Imputación y Justificación por la Fe

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La semana pasada considerábamos la doctrina de la justificación por la fe, por medio de la enseñanza del Apóstol Pablo sobre Abraham aquí en Romanos 4. Espero que, tras este estudio, hayamos visto la importancia que esta doctrina tiene, y no sólo en las páginas de la Biblia sino sus consecuencias para los cristianos.

Porque la justificación por la fe no es una cuestión secundaria para la fe. Sin duda, todo lo que la Sagrada Escritura enseña es importante, porque es Palabra de Dios. Pero no todo se relaciona de igual manera para el cristiano. Hay doctrinas que se relacionan más directamente con él y otras menos; y doctrinas que afectan más a su salvación y a su relación con el Señor, y otras menos. Por ejemplo, las doctrinas acerca de los últimos días son importantes, pero ellas no establecen directamente cómo vivimos la salvación del Señor y nos relacionamos con Él hoy. Pero no es así con la justificación por la fe, pues ella determina cómo concebimos la salvación, pero incluso cómo la recibimos y experimentamos.

La semana pasada, pues, podíamos ver cómo existen dos visiones frente a frente acerca de la justificación por la fe y la salvación. Una es la más habitual, porque es la que defiende la Iglesia católica-romana y, entre los evangélicos, la corriente (mayoritaria) que se conoce como los arminianos. Se puede decir que, según ella, Dios justifica al hombre porque él, en definitiva, ya lo es. Lo es porque ha creído. Al creer, él obedece, o al creer obedecerá y, por ello, entonces Dios lo justifica. Se puede decir que Dios, simplemente, se limita a constatar que el hombre es justo; pero es que, además de ello, Dios comunica o infunde al hombre, en su interior, un principio de justicia en su vida. En todo esto, ellos hablarán de gracia de Dios, sí, pero la mezclan con el esfuerzo humano, de manera que al final la parte principal siempre es la del hombre. En definitiva, esta justicia es algo interior del hombre, él puede decir que es suya.

Frente a ella está la enseñanza de la Reforma. ¿Y qué dice ella? Pues, como veíamos, lo que enseña este pasaje: Dios justifica al impío. Él hombre no tiene justicia, la justicia no es suya, no está en él. No tiene mérito alguno. El mismo hecho de creer no es tampoco ningún mérito. Dios le presenta su gracia por sus promesas del Evangelio y el hombre simplemente se acoge a la misericordia de Dios y confía en Él. De esta manera, como dice Pablo, “Dios es el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús” y “Dios es el justo y el que justifica al impío”. Al justificar al hombre, Dios declara que éste es ya justo, porque lo considera como tal. Da una sentencia definitiva de que es justo delante de Él, para siempre.

Con nuestro pasaje de hoy vamos a profundizar todavía más en esta enseñanza acerca de la justificación. Lo hacemos porque vamos siguiendo el texto y esto es precisamente lo que el Apóstol Pablo está haciendo aquí, en los vss. 6-8. Él está probando su predicación sobre la justificación por la fe por medio de las Escrituras del Antiguo Testamento. Lo prueba primero por el caso de Abraham, por la declaración que hace Génesis 15:6, que es lo que vimos la semana pasada. Y aquí en nuestro texto de hoy, Pablo lo prueba por otro personaje del Antiguo Testamento, en este caso por el rey David, de quien es la cita del Salmo 32:1-2.

Este Salmo, pues, no es independiente de la enseñanza sobre Abraham. Si nos damos cuenta, prácticamente en todo el capítulo 4 de Romanos, el Apóstol está hablando del personaje de Abraham (cf. vs. 9; vs. 13; vs. 16, donde se explica la lucha de la fe de Abraham). El Salmo 32, entonces, es citado en los vs. 7-8, pero en el vs. 9 directamente se vuelve a Abraham, diciendo: “¿Es pues esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión ó también para los de la incircuncisión? porque decimos que á Abraham fue contada la fe por justicia”. Lo que dice el Salmo 32, pues, es presentado para confirmar la enseñanza acerca de la fe de Abraham. No es independiente, sino que, en esencia, es la misma enseñanza.

Si nos centramos ya en nuestro texto de hoy, al fijarnos bien, nos encontramos una palabra o una idea que se repite en él. El vs. 6 dice “atribuye justicia sin obras” –de hecho, en griego es la misma palabra que la que nos encontramos en los vs. 3, 4 y 5– pero también es la misma que nos encontramos en el vs. 8, cuando dice “no inculpa de pecado” (y también en el vs. 9 “contada la fe por justicia”). Vemos el hincapié tan tremendo en esta idea. Siempre es el mismo verbo griego (logizomai) que decíamos la semana pasada que tiene el significado “considerar como” o “atribuir”. Todas estas palabras son sinónimos. Pero en teología se emplea sobretodo una sola palabra o término para expresar esta idea y se emplea siempre que se habla de la justificación: es la palabra “imputar”, “imputación”. Es bueno que nos familiaricemos con esta palabra, porque es de la mayor importancia al hablar de la salvación.

“Imputar” conviene muy bien para hablar de la justificación. Hasta el punto, diremos, que la justificación se puede resumir, en una sola palabra, como imputación. De hecho, esta es la enseñanza de  nuestro texto (vs. 6-8), puesto que en él vemos que la justificación por la fe es, por parte de Dios, tanto una imputación de justicia como también una no-imputación de pecado. Y esto es lo que, con la ayuda del Señor, vamos a estar considerando en esta mañana.

Comenzamos, pues, considerando la imputación de justicia. Es lo enseñado en el versículo 5: “Como también David habla de la bienaventuranza el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras”. Una vez más, “atribuir justicia sin obras” se puede decir “imputar justicia sin obras”, y así lo vamos a decir. Y esta imputación de justicia, decimos, es la parte principal de la justificación por la fe. Justificar por la fe es imputar justicia. Para verlo, comparemos por un momento esta frase (“imputa justicia sin obras) con Romanos 3:28, “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. En ambos caso “sin obras” no se trata de “obras ceremoniales” (sacrificios, fiestas, etc.) sino la obediencia a los mandamientos morales de Dios. Limitar las “obras de la ley”, en Romanos 3 y 4, a solamente las leyes ceremoniales es una de las prácticas favoritas de los que atacan la doctrina bíblica de la justificación por la fe, tanto en los tiempos de la Reforma como en nuestros días. Pero falsean completamente el sentido de estas palabras. Vemos: “sin obras de la ley” significa “sin obras”, sin estar limitadas a nada, en el sentido más general posible.

“Imputa justicia sin obras”, por tanto, significa que Dios lo considera justo sin atender a las obras que él haya hecho o vaya a hacer. Y este es el significado fundamental de “imputar justicia”.

Ahora bien, nosotros los españoles tenemos más dificultades que gentes de otros países y otras lenguas para entender la imputación de justicia. No sé si la misma expresión nos choca y no sabemos porqué. Me explico. En nuestro idioma existe bien la palabra “imputar”, pero siempre se usa solamente en un sentido negativo: sólo se imputan los delitos que uno ha cometido, ¿verdad? El imputado es siempre el acusado, al que se le atribuyen los delitos o las malas obras que en general ha cometido. Pero nunca se utiliza en sentido positivo, nunca se utiliza la palabra para “imputar justicia”, como se emplea aquí.

¿Casualidad? Muy difícilmente. Hay que tener en cuenta que España ha sido uno de los países católico-romanos del mundo y que ha habido toda una depuración y un uso del lenguaje en este sentido. La idea de “imputar justicia” se conocía en los tiempos de la Reforma, de hecho se condenó en el Concilio de Trento. En efecto, allí los obispos papistas no tuvieron vergüenza de decir, literalmente, que “todo aquel que afirme que se es justificado por la imputación de la justicia de Cristo, sea anatema”.[1] Vemos, que ha habido una depuración intencional del lenguaje. La idea no se nombra por sus palabras, por lo tanto, la idea desaparece.

(De hecho, dicho sea de paso, esto no ocurre únicamente con la palabra imputar. ¿Nunca nos hemos parado a pensar por qué, en nuestra cultura y lenguaje, el “expiar los pecados” normalmente se entiende como el sufrimiento que uno ha de pasar en su vida por causa de sus pecados, pero nunca en referencia a la muerte en sacrificio expiatorio de Cristo? ¿O por qué dar satisfacción por los pecados es algo que el creyente ha de hacer por sus obras de penitencia que le impone la Iglesia, pero nunca en referencia a la satisfacción de la justicia del Padre por el sacrificio de Jesús? Nada de esto es por casualidad. Siempre se rebaja la obra de salvación de Cristo y siempre se agranda la obra que el creyente ha de hacer para salvarse. Esto es catolicismo-romano, y así hasta pensamos nosotros, porque han moldeado a su gusto el lenguaje durante siglos).

Pero, volviendo a la idea de “imputar justicia”, hoy día tenemos también otras cosas que dificultan que se entienda esta idea. Muchas veces, la verdadera doctrina se desfigura, a veces sin darse uno cuenta, otras veces con toda intención. Pongamos un ejemplo. En Inglaterra, hay un obispo anglicano, que me parece que ya ha dejado el ministerio –poco tiempo le ha durado– que se ha hecho famoso a base de atacar la doctrina de la Reforma –que como vemos, es la doctrina bíblica– sobre la justificación por la fe. En su lugar, ha propuesto su propia justificación por la fe. Ya ven: el mundo ha tenido que esperar 2000 años a que venga este señor y nos diga lo que en verdad nos enseña la Biblia en este pasaje. Eso es, por lo menos, lo que él se cree. Pues bueno, sus ataques a la justificación por la fe, en el sentido que vemos, imputar justicia, se han hecho sobretodo por medio de caricaturas de la enseñanza bíblica.

De esta manera, este señor ha dicho que Dios no nos imputa justicia –la justicia de Dios o la justicia de Cristo– porque la justicia de Dios o de Cristo no es, dice, “como un gas” que pueda ser traspasado de un lado para otro. ¿Es esto un argumento serio? Por supuesto que no, pero él lo emplea y muchos lo siguen. Reconozco que, a veces, los que creemos y afirmamos la doctrina bíblica de la imputación de la justicia la podemos explicar de manera inadecuada, sobretodo si la explicamos de manera excesivamente gráfica. Utilizamos ilustraciones para explicarla y las cosas de Dios no siempre se pueden explicar por medio de ilustraciones. Por ejemplo, otro lugar donde ocurre esto a menudo es la doctrina de la Trinidad. Pero no es esto lo que dice la doctrina bíblica de la imputación.

¿Qué es, entonces, lo que la doctrina de la imputación de la justicia significa? Pues, simplemente, como decíamos al principio, que Dios nos considera como justos, nos declara justos. Y esto, no porque nosotros, en nosotros mismos, seamos justos, ni porque seamos transformados en justos. ¿Por qué, entonces, Dios nos considera justos? Pues somos considerados justos, o se nos imputa justicia, SOBRE LA BASE DE la justicia de Cristo. Sobre la base de su vida de obediencia, de su muerte en sacrificio en la cruz.

Esta es la razón. Esta es la causa. Dios considera esta justicia de Cristo como nuestra entonces, nos la imputa– porque no nos considera aparte de Jesucristo ni por un solo instante. Porque, como dice Efesios 1, es en Cristo que somos bendecidos con toda bendición espiritual (vs. 3), porque es en Cristo que hemos recibido su gracia (vs. 6). Porque Cristo es nuestra Cabeza (Efesios 1:22) y en Él estamos completos de Su gracia sin que nos falte nada de Él (Colosenses 2:10). Siendo así, Dios nos imputa justicia, nos considera justos, porque Jesucristo es el Justo, y nosotros somos suyos. Somos considerados justos, pues, por causa de la justicia de Cristo.

Esto no es lo mismo que decir que Dios nos declara justos porque declara que lo seamos por nosotros mismos. Hay una diferencia abismal entre esto y decir que es por causa de la justicia de Cristo. ¿La vemos?

¿Y qué nos proporciona a nosotros la justicia de Cristo? Pues dicho sencillamente, nos proporciona el derecho a ser tratados por Dios como justos.[2] Y sobre esta base, Dios va a obrar en nuestra vida para que, de la misma manera que Cristo es nuestra justificación, Él sea también nuestra santificación y nuestra redención final (1 Corintios 1:30).

Esta es la gloriosa doctrina de la justificación por la fe: que Dios nos imputa justicia. Pero ella también contiene otra no menos gloriosa parte, que es que Dios, al justificarnos por la fe, no nos imputa el pecado.

Como decíamos al principio, el verbo “imputar” (en griego, logizomai) también está en este texto, en el vs. 8. En RV1909 se utilizaba precisamente “no imputó pecado”. Y esto se corresponde más bien al uso al que estamos nosotros acostumbrados de la palabra “imputar”. Pero, bien, es lo que Dios no hace: no nos imputa el pecado. Es decir, no nos lo atribuye, no considera culpables de los mismos.

Este es una idea corriente en la Escritura y precisamente con estas mismas palabras. Así en 2 Corintios 5:19 leemos: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”

En 2 Timoteo 4:16, “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta”

O en 1 Corintios 13:5, el bien conocido “el amor no guarda rencor” (una traducción no muy afortunada del griego, que dice literalmente “no toma en cuenta el mal”).

Bien, pues esto es lo que Dios hace en Jesucristo. Vemos que la imputación de la justicia trae consigo la no imputación del pecado. Dios nos considera justos, no nos considera pecadores, no toma en cuenta nuestros pecados. Pero la no-imputación del pecado no es que Dios trate con el pecado sólo a medias. No. En la justificación, el pecado es tratado completamente. Él no es imputado, pero él también es “perdonado” vs. 7. Y no sólo esto, también es “cubierto”. Y la idea de cubierto es como si Dios pusiera un velo delante y de esta manera, no lo ve.

Y es por eso por lo que el Apóstol trae esta cita del Salmo 32, para hablar de la gran maravilla que el perdón misericordioso de Dios es para el creyente. No es algo pequeño, no es algo a medias. No es algo que sólo comporta que Dios nos perdona, pero que luego nosotros hemos de estar expiando en esta vida, o que si nos morimos antes de tiempo, que lo hemos de pagar en un lugar inventado llamado Purgatorio, porque es que lo tenemos que estar pagando siempre ante un Dios que no puede perdonarnos y librarnos totalmente de la pena de nuestros pecados.

Que Dios castiga los pecados en la vida de los creyentes está fuera de duda, porque lo enseña la Escritura. Tomemos el caso mismo de David, quien escribió este Salmo 32. David fue un gran rey y un hombre justo ante Dios por la fe, como Abraham, pero cometió un gravísimo pecado con Betsabé, no sólo adulterando con ella sino, más aún, mandando la muerte de su marido (cf. 2 Samuel 11). Y Dios perdonó este pecado, pero también lo castigó, pues el niño que nació de esta unión al final murió. En castigo por este pecado, también, la espada no se apartaría de la casa de David, y Dios daría las mujeres de él a su prójimo, que sería hasta su mismo hijo Absalom (cf. 2 Samuel 12:10-11).

Pero lo que no podemos decir es que Dios castiga tanto los pecados como ellos merecen. ¿Por qué? Pues porque si los castigara tanto como merecen, como para saldar la deuda contraída con Su justicia, entonces estos pecados ¡no dejarían nunca de ser castigados! David, y todos los santos, y con ellos todos nosotros, seríamos echados al infierno para siempre. Porque hubo un solo pecado, el pecado de Adam, y entró la muerte y la condenación en el mundo (Romanos 5:12-14). Un solo pecado convierte a un hombre culpable de toda la Ley (Santiago 2:10). ¡Un solo pecado basta para un Dios infinitamente justo y santo! Dios no castiga ni disciplina al creyente para saldar cuentas. ¿Para qué entonces? Hebreos 12:10 nos da la respuesta: “para que participemos de su santidad”. Es la disciplina del amor paternal. Sin ella somos bastardos y nos hijos, porque Dios azota a todo aquel que recibe por hijo  (Hebreos 12: 6).

Y si alguno todavía pregunta que “¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es posible que un Dios de justicia infinita pase por alto el pecado, que no lo considere, que no lo tome en cuenta, no lo castigue en justicia tanto como se merece? ¿Adónde está la justicia de Dios entonces?” ¡Pues considerando el perfecto sacrificio expiatorio del Señor Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Es en Su muerte, como víctima inocente, que Dios tomó satisfacción por los pecados de los hombres. Fue esta muerte en la cruz el pago del rescate por el que los creyentes somos redimidos y comprados para Dios, y reconciliados con Él. Y como dice otra vez 2 Corintios 5:19 “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no imputando a los hombres sus pecados”.

En esta muerte de Jesús en la cruz, por tanto, los pecados fueron castigados, y de esta manera a los creyentes no les son imputados. No son considerados pecadores, porque Cristo pagó por ellos. Y de esta manera también, les es imputada justicia, porque Cristo obedeció perfectamente por ellos, toda la vida y hasta la muerte, y de esta manera, son considerados justos.

¿No es gloriosa esta doctrina de la justificación por la fe, de la imputación de la justicia, de la no-imputación del pecado? ¿No es glorioso el estado del justificado? Miremos bien lo que dice la Escritura: la bienaventuranza del que Dios atribuye justicia sin obras” (vs. 6). Bienaventurado aquel cuyo pecado es perdonado y cubierto su pecado; Bienaventurado aquel a quien Dios no imputa pecado”.

¿Y conocemos las Bienaventuranzas de Jesús en Mateo 5? ¿Quién son los bienaventurados? De ellos son el reino de los cielos, ellos verán a Dios, su galardón es grande en los cielos (Mateo 5:3.8.12). La bienaventuranza describe la salvación. El bienaventurado es el salvo. El que es justificado por la fe, por tanto, es bienaventurado, porque tiene una bienaventuranza, no parcial, no completa, no provisional, no a prueba. Aquellos que la presenten así la falsean terriblemente. Huyamos de ellos y juntémonos con los que invocan el nombre del Señor conforme a Su Palabra. ¡La bienaventuranza de Cristo es plena, se recibe ya en esta vida y que perdura para vida eterna!

Si nuestro corazón se halla turbado bajo alguna disciplina del Señor, confirmemos nuestro corazón, pensando que nuestro pecado ha sido perdonado y que esta disciplina la recibimos en su amor.

Si nuestra vida se halla a veces perpleja al ver que somos pecadores, por la persistencia de la carne en nosotros, digamos que el Señor no nos cuenta los pecados; digamos que aunque la justicia no es la nuestra, la justicia es de Cristo y Cristo es nuestro. Si nosotros somos débiles, Él es fuerte. Si estamos faltos, Él está lleno de gracia, misericordia y verdad. En Cristo por tanto está nuestra justicia y nuestro perdón. Y Él es así nuestro todo. Teniéndolo a Él lo tenemos todo.

Y si alguien todavía no lo tiene, es sólo porque no ha puesto su mirada en Él, ni su confianza en Su obra y Sus promesas.

La Bienaventuranza de la Escritura es presentada y ofrecida a todos los que oyen el Evangelio, y ella es de aquellos que ponen su fe en Jesucristo. Que todos nosotros no nos quedemos ahí mirándonos a nosotros mismos. Ni somos justificados por nosotros, ni somos perdonados por nosotros. Sólo por Cristo. Comprender esto, aceptarlo, creerlo y recibirlo por fe es nuestra vida y es la causa de nuestro gozo en Cristo. Que por la gracia de Dios esté en todos nosotros. Amén.

___________

Pastor Jorge Ruiz Ortiz.

Predicación en ICP Miranda de Ebro, Culto de la Mañana, 21-11-2010


[1] Cf. Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación, canon XI.

[2] Charles Hodge, Systematic Theology, vol. III, p. 145; cf. pp. 140-150.

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