreos 6:11) como con aquello que se cree (la fe; cf. Hebreos 10:22). Esta plenitud de la fe, sin que en ella haya cabida para la duda y desconfianza. Esto es lo que nos pone delante el texto para todos los creyentes.

Y en todo esto que vemos, como creyentes podemos tener múltiples aplicaciones. Creo que, en relación con lo que hemos estado tratando esta semana en las conferencias, se puede aplicar en relación con que se llegue a dar una Reforma bíblica en la Iglesia en España, que llegue a afectar al conjunto del país, que haga que la Palabra de Dios, en Su Ley y en Su Evangelio, llegue a ser la luz de esta nación, desde el más alto hasta el más pequeño.

Que las circunstancias para que se dé son difíciles, de acuerdo. Es más: ellas, seguramente, son imposibles. Pero no hay que mirar a las circunstancias. Hay que mirar al Señor, que es el Todopoderoso, y a lo que Él manda en Su Palabra. Si todos hicieran lo que Su Palabra dice, tendríamos esta Reforma al día siguiente. Esto es lo que hay que mirar, y esto es lo que hay que creer. Sin más.

Como también se puede considerar desde el punto de vista de la vocación que uno reciba de parte del Señor. Que uno reciba un llamamiento, que uno se sienta fuertemente llamado por el Señor para una tarea, una labor, ya sea en el mundo, o en la iglesia. Esto, si nos damos cuenta, fue el caso de Abraham, pues él fue llamado por el Señor para ser padre de muchas naciones. Bien, pues si uno es llamado por el Señor, no hay dificultad mayor que el llamamiento de Dios y del poder de Dios. Todas las circunstancias estarán en tu contra, pero el Señor hará que todas ellas contribuyan al fin al que te llama.

Se puede también buscar aplicación en cuanto a la sanidad, y me refiero a la sanidad física. Y digo esto aclarando que no creo que el llamado “don de sanidad” sea un don espiritual que esté vigente hoy y que mucho de lo que se hace pasar por tal no es más que falsedad y manipulación. Pero sí que creo que Dios sigue sanando en respuesta a la oración de sus hijos, y para esto es necesario también la fe, como dice Santiago 5:15, “Y la oración de fe sanará al enfermo”. ¿No es Dios el Todopoderoso? ¿No es el Fiel, que no deja la vocación y el trabajo de sus hijos a medias? ¿No es Él el Todo Bueno, que se apiada de los males y las miserias espirituales y físicas de sus hijos? ¿No vemos sobrados ejemplos de ello en la Escritura, desde la sanidad del rey Ezequías a todas las que, en Su misericordia hizo Jesús en su ministerio? Pues, ¿por qué dudar que Él pueda también hacerlo con nosotros?

Pero, por último, el lugar por excelencia de estas palabras acerca de la fe, es la salvación de las almas, el llegar heredero de las promesas de salvación de Dios. “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”, le preguntaron los discípulos a Cristo, a ver los requerimientos para que uno pueda ser salvo. ¿Qué respondió Jesús? “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Marcos 10:27). Dios puede hacer algo tan imposible que pecadores como yo y como tú seamos salvos. Que en lugar de corazones de piedra tengamos corazones de carne para recibir Su Palabra, recibir a Cristo por la fe, arrepintiéndonos de nuestros pecados, dejando los ídolos para servir únicamente a Dios. Y no sólo Dios lo puede hacer, sino que Cristo vino al mundo para hacerlo.

Simplemente hay que creerlo. Simplemente hay que confiar en Él, que así es. Que el Señor nos bendiga a cada uno de nosotros. Amén.

___________

Pastor Jorge Ruiz Ortiz.

Predicación en ICP Miranda de Ebro, Culto de la Mañana, 12-12-2010.


[1] En este punto, la RV60 abandona la tradición de la Reina Valera, que sigue el Texto Recibido (que afirma que Abraham “no consideró” su cuerpo, etc.), para alinearse con el texto crítico (en el que figura que “consideró”). Como vemos, este cambio afecta a la enseñanza del pasaje en cuanto a la fe.

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  1. eliécer guillén

    Lo de failed messiah, se refiere al falso mesías de la secta Lubavitch, el Rabí Menachen Mendel Schneerson, el link es de un sitio de combate contra ellos.

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