Justificación por la Fe y Sacramento

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Llevamos ya dos semanas tratando con una cierta profundidad la doctrina de la justificación por la fe, y como ésta se presenta en este pasaje como una imputación de justicia por parte de Dios. Decíamos la semana pasada que esta idea de imputación de justicia literalmente llena este pasaje, la encontramos casi a cada paso que damos. Y en nuestro texto de hoy también está presente.

En el vs. 9, cuando Pablo dice “porque decimos que a Abraham la fe le fue contada por justicia”. Conviene tener presente que aquí Pablo muy probablemente está elaborando las palabras de Gén. 15:6 citadas en el vs. 3 (“creyó a Dios y le fue contado por justicia”, que tiene el sentido de “se le atribuyó justicia o le fue imputada justicia”) mezclándolas con las del vs. 5 la fe le fue contada por justicia”. El sentido de la expresión en el vs. 9 es, pues, que Dios consideró justa, correcta, la fe de Abraham para imputarle justicia, es decir, que la aprobó, así como también consideró justo a Abraham.

Pero en el vs. 11 nos la volvemos a encontrar, cuando dice “para que también a ellos la fe les sea contada por justicia” –más bien, la traducción correcta debería ser “para que también a ellos se les atribuya justicia –.

En todo caso, en esta mañana no vamos a volver a tratar el tema. Creo que ya lo hemos tratado suficientemente, pero sobretodo porque Pablo en nuestro texto de hoy pasa a tratar otro punto. Y lo introduce precisamente con la pregunta inicial del vs. 9: “¿Es pues esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión?” Una vez más tenemos que hacer una precisión sobre la traducción, pues el texto griego dice literalmente “bienaventuranza sobre la circuncisión, o también sobre la incircuncisión” (“la circuncisión” no “los de la circuncisión”).

Espero no resultar pesado o excesivamente puntilloso al hablar de nuevo de la traducción, pero es que aquí el apóstol puede estar presentando un punto de importancia, como si dijera: “la bienaventuranza de la justificación, ¿está puesta sobre la circuncisión? Es decir, ¿depende de la circuncisión? O lo que es lo mismo, la circuncisión ¿es necesaria para la justificación?”[1] Lo cual el apóstol refuta otra vez por el ejemplo de Abraham.

¿Vemos? Es el mismo procedimiento que en el vs. 1, cuando preguntó: “¿Fue justificado Abraham por la carne, por sus esfuerzos y obras?”. Ahora, “¿Fue justificado Abraham por ser circuncidado?” Son dos cuestiones que, en el fondo, como vamos a ver, están muy relacionadas. Podemos decir que Pablo está hablando de la “prima hermana” de la idea de méritos u obras que los creyentes han de hacer para ser justificados. Esta “prima hermana” de los méritos, a los sacramentos de Dios los convierte en ídolos y hace que dependa la salvación enteramente de ellos.

Y si la respuesta de Pablo a la pregunta del vs. 1 fue que no, que la justificación por la fe sola excluye toda idea de méritos por parte del justificado, aquí en el vs. 9, la respuesta de Pablo es la misma, y por las mismas razones: la justificación por la fe sola excluye que el perdón de pecados o la justificación dependan enteramente de los sacramentos, que son impartidos en la Iglesia y por la Iglesia. Esta es la enseñanza principal que contienen estos versículos y lo que, con la ayuda del Señor, vamos a estar considerando esta mañana.

Pero antes de comenzar, hemos de abordar una cuestión previa importante. Uno escucha lo que acabo de decir acerca de los sacramentos y la Iglesia; después vuelve su mirada a la Biblia, y lee sobre Abraham y la circuncisión, y entonces se pregunta: “¿Pero dónde está la Iglesia aquí? Pablo está hablando de ese patriarca que vivió hace 4000 años, el padre de los judíos. Tiempos primitivos. ¿Qué, pues, tiene que ver él con la Iglesia?”

La cuestión previa que hemos de ver, pues, es si nos equivocamos al hablar del Israel del Antiguo Testamento como Iglesia y la circuncisión como sacramento. La respuesta de la Iglesia papista nos la podemos imaginar: dirán un no rotundo. Como mucho hablarán que Israel era una “preparación para el Evangelio” y para la Iglesia. Pero decir que era Iglesia, nunca.

Curiosamente, algo parecido hablarán también la mayor parte de los evangélicos hoy. Desde el siglo XIX en el mundo evangélico se va siguiendo una enseñanza, de la que no vale la pena decir el nombre, una enseñanza que divide radicalmente la historia de la Biblia en grandes etapas.[2] El Antiguo Testamento es la etapa de la Ley. Nada que ver, dicen, con la que vivimos hoy, que es la etapa del Evangelio. En la etapa de la Ley, nada hubo de Evangelio, y viceversa. Por tanto, no se puede hablar de Israel como Iglesia. La actual Iglesia es la Iglesia e Israel, Israel.

Pero el problema es la Sagrada Escritura desmiente tales maneras de ver. Para empezar, porque llama literalmente a Israel “iglesia”, en Hechos 7:38:

“Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto”. La palabra “congregación” literalmente es “iglesia” en griego y muy bien se le podría llamar así.[3] Y para mostrar que Israel en el desierto era realmente la Iglesia en el Antiguo Testamento, podemos leer también 1 Cor. 10:1-4,

“Porque no quiero,  hermanos,  que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube,  y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual;  porque bebían de la roca espiritual que los seguía,  y la roca era Cristo.”

Estas pruebas son irrefutables. Pero el mismo ejemplo que da el apóstol Pablo aquí en Romanos ya debe hacer ver clarísimamente este punto. En el vs. 11 dice que Abraham no sólo era el padre de la nación judía, del Israel nacional. Esto nadie lo duda. Pero a continuación dice que él también lo es de los creyentes en Cristo Jesús: “para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados,  a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia” ¿Cómo puede ser esto así, si el Pacto que Dios hizo con Abraham no forma la Iglesia?

Y, además, en este mismo versículo, en la frase anterior, no dice, como muchos entienden hoy, que la circuncisión era un rito arcaico, meramente étnico, que tiene que ver solamente con la identidad del pueblo judío, como lo puedan estar la lengua, la tierra, la comida o las costumbres, pero que no tenía nada de espiritual, nada en cuanto a la fe. Por el contrario, afirma que la circuncisión tenía que ver con la fe y con la justificación y el perdón de pecados. “Y recibió la circuncisión como señal,  como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso” ¡La circuncisión era, por tanto, un sacramento espiritual!

Si comparamos esta enseñanza de Romanos en cuanto a Abraham con el resto del Nuevo Testamento, entonces el asunto se llega a ver tan claro como la luz del mediodía. En el versículo 13 y 14 habla de que Abraham “hereda la promesa”. Esta expresión, “herederos de la promesa” también se aplica a los hijos directos de Abraham, es decir, Isaac y Jacob, en Hebreos 11:8-9.

“Por la fe Abraham,  siendo llamado,  obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia;  y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena,  morando en tiendas con Isaac y Jacob,  coherederos de la misma promesa;”

Pero no sólo eso: también los hijos, los descendientes de Abraham, que estaban comprendidos en la Alianza de Gracia con Dios. Ellos también eran los “herederos de la promesa” en Hechos 2:39

“Porque para vosotros es la promesa,  y para vuestros hijos,  y para todos los que están lejos;  para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.”

Y finalmente, el apóstol Pablo declara que los cristianos mismos son hijos de Abraham y herederos de la promesa en Gálatas 3:29,

“Y si vosotros sois de Cristo,  ciertamente linaje de Abraham sois,  y herederos según la promesa.”

Este punto, por tanto, está completamente ganado: Abraham era el padre de los cristianos, Israel era la Iglesia. Como dicen los teólogos de la Reforma: entre el Antiguo y el Nuevo Testamento atraviesa una misma Alianza de Gracia. En ella hubo distintos tiempos, distintas ordenanzas de Dios, distintos sacramentos. Pero la Alianza era una y la misma, y era una Alianza de Gracia.

Es por eso por lo cual lo que decíamos al principio se mantiene firme: la gracia de la justificación no depende necesariamente del sacramento. En este caso, el sacramento era el de la circuncisión, como dicen las preguntas del vs. 9. En nuestro caso como cristianos, sería el bautismo, que es el sacramento que sustituye a la circuncisión como sacramento del Pacto de Gracia y al que Colosenses 2:21-22, no en vano, llama “la circuncisión de Cristo”.

Ahora bien, este punto que a nosotros nos parece tan claro a la luz de lo que dice aquí la Escritura, pues lo cierto es que a los judíos del tiempo del Nuevo Testamento no lo verían tan claro. Oirían esta que pregunta que hace Pablo (la bienaventuranza, ¿es sólo para la circuncisión?) y qué dirían… ¡por supuesto que sí!

Sabemos por la historia que los judíos en el tiempo del Nuevo Testamento tenían un prejuicio enorme hacia todos aquellos que no eran judíos. Ellos eran incircuncisos, sí. Eran paganos, adoraban a dioses falsos, no formaban parte del pueblo elegido. Pero los judíos los tenían por completamente impuros. Rehuían todo contacto con ellos. Los consideraban poco menos que como a perros.

Y todo esto lo vemos confirmado en el Nuevo Testamento. Por hacerlo breve, veremos sólo el ejemplo más claro. En Hechos 10, el mismo apóstol Pedro tuvo que tener una revelación especial de Dios para que fuera a la casa de un no-judío a predicarle el Evangelio. Tuvo que tener una visión de Dios llena de animales impuros y la voz de Dios diciéndole “Pedro, mata y come”  para hacerle vencer la resistencia que tendría de ir a casa de un no judío. De esta manera, al llegar a su casa, le dice Pedro a Cornelio: “Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero;  pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo” (Hechos 10:28).

¡Pero no sólo eso! Cuando Pedro relata este encuentro con Cornelio, cómo les predicó a él y su casa el Evangelio y cómo ellos se convirtieron a Cristo, ¿qué dicen los amigos de Pedro, que eran creyentes, cristianos como él?

“¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:38).

¿Qué vemos entonces? Pues vemos claramente que para los judíos del tiempo del Nuevo Testamento, la justicia ante Dios sólo era cosa de judíos, sólo de la circuncisión. Y todavía hoy los judíos piensan así. De justos entre los gentiles, ellos consideran tan sólo a unos pocos, y esto principalmente por cómo estos hayan tratado a los judíos.

Pero, ¿qué diremos: que esta es la manera de pensar sólo de los judíos? Pues no. Pensemos por un momento, una vez más, en la importancia que la iglesia papista ha dado siempre al bautismo. Si un niño recién nacido, aunque fuera hijo de cristianos, de creyentes, se moría sin bautismo, se iba al infierno, o por lo menos, como ellos dicen, al Purgatorio. Por eso, el niño podía ser bautizado por cualquiera que pasara por ahí. Tan sólo con rociar un par de gotas e invocar el nombre de Dios, el niño ya era salvo. ¿Qué es esto, sino pensar que la salvación está en el bautismo? ¿Y qué es esto, sino convertir al bautismo en una especie de rito mágico?

¿Y qué pensamos: que estamos los evangélicos también libres de esto? Uno ve la importancia que en la mayoría de las veces se le concede al bautismo en el mundo evangélico, que tiene que ser de una determinada manera y no de otra, que tiene que ser a una determinada edad y que sino no es en modo alguno válido, y uno se pregunta, realmente, si no le estamos dando al bautismo una tan grande importancia como, aunque de manera distinta, la iglesia papista, o como los judíos a la circuncisión.

De hecho, es siempre el mismo síntoma, síntoma de tener un espíritu legalista y ritualista. En el fondo, esta manera de ver es una especie de salvación por obras. Siempre es el hombre que tiene que hacer, hasta en el bautismo o en la circuncisión. El hombre tiene que cumplir con las normas, sino no puede ser salvo. El justificado es el que cumple justamente con las normas de los sacramentos. A esto se reduce para muchos la salvación. Lo dicho: en el fondo, es salvación por obras pura.

Y otra vez el apóstol Pablo desmiente esto, como lo hizo también en el vs. 1, por el ejemplo de Abraham. Y otra vez el ejemplo es sencillo y es simple, vs. 9: “¿Cómo,  pues,  le fue contada?  ¿Estando en la circuncisión,  o en la incircuncisión?  No en la circuncisión,  sino en la incircuncisión.”

Abraham fue declarado justo por Dios, alcanzó justicia, antes de ser circuncidado, al menos 14 años antes de serlo, en Génesis 17. Aún más, vemos en Génesis 15, que fue justificado antes incluso de que Abraham troceara los animales para concertar pacto con el Señor. Estaba incircunciso, no estaba en el pacto de Dios. Simplemente creyó a las promesas de Dios, y Dios lo justificó, sin que la circuncisión jugara ningún papel en ello.

Por supuesto, este ejemplo de Abraham no es sólo el caso particular de Abraham. El argumento de Pablo aquí es que el caso de Abraham es aplicable a todos los hombres, en todas las épocas, siempre. El ejemplo de Abraham lo que demuestra es que la justificación es igual siempre y que ella no depende del sacramento, circuncisión o bautismo. Ella depende tan sólo de la fe, sin obras, independientemente de que se haya recibido el sacramento o no.

Pero ahora alguien me dirá: “Tú lo que estás haciendo, entonces, es quitarle toda importancia a los sacramentos de Dios. Estás quitando la diferencia que tiene que haber entre la iglesia y los creyentes, y lo que no es iglesia y el mundo. Estás haciendo de lo santo algo corriente. De esta manera, podemos dispensarnos de los sacramentos y de la Iglesia también.”

Pues para nada, respondo yo. No le quito la importancia que tienen los sacramentos. Los sacramentos han sido instituidos por Dios y son santos. Yo también hablo de recibir el Santo Bautismo. Por supuesto, los sacramentos han de ser guardados santos y hemos de procurar guardarlos conforme a la norma que el Señor establece en Su Palabra.

Ahora bien, lo que niego es que la salvación esté contenida en ellos, de manera que uno no puede ser salvo sin ellos. Lo que niego es que ellos produzcan la salvación como por arte de magia, sin que medie también la fe de los que lo han recibido. Y no lo digo sólo yo. Conmigo está toda la Reforma, con todos sus pastores y doctores, y todas las confesiones de fe y los catecismos que la Reforma produjo en las iglesias.

Pero no son sólo los hombres que hablan. Con nosotros está la Sagrada Escritura. ¿Y por qué? Pues porque el vs. 11 está definiendo a la circuncisión, por tanto está definiendo al sacramento, ¿cómo? Dice: “Y recibió la circuncisión como señal,  como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso;  para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados”. Literalmente. “Y recibió la señal de la circuncisión, el sello de la justicia de la fe”. Aquí por tanto, se define a la circuncisión, al sacramento en general, como “señal” y como “sello”. Señal y sello, ¿de qué? Pues señal y sello de la justicia de Dios, que Dios le prometió —por esto hablará en el vs. 13 de “herederos de la promesa”—.

Como “señal”, la señal lo significa. De la misma manera que se circuncidaba el prepucio, el Señor prometía que iba a circuncidar el corazón de ellos y sus hijos. De la misma manera que el agua nos limpia en el bautismo, el Señor promete que la sangre de Cristo nos limpiará de nuestros pecados. Hay una unidad entre lo que vemos en el sacramento y lo que este significa.

Pero no sólo esto, es también “sello”. El sello no es sólo lo que atestigua, lo que certifica. En este caso, es también, y sobretodo diría yo, sello porque asegura su cumplimiento, como cuando en Efesios 1:13-14 “En él también vosotros,  habiendo oído la palabra de verdad,  el evangelio de vuestra salvación,  y habiendo creído en él,  fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida”

Con este sello, el Señor nos asegura que somos justos porque somos justificados por Cristo. Y esto, hemos visto, sólo es por la fe. Por lo tanto, el sacramento sólo es sello de lo que significa si creemos en ello, si tenemos fe.

Lo miremos como lo miremos, la fe es lo único imprescindible. Puedes ser salvo sin el sacramento, sin el bautismo, pero no puedes ser salvo si no crees en Jesucristo. Si no eres creyente en Cristo, Abraham no es tu padre. Si no sigues sus pisadas de la fe, Abraham no es tu padre. No tienes la justicia de la fe que él tuvo. Tienes que creer en la promesa de Dios, de que Él justifica al impío que cree en Jesús. Dios no te pide que seas salvo por ser bueno. Sabe que eres malo y que no puedes dejar de serlo por ti mismo. Lo habrás intentado miles de veces, pero no habrás podido. Por eso envió a Su único Hijo, Jesucristo, a morir en la cruz en sacrificio por los pecados. Ya no pide más castigo por ellos y los puede perdonar, y los perdona a los que creen en Jesús. Los pecados tuyos tienen perdón y si crees, la bienaventuranza del perdón será para ti también.

Los creyentes podemos también usar correctamente el sacramento. Podemos pensar en lo que él significa, en lo que Dios nos promete en él. Podemos, entonces, descansar en esa promesa y en el hecho de que Dios ha puesto esa promesa sobre nosotros. Los que hayamos visto nuestro bautismo, podemos pensar que de igual manera que el agua nos mojó y nos limpió, la sangre de Cristo nos limpia de nuestros pecados. Los que no lo hayamos visto, pensemos en que Dios nos lo ha está prometiendo desde siempre, desde antes incluso de tener conciencia, antes de que hayamos hecho nada bueno o malo, antes incluso de que creamos en ello. Porque Dios es bueno y Su misericordia es para siempre. Su justicia es nuestra por la fe. Creyendo esto, el sello está sobre nosotros.

Bendito sea al Señor por ello. Sólo a Él sea la Gloria. Amén.

___________

Pastor Jorge Ruiz Ortiz.

Predicación en ICP Miranda de Ebro, Culto de la Mañana, 28-11-2010.


[1] Charles Hodge, Romans, p. 116.

[2] La enseñanza conocida como “dispensacionalismo”. Por cierto, palabra totalmente incorrecta en español. “Dispensación” tiene un sentido diferente en español e inglés. “Dispensación” viene de “dispensar”, y en español significa “no tener en cuenta una deuda o una obligación”. Se tendría, pues, que inventar otra palabra.

[3] De la tradición de la Reina-Valera, la única que traduce como “iglesia” es RV1865, siguiendo KJV en inglés, “church”. Curiosamente, la Vulgata también traducía “ecclesia”.

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