El Fracaso del Legalismo

Texto en formato pdf, aquí

Como podemos ver semana tras semana, estamos en un lugar muy importante en las Sagradas Escrituras. Aquí, en buena medida, se deciden todas las cuestiones acerca de la justificación por la fe. Y entonces, aquí se deciden buena parte de las cuestiones acerca de la Reforma protestante del siglo XVI. Aquí se decide adónde está la verdad y adónde está el error. La verdad de la Biblia no es doble, ni triple, ni cuádruple. La verdad de la Biblia es una y la enseñanza de este pasaje es una. Sólo uno, por tanto, tiene razón, y la parte que está en el error lo tendría que reconocer de una vez, tendría que darse por vencida. Tendría que venir a la verdad de la Palabra y abrazarla para no volverla a dejar nunca más. Y, como estamos viendo, no tendríamos que nosotros, los que decimos que el hombre es justificado por la sola fe, ir a ellos, los que dicen que son los que tienen fe más méritos, sean estos del tipo que sean; más bien tienen que ser ellos los que tienen que venir a nosotros, y darse por vencidos ya para siempre.

Nuestra afirmación está fundada sobre la autoridad de la Palabra de Dios. Las afirmaciones de ellos, fundadas sobre la arena; es decir, sobre la autoridad de los hombres y la de sus propios razonamientos, llenos de viento. Ellos han dejado el “Así ha dicho el Señor”, por el “Así debería decir el Señor”. Sí, en su arrogancia sin límites ellos llegan a corregir la enseñanza clara de la Escritura para intentar imponer sobre ella sus propias opiniones. Y lo que es peor, intentar maquillar todo esto para hacer creer a todos que lo que dicen es lo que enseña la Escritura. No son siervos del Señor los que tuercen así las Escrituras. A muchos simples engañan, y aunque puedan hacerlo a la mayoría del mundo, a los elegidos de Dios no lo harán. A todos los que han sido enseñados por el Señor, ellos no podrán engañar nunca, por muchas sutilezas que ellos empleen.

Los dos campos, pues, deberían estar bien claros y bien delimitados. Los unos y los otros, en sus terrenos. Por supuesto, los que han caído en el error deberían venir y entregar sus insignias, sus estandartes y sus armas, y rendirse. Deberían apartarse de sus errores para recibir verdaderamente la Palabra de Dios. Ahora bien, una vez más, para que eso ocurra los dos campos deberían estar bien delimitados y sus posiciones claras y bien marcadas. ¿Y es esto lo que ocurre? Por parte de ellos, y me refiero claro está a la Iglesia papista, por supuesto que sí. Ellos no han variado ni un milímetro su posición inicial de hace cinco siglos atrás. Ya no lanzan anatemas (los lanzaron en su día), ya no sublevan al pueblo en contra de los protestantes y lanzan persecuciones. Ya se muestran hasta amables con nosotros.

Ahora bien, por parte nuestra esto no está tan claro. Como creo que se está viendo estas últimas semanas, resulta que gran parte, sino la mayoría de los que dicen ser evangélicos tienen una posición en este pasaje que muy poco se diferencia de la de la Iglesia papista. No hablan de méritos, pero piensan en términos de méritos. Dirán que no creen en la salvación por obras, pero ellos piensan en la fe –por no hablar del arrepentimiento– como si fuera una obra que uno puede y debe hacer para ser salvo. Ellos han dejado también la enseñanza original de la Reforma, para acercarse (sin darse ellos cuenta de ello, de acuerdo, pero acercarse al fin y al cabo) a la Iglesia papista que rechazó la enseñanza de la Palabra de Dios sobre la justificación por la fe. ¿Y nos puede ir bien por ello?

El problema es que entre nosotros los evangélicos, como en la Iglesia de los Gálatas, se ha introducido un espíritu, que es el que nos está llevando a la deriva. Es el espíritu que nos está seduciendo. Y éste es el espíritu del legalismo. Creo que el inicio de este espíritu del legalismo en el creyente es pensar que la ley, como tal y por sí misma, lo que algunos llaman “la ley desnuda”, presentada aparte del evangelio, contribuye en algo en nuestra santificación como creyentes, o que somos santificados por ella y por su virtud o poder. Que tiene algún papel en ello, esto nadie lo duda, puesto que la ley nos presenta la voluntad de Dios y el conformarnos cada vez más a esta voluntad, en esto consiste nuestra santificación. El problema es si la ley, aparte de la motivación y el poder del evangelio, puede conseguirlo en nosotros. Este es, pues, el origen del legalismo, y es esto lo que vemos incluso en las páginas del Nuevo Testamento, puesto que es lo que aparece en Gálatas 3:3, cuando Pablo dice: “¿Tan necios sois?  ¿Habiendo comenzado por el Espíritu,  ahora vais a acabar por la carne?”

La ineficacia de la ley, por sí misma, para obrar nuestra santificación, es lo que tratará el apóstol Pablo en esta misma carta a los Romanos, en el capítulo 7. Aquí, por otra parte, en todo este capítulo 4 de Romanos, no está tratando tanto de la santificación, sino más bien de la justificación. Ante los legalistas, principalmente judíos, está presentando el ejemplo de Abraham, que tan importante era para todos los de la nación judía. En todo este capítulo, pues, Pablo demuestra que no es por la carne, que no es por la ley, por lo que Pablo fue justificado, sino por la ley, por la justicia de Dios, la justicia de Cristo que nos es imputada a los creyentes. Ahora, en nuestro texto de hoy (los versículos del 13 al 16 de Romanos 4) Pablo demuestra que la ley es ineficaz para producir la justificación. Es algo que no puede ser.

Ambas ideas, la de la ley para santificarnos como la de la ley para justificarnos, están muy relacionadas. En esto consiste la seducción del legalismo. Se comienza pensando en la ley por sí misma para santificarnos e indudablemente se acaba pensando en ella también para justificarnos. Es apropiado, pues, considerar esta enseñanza del apóstol acerca de la ley y la justificación, Pablo, para desechar por completo esta idea, para ver que adónde conduce esta seducción, que es completamente vana e ineficaz para con Dios.

El apóstol Pablo en estos versículos está presentando dos argumentos para apoyar toda su enseñanza, que Pablo fue justificado por fe sin obras, es decir, sólo por la fe. El primer argumento nos lo encontramos en el versículo 13, hablando de las promesas dadas a Abraham, cuando dice: “Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe.” ¿Vemos? Hay un contraste entre la ley y la promesa. No es que sean dos contrarios perfectos, pero vemos que la ley no consigue que se realice la promesa.

Aquí el apóstol está siguiendo el mismo argumento que nos encontramos en el cap. 3, vv. 15-18. Leemos:

“Hermanos,  hablo en términos humanos: Un pacto,  aunque sea de hombre,  una vez ratificado,  nadie lo invalida,  ni le añade. Ahora bien,  a Abraham fueron hechas las promesas,  y a su simiente.  No dice: Y a las simientes,  como si hablase de muchos,  sino como de uno: Y a tu simiente,  la cual es Cristo. Esto,  pues,  digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo,  la ley que vino cuatrocientos treinta años después,  no lo abroga,  para invalidar la promesa. Porque si la herencia es por la ley,  ya no es por la promesa;  pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa”

El parecido del vers. 18 con Rom. 4:13 es claro y nos ayuda a pensar que Pablo está pensando en la misma idea. Los parecidos no significan que todos los detalles sean los mismos, pues en Gálatas, la “simiente” es claramente Cristo (vs. 16). Dios el Padre dio las promesas del pacto a su Hijo Jesucristo. Entre el Padre y el Hijo se estableció, pues, un pacto. Existe una base bíblica innegable para hablar del Pacto eterno de salvación entre las personas de la Trinidad.

Pero, por otra parte, aquí en Romanos 4:13, la simiente de Abraham es claramente su descendencia física, el pueblo de Israel e incluido también los creyentes en Cristo. Como se ve claramente en el vs. 16: “la promesa sea firme para toda su descendencia;  no solamente para la que es de la ley,  sino también para la que es de la fe de Abraham”.

Dejando aparte esta pequeña diferencia, el parecido entre ambos pasajes (Romanos 4 y Gálatas 3) es muy grande. En principio, cuando Pablo habla de “ley” en ambos pasajes debe estar pensando en lo mismo. Estamos viendo en Romanos que Pablo utiliza la palabra ley con diversos significados. A veces significa Antiguo Testamento (3:21), otras veces principio o norma (3:27). Es bien posible que aquí esté pensando en el principio de la ley, que demanda perfecta obediencia, como nos enseña la Palabra en otra parte, en Romanos 10:5, o también Santiago 2: 10; y que castiga sin misericordia el pecado allí donde éste se da (Romanos 6:23).

Pero en Gálatas 3, se está hablando del don de la ley, claramente como el don de los Diez Mandamientos en Sinaí. Claramente, al dar la ley de Dios en Sinaí, se estaba recordando también este principio de la ley, que fue el que fundó el Pacto de Dios con Adam en el Edén, el Pacto de las Obras. Entonces, Adam sí que lo podía guardar, sí que, en teoría, podía alcanzar la vida por la obediencia. Para nosotros eso ahora es imposible, pero la Palabra de Dios, por medio del apóstol Pablo, afirma que todavía hoy, si pudiera ser posible, la justicia y vida dependerían de la ley (Gálatas 3:21). La ley no admite excepciones y pide obediencia total y absoluta y, de cumplirlo, ciertamente uno tendría justicia y vida para siempre. Así que hemos de concluir que en Romanos 4, se está pensando en la ley en estos dos sentidos, como el don de la ley en Sinaí, que recordaba también este principio o norma de la ley del que hablamos.

Por otra parte, cuando Pablo habla de la “promesa” a Abraham de que sería heredero del mundo, claramente se trata de una promesa dada al Mesías, a la simiente de Abraham en Gálatas, es decir Jesucristo, quien sería el heredero de todas las cosas (cf. Hebreos 1:2). Cristo ya ha recibido todo poder y autoridad del Padre. Está sentado a la diestra de Él. Ejerce el dominio y el reino absoluto sobre todas las naciones, aun sobre todos aquellos que no lo reconocen y que están en rebelión contra Él. Todas las cosas han  de ser sometidas bajo el estrado de sus pies. Toda boca ha de confesar el nombre del Señor Jesús, para gloria de Dios Padre. Todo, por tanto, es Suyo. Él reina, es el Reye de reyes y Señor de señores. Y nosotros reinamos con Él, en esperanza, sí, esperando el día en el que seremos manifestados con Él, juntamente con la gloria de Él. Recibiremos todo lo suyo, como nuestro también, puesto que Dios nos lo ha concedido en herencia, ya que se lo dio en herencia a Cristo, nuestra cabeza. Si sufrimos ahora con Él y por causa de Él, reinaremos con Él. ¡Aleluya!

Bien, pues esta promesa no fue hecha en el día del Sinaí. Como dice Gálatas 3, se la dio a Abraham 430 años antes del don de la ley en Sinaí. El principio por el cual se la dio es, pues, distinto. Es otro. Se trata de la justicia de Cristo. Se trata de la fe en Él. No es por la obediencia, no es por los méritos. Porque entonces, si fuera por la ley, esa promesa vendría a la nada. Sería vana. Pero nadie puede abrogar o anular las promesas de Dios (Romanos 9:6). El sólo pensarlo sería locura. Así pues, el cumplimiento de la promesa, depende de lo que Dios le dijo a Abraham, de lo que Dios le prometió a él (cf. Hebreos 6:13.19). Abraham lo creyó y le fue atribuido a justicia. Todo es, entonces, por fe. Este es, pues, el primer argumento.

El segundo argumento nos lo encontramos en los versículos 14-16. Leemos:

“14 Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. 15 Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión. 16 Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros.”

El argumento, pues, está introducido en el vs. 14 por la palabra “porque”. En este versículo, la expresión los de la ley se refiere más bien a, precisamente, los legalistas. Principalmente, son judíos, o incluso pueden ser también los no-judíos que, como en el caso de los Gálatas, están influidos por ellos. En el principio del cap. 10, Pablo habla de los que no se sujetan a la justicia de Dios (que es por Cristo y por la fe), sino que quieren establecer la suya propia por las obras de la ley (Romanos 10:3). Pues bien, en Romanos 10:5 habla de la justicia de la ley. Esta expresión, “de la ley”, en griego es exactamente la misma que la de Romanos 4:14. Es por tanto, la misma idea.

Es como si Pablo dijera: “Si los legalistas tuvieran razón, si la justicia fuera por obras y méritos y tuviéramos que obtener la promesa por nuestros esfuerzos y obras, entonces vana resulta la fe”.

Pablo hace, pues, una afirmación: Si los legalistas tienen razón “vana resulta la fe y anulada la promesa”. Que la fe resulte “vana” se entiende, pues Pablo en este capítulo está contraponiendo continuamente la fe y la ley u obras. Si estás creyendo, pero al final resulta que no es por creer, sino que es por obras, entonces has estado creyendo en vano. Te vas a llevar una desilusión. Has perdido el tiempo. Lo debías de haber empleado en trabajar y conseguir la salvación por la ley.

Ahora bien, a continuación añade “anulada la promesa”. ¿Qué significa esto? ¿Por qué lo añade? Pues antes de contestarlo nosotros vamos a ver qué dice Pablo en los dos versículos siguientes, pues ahí se da la respuesta. A continuación, en el vs. 15, Pablo dice: “Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión”.

Yendo por partes, pues, cuando dice que la “ley produce ira”, claramente se piensa en la “ira de Dios”. Es una enseñanza que nos la encontramos por todas las partes en la Biblia, ¿verdad? En el Antiguo Testamento y en el Nuevo también. Simplemente basta con ver Efesios 2:1 y 3 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados… y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”

La ley produce ira. ¿Por qué? Pues porque la ley da a conocer el pecado, lo muestra, lo denuncia. Si no hubiera ley de Dios en absoluto, no habría pecado, y por tanto, no habría ira de Dios. Pero como hay ley de Dios, hay ira de Dios. ¿Por qué? Pues porque no cumplimos con la ley, sino que la transgredimos. Pecamos. Somos pecadores.

Bien, pues si unimos lo que Pablo dice en estos dos versículos, ¿qué nos encontramos? “Si los legalistas tienen razón, anulada es la promesa. En vez de la promesa, ¿qué tenemos? Tenemos la ira de Dios”. Vemos, el argumento de Pablo es fuerte aquí. ¡Si es por la ley, entonces fuera la promesa y en su lugar, ira de Dios!

Aquí, por lo tanto, nos encontramos con un punto de extraordinaria importancia acerca del legalismo. El legalismo no sólo se opone a la fe en el sentido que busca la justificación y la vida por las obras y la ley. Es esto, está claro, pero no es sólo eso. El legalismo el problema que tiene además es que arruina la fe. En el momento en el que empiezas a mezclar las obras con la fe, en ese momento te cargas la fe. Arruinas la fe. ¿Por qué? Pues porque al mezclar las obras, entonces lo único que va a crecer es el conocimiento de tus propios pecados, la conciencia de tu propio pecado, y por lo tanto, de la ira de Dios en contra tuyo.

¿Vemos la importancia de lo que dice Pablo aquí? Los cristianos legalistas no van a conseguir nunca tener una fe simple, pero firme, en las promesas de Dios. Su fe va a ser menguada siempre. Su fe va a estar tambaleante siempre. Las iglesias legalistas no van a conseguir que sus miembros tengan una fe fuerte, firme y estable en las promesas del Señor. El cristianismo legalista nunca va a conseguir esto. Por tanto, tampoco sabrá nada del gozo y de la paz del Señor, ni de la seguridad de la gracia y de la salvación. El evangelio, para ellos será una nueva ley. Van a tener siempre conciencia de pecado. Van a pensar que Dios siempre está en contra de ellos, que los tiene que echar de Su presencia. Van a tener miedo y temor siempre.

Y es por eso por lo que los legalistas nada entienden cuando hablamos de la justificación por la fe, ni de la seguridad de la gracia y salvación. Para ellos es imposible. ¿Por qué? Pues porque no son capaces de pensar en la justicia y la vida aparte de las obras. Por lo tanto, siempre han de estar en temor.

Y digo que este es el caso de la Iglesia papista. Pero digo también que no es sólo el caso de ellos. Es el caso también de mucos evangélicos, y precisamente de los que quieren permanecer más fieles a las verdades fundamentales del cristianismo. Pero no es sólo el caso de ellos, porque tengo que decir que incluso algunos de los que se dicen reformados, algunos que dicen seguir las doctrinas de la gracia. ¡Incluso ellos! Hay una especie de deleitación en la idea de sentir todo el peso de tu propia maldad y pecado, así como la ira de Dios sobre tu propia cabeza. Y esto incluso es visto como señal de espiritualidad. Si no lo tienes esto, pues a penas dirán de ti que sabes algo del Señor y hasta puede que digan que todavía no estás regenerado o convertido.

Sin embargo, mira lo que dice aquí la Palabra: “la ley produce ira y esto anula la promesa, hace vana la fe”. Por tanto, no es este el lenguaje de la fe, ni el camino de la fe. La fe es otra cosa: es simplemente confiar en Dios, en la justicia fuera de ti, la justicia de Cristo. No mirar a ti, ver tus miserias y sentir la ira de Dios en contra tuyo. ¡La fe se centra en Cristo! ¡Eso es la fe!

Recuerdo que una vez estuve en una iglesia, y en ella estaba una chica que estudiaba o había estudiado en un seminario y servía en una organización paraeclesiástica. Una buena cristiana, me pareció. En ese culto había celebración de la Santa Cena. Pues bien, me sorprendió verla que no participó de la Cena. No sólo eso, sino que estaba llorando. Le pregunté y le dije que si pasaba algo, a lo que me respondió que siempre que hay Santa Cena acaba llorando, pero que ella no participaba nunca. No sé si alguna vez habría participado. Y como digo, creo que ella era cristiana. Pienso que a lo mejor esto era el resultado del cristianismo tal y como ella lo ha recibido desde siempre en su familia e iglesia. En todo caso, no creo que esto sea lo bueno. No creo que esto sea la espiritualidad de la Palabra. Pienso más bien que estos, y no otros, son los resultados del legalismo.

La conclusión de Pablo en el vs. 16 es diferente: “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia”. Por tanto, la promesa se obtiene por fe y es por gracia, no por obras, ni por obras mezcladas con gracia y fe. Es de esta manera que la promesa es firme. Y no hay otra manera.

Démonos cuenta de lo que dice: “para toda su descendencia”. Quien quiera que sea, provenga de los judíos o no. Habla, pues, de todos los creyentes en Jesús. Toda la descendencia de Abraham ha de tener una promesa firme, promesa de la herencia eterna y de la salvación. Y para tener la promesa firme –puesto que por parte de Dios ella siempre está en pie– por nuestra parte, pues, para que la promesa sea firme, es necesario tener una fe firme. Por tanto, TODA LA DESCENDENCIA DE ABRAHAM HA DE TENER UNA FE FIRME EN EL SEÑOR.

Has de buscar tener esa fe firme. Por tanto, no la mezcles con las obras. No hagas del principio de las obras parte del principio de la fe. El principio de las obras es mirar a lo que uno ha hecho. El principio de la fe es mirar a lo que Dios ha hecho. Has de buscar tener esa fe firme, pero búscala fuera de ti. Búscala en el Señor. Y sólo en Él. Sólo por gracia, Sólo por Cristo y Solo por la fe. Que estos sean los solos que estén en tu corazón. Y en el todos nosotros, por Su gracia inmerecida en Jesucristo.

A Él solo sea la Gloria. Amén.

_______

Pastor Jorge Ruiz Ortiz.

Predicación en ICP Miranda de Ebro, Culto de la Mañana, 05-12-2010.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s