La Terrible Lógica del “Divorcio Exprés”

Es bien significativo, y trágico, decir que en la España actual resulta más difícil cambiarse de compañía telefónica que divorciarse. Pero es así. Las compañías de ADSL te suelen pedir un año de compromiso. Sin embargo, la ley del “divorcio exprés” del año 2005 eliminó toda traba legal para divorciarse; de manera que, mientras que la reforma de la ley del divorcio de 2005 en Francia reducía de seis a dos años el tiempo de espera para acceder al mismo, en España la ruptura es inmediata. Y mientras el mundo occidental se está planteando seriamente implantar la vía de la “mediación familiar” para la resolución de los conflictos matrimoniales, en España no hay ninguna causa especial que alegar –desde la llegada al poder del Gobierno Zapatero– para divorciarse, y basta con que lo decida uno de los dos cónyuges. Así de fácil. Así de trágico.

Por efecto de esta ley, como no podía ser de otra manera, los divorcios en España se han disparado. El Instituto Nacional de Estadística acaba de hacer públicos los datos del divorcio relativos al año 2005. En total, entre separaciones y divorcios, se produjeron en España casi 137.000 rupturas matrimoniales. Todavía no se dispone de los datos del año 2006. Pero, según informa el Instituto para la Protección de la Familia, entre julio del 2005 y julio del 2006 –es decir, en los doce primeros meses después de la entrada en vigor del “divorcio exprés”–, se habían alcanzado ya las 163.444 rupturas. La proporción de separaciones y divorcios también ha conocido un vuelco absoluto. Antes de 2005, el 60% de las rupturas eran “separaciones”, y el resto divorcios. Ahora, los divorcios ya representan el 90% del total.

Sí. Todo gracias a otra ley de Zapatero.

¿A qué se debe dicha ley? Quienes nos la venden, dicen que se trata de una adecuación a los tiempos; lo cual es verdaderamente cierto, pero ello de por sí no dice nada acerca de si los tiempos que estamos viviendo son sanos o no, o si lo son o no sus principales actores.

No obstante, no podemos pasar por alto un dato cronológico importante. La ley del “divorcio exprés” se aprobó en el Congreso el 29 de junio del 2005; y el 30 de junio –justo al día siguiente–, al grito de “Por una España más decente” del Presidente, el Congreso aprobaba la ley de “matrimonio” homosexual. Al presentar ambas “leyes” unidas, sus autores estaban lanzando una verdadera proclama ante la Historia. Y es así como han de ser consideradas.

Matrimonio homosexual y divorcio inmediato: está claro, para quien piense un poco, que ambas medidas sólo tienen como finalidad acabar con la familia; la cual no está abolida ni proscrita, pero sí queda completamente vaciada de contenido y es contemplada por las autoridades como absolutamente carente de importancia.

Podemos pensar que este ataque frontal a la familia está guiado por motivos ideológicos –que indudablemente lo está–, pero no caigamos en el error de considerar a sus autores como unos idealistas inconscientes, sinceramente convencidos de estar siguiendo unos ideales de igualdad y de justicia, sólo que equivocados. No. La realidad acostumbra a ser mucho peor. No podemos entrar a valorar sus intenciones secretas y ocultas, personales, íntimas o como queramos llamarlas. Pero es que no hace falta juzgar sus intenciones, sino simplemente su grado de conocimiento. Y poniéndonos en la mejor de las suposiciones con respecto a sus personas, consideramos, pues, al legislador como perfectamente informado de aquello acerca de lo que se está legislando –por eso de la legislación comparada–, además de poseer conocimientos históricos elementales acerca de su propia tradición ideológica. De esta manera, consideramos que, puestos a buscar paralelos históricos, estarán perfectamente al corriente del experimento revolucionario de la Revolución comunista en Rusia.

Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, el matrimonio en Rusia fue secularizado, instaurándose una igualdad a todos los efectos entre matrimonio y concubinato, y entre los hijos “naturales” y los “legítimos”. La Ley de Matrimonio de 1926 institucionalizaba estas medidas, propias de la anarquía revolucionaria, por la cual el hecho de estar o no registrado como matrimonio prácticamente carecía de consecuencias legales. Pero eso no era todo. Según esta ley, el divorcio también ocurría sin necesidad de recurrir a los tribunales. No era ni siquiera necesario que los cónyuges estuvieran físicamente presentes y, de hecho, sólo se necesitaba la declaración de uno de ellos… ¿Es por tanto el invento de Rodríguez Zapatero algo realmente tan nuevo?

Pero, evidentemente, éste no fue el final de la historia. En el año 1936, con Stalin ya en el poder, se aprobaba una ley que, además de prohibir el aborto y perseguir la homosexualidad, restauraba la condición legal del matrimonio, establecía firmemente la distinción entre hijos legítimos y naturales, y, sobre todo, convertía el divorcio en un procedimiento largo y económicamente muy costoso. De manera que, al final de las dictaduras comunistas, la condición de divorciado estaba socialmente tan mal vista como podía estarlo tradicionalmente en las sociedades occidentales.

Podemos pensar que todo ello fue debido a que Stalin era, en comparación con sus idealistas predecesores, una especie de “ogro” conservador. Pero lo cierto es que todas estas medidas revelan una muy elemental lógica política: todos aquellos revolucionarios que busquen acabar con un orden social y un régimen político determinado, empezarán precisamente creando la anarquía y el caos en la familia como institución social (y si nos remontarnos a la causa primigenia, promoviendo la “libertad sexual” o promiscuidad). Al contrario, todo régimen que busca perpetuarse en el tiempo, busca primero, promueve y protege la estabilidad de la familia.

Y Zapatero, ¿puede realmente ser un ingenuo y un ignorante absoluto, ajeno a todas estas historias? ¿Establece el “divorcio exprés” por sus sueños idílicos de libertad, igualdad y fraternidad, llevando al país a pastar en los idílicos prados llenos de flores “hippies” bajo su paternal mirada? ¿O es más bien que no tiene cargo alguno de conciencia en jugar con las inmensas tragedias personales y familiares, creándolas incluso en la medida que contribuyan a sus fines políticos, de prestigio personal, de destrucción de un régimen y una sociedad, y la sustitución de estos por otros que sólo él conoce?

Será la Historia quien responda a estas preguntas, como a otras tantas. O mejor dicho: lo hará el Dios de la Historia, pesándolo con medida cabal y justa.

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Jorge Ruiz Ortiz. Artículo escrito para Tiempo de Hablar, abril de 2007

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