El Precio de la Socialización

Decididamente, la palabra “socialización” se ha convertido en una de las consignas más importantes de nuestra cultura occidental, incluida la española. Todo necesita socialización, desde los cachorros de perro, hasta, sobretodo, nuestros hijos. Un número siempre creciente de personas e instituciones la aplican a los padres en todo tipo de situaciones. Y es invocándola cómo se lleva a cabo los ejercicios más enrevesados de ingeniería social.

Pero hubo un tiempo en el que la palabra socialización ni siquiera existía. Precisamente, debemos al siglo XIX su existencia. Como la de muchas corrientes de pensamiento que han marcado definitivamente el siglo XX, como el marxismo, el freudismo, el darwinismo, y la aplicación de éste último a la “raza humana”, esto es, el racismo pretendidamente científico y el eugenismo, de los cuales el nazismo es el ejemplo más elocuente… aunque, muy desgraciadamente, no el último.   

Se nos repite, pues, la necesidad que tenemos de ser socializados, así como, sobretodo, la de socializar a nuestros hijos. Lo cual se dice, si lo pensamos, a seres humanos que ya vivimos en sociedad, utilizando el instrumento básico que los hombres tienen para la vida en común, que es la palabra. Aunque fuera viviendo aislados de los demás, en pleno campo, seguiríamos viviendo en sociedad, si es que se hiciera en la unidad social básica, que es la familia. Pero es que, además, normalmente la gente no vive así, sobretodo en España, país eminentemente urbano. No somos, precisamente, colonos en los desiertos de Australia, o en las taigas de Siberia.

Con lo cual, el mismo planteamiento de la exigencia de socialización se asemeja bastante a hablar del “estatuto del embrión humano” en relación con el aborto: su mismo planteamiento equivale a cuestionar al embrión la naturaleza de ser humano. Del mismo modo, se nos repite, la persona en sociedad se tiene que socializar, lo cual significa afirmar que el ser humano no es, por naturaleza, un ser social. Más bien, lo será sólo tras un proceso arduo y complicado, que demanda la participación de todos. Pero, sobretodo, y una vez más, de los padres.

En realidad, en el fondo, el concepto mismo de socialización delata la inmensa tragedia del pensamiento occidental que es el nuestro. Delata la mentalidad estructuralmente materialista de Occidente y, por lo tanto, esencialmente opuesta a la mentalidad bíblica. Según esta mentalidad materialista, el hombre no tiene una naturaleza que le sea propia. Imposible, pues, hablar de alma humana. El hombre no sería más que un animal, un libro en blanco al nacer. Todos sus conceptos, conductas y valores, le serán transmitidos por la sociedad, por la cultura. Con lo cual, evidentemente, hay que concluir que todos estos valores no son más que “simples convenciones sociales” que no se corresponden a ninguna realidad transcendente (divina), ni siquiera a ninguna realidad humana. De ahí, pues, se deduce que es indiferente que un niño juegue con coches o con muñecas, y que si mayoritariamente las muñecas no le dicen gran cosa es, como se nos repite una y otra vez, por culpa de la sociedad y su educación sexista. Indiferente también que un chico, al ser adulto, se haga mujer. Meras convenciones. Como llamar padre y madre al progenitor A y B.

Pero no acaba ahí todo en relación con la socialización. También está la cuestión semántica. Porque las palabras tienen un significado preciso, aunque a veces se puedan considerar desde distintos ángulos. Y ahí está, pues, la palabra socialización, que se aplica tanto a los niños, nuestros hijos, como, por ejemplo… a los bienes de producción de un país. ¿No lo hemos pensado nunca? ¿Qué es socializar los bienes de producción, sino nacionalizarlos, que dejen la esfera de lo privado para que pasen a ser de titularidad pública, es decir, estatal?

A la luz de ello, ¿qué significa, en realidad, socializar a los niños?

En 1848, Marx y Engels publicaron El Manifiesto Comunista, en el que presentaban las bases ideológicas del programa de acción revolucionario por parte de los socialistas. En el terreno que nos ocupa, pues, afirmaban ya claramente el propósito de que la educación de los niños saliera del ámbito privado de la familia, para que pasase a ser definitivamente una cuestión del colectivo, de la sociedad, del Estado – así como, dicho sea de paso, efectuar la llamada “colectivización” de la mujer. Indicaban como el medio para conseguirlo la escolarización pública obligatoria, que sería impuesta una vez se hubiera realizado la revolución proletaria.

¿Cuál es la diferencia, entonces, de lo propuesto en El Manifiesto Comunista con la realidad que estamos viviendo en nuestros días, particularmente en nuestro país? Seguramente, tan sólo la siguiente: los comunistas propugnaban como medio para conseguir la implantación de estas medidas, de la escuela entre otras, la toma violenta del poder, la revolución. Tras las experiencias desastrosas del siglo XX, también en nuestro país, este camino ha sido ya descartado por los socialistas. Los términos ahora se han invertido. Ahora, sin mediar revolución, la utilización de la escuela es ya el medio principal para alcanzar la sociedad que supera definitivamente lo individual y familiar, es decir, la sociedad socialista.

Y tan sólo una palabra más acerca de la socialización. En sociología, se considera que hay dos grandes instituciones de socialización, esto es, la familia y la escuela. A la primera le corresponde primeramente la función de procreación, cuidado de los niños en la edad más temprana, así como, sobretodo, la función afectiva, dar y proveer amor y cariño a los niños, así como cubrir sus necesidades más básicas. Y a la escuela, al menos fue así hasta hace poco, la de impartir instrucción, en un ambiente básicamente de disciplina.

Bien, todo esto está cambiando dramáticamente. Por un lado, en los últimos veinticinco años se ha dado en nuestro país la destrucción completa y sistemática de la familia, algo llevado a cabo directamente por las clases dirigentes, y en especial, aunque no exclusivamente, por las izquierdas. Por otro lado, la escuela cada vez ocupa más en la vida de los niños: escolarización oficiosamente obligatoria a los tres años, jornadas interminables, comedor, servicio de “madrugadores” y “continuadores”, y últimamente, abrir incluso en fines de semana y fiestas.

Y por su fuera poco, cualquiera que tenga niños pequeños lo puede comprobar sobradamente, del ambiente de disciplina que era el suyo, la escuela infantil y primaria se ha convertido ya en un verdadero paraíso para los niños de mimos, besos, caricias y abrazos por parte de maestros, y de los alumnos entre sí. Todo lo cual no es sino el resultado de la implantación del espíritu de la antigua ley de educación, la LOGSE, creada por el anterior gobierno socialista. La tan polémica LOE, del actual gobierno Zapatero, no es más que una intensificación de la ya existente. Es lo mismo, pero llevado al extremo. Lo cual se podrá comprobar dentro de no muchos años

En definitiva: La escuela está suplantando a la familia en casi todo, hasta la función afectiva, que es la propia. Nunca antes nuestros niños han sido más socializados, en el sentido marxista del término. Y lo peor es que no parece haber modo de revertir institucionalmente este proceso. Mientras tanto, seguir confiando nuestros hijos a la escuela, y en especial a la pública, desde los tres años de edad, y con asignaturas obligatorias tales como la “Educación para la ciudadanía” o la “Educación sexual”, supondrá para los cristianos un riesgo cierto de ver a sus hijos promiscuos y homófilos, y eso ya a una edad muy  temprana. Además de entregarlos a una estructura mental esencialmente pagana.

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Artículo escrito por Jorge Ruiz Ortiz, publicado en Tiempo de Hablar en febrero de 2007

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  1. Pooyan Mehrshahi

    Thank you brother for such a helpful article on Socialization. Even though Google Translate is not perfect in turning it into English – yet the main points are very clear. We would do well to consider, in what society are we wanting our children to fit. The society of heaven, and the saints, or of the world, which lies in wickedness.

  2. eliécer guillén

    No soy sionista, pero tampoco soy estúpido, conozco los dos lados de la historia, pero la idea es enfatizar aquí el odio racista como componente de una vida impía:

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