Ensueños Confederales

24 de junio de 1997. Último día de estancia en Francia y ceremonia de Licenciatura en Teología. Al día siguiente, embarcamos nuestras muy escasas pertenencias en una furgoneta alquilada y salimos de Marsella rumbo a mi ciudad natal, Tarrasa (Barcelona). Desde entonces no encuentro mis apuntes de Apologética.

Teníamos por delante las expectativas, todavía por confirmar, de comenzar el ministerio en mi propia “iglesia natal”. Pero antes se confirmarían otras sospechas: mi mujer hizo el traslado estando ya embarazada.

Seis días después, veíamos por la televisión las imágenes del zulo de 2×2 m. donde Ortega Lara estuvo secuestrado durante 532 días y su rostro demacrado tras perder 23 kg de peso. Mi mujer apenas entendía el español, pero menos aún lo que estaba presenciando. Nueve días después saltó la noticia del secuestro de Miguel Ángel Blanco…

Éstas fueron nuestras primeras impresiones tras, en mi caso, regresar a mi tierra; en el de mi mujer, instalarse en un extraño país. Uno, que creía conocerlo bien, se daba cuenta entonces de que tampoco podía explicarlo. Las comparaciones con el país que dejábamos a nuestras espaldas, la Francia de huelgas tremendas pero de invulnerable cohesión nacional, inevitables. Y también sangrantes.

Bien dice el dicho que “las primeras impresiones son las que quedan”. Con el tiempo me doy cuenta que todo lo que hemos presenciado a partir de entonces lo he venido interpretando a la luz de aquellos terribles primeros momentos. Los acontecimientos se han sucedido unos a otros con una lógica implacable. Es decir, así me lo ha parecido a mí.

En la cronología del anterior artículo, hemos intentado hacer una exposición de este proceso histórico que arranca desde Lara y Blanco hasta llegar a la manifestación de hace unos días. Es cierto que la cronología que dábamos podría haber comenzado antes. Las fotos fijas en Historia son difíciles de tomar y siempre hay un movimiento previo que podría haberse captado.

Así, muy bien hubiera podido comenzar con el 30 de octubre de 1995, fecha del fracasado referéndum de independencia del Québec (Canadá). Tras él, se comenzaría a hablar con fuerza en España de “tesis soberanistas” y “estados libres asociados”. El “Plan Ibarretxe”, primero, y el “Estatut”, después, no son más que distintos intentos de plasmación de lo mismo. Sorprendente: el primero, abortado por los mismos que aprobaron el segundo.

También es cierto que se podía haber incluido otros momentos en la cronología. El 25 de junio de 1998, por ejemplo, cuando Pascual Maragall, tras un breve retiro de un año en Roma, anuncia su candidatura para las elecciones autonómicas catalanas. Desde entonces, la palabra “federalismo” se convertiría en la divisa oficial en los ambientes del PSC y allegados. En breve, Maragall precisaría todavía más la fórmula: también tenía que ser “asimétrico”.

De todos modos, lo expuesto, creemos, ya sirve para mostrar que estamos inmersos en un proceso que arrancó con unas multitudinarias manifestaciones en 1997 y que, de momento, ha concluido en la del sábado en Barcelona. Entre ambas, el periodo de intensas movilizaciones que conoció el país entre 2003-2004, a cuenta de la Guerra de Irak o el Prestige, entre otras. También se dan ciertos paralelismos interesantes, como el cerco de sedes en 1997 y 2004, Batasuna y PP respectivamente, o el intento de exclusión de estos mismos partidos de la vida política, en 2001 y 2003. Pactos que se firman (Barcelona, Estella, Antiterrorista, Tinell), que pasan al olvido o que hasta se rompen. Treguas que se declaran, se vuelven a romper, y algunas que, es de suponer, están todavía en vigor.

Todas estas idas y venidas, en torno a una idea bien precisa: la de nación. Sin ir más lejos, la reacción de José Montilla al conocer la corrección del Tribunal Constitucional al Estatuto, al reclamarlo en su integridad, la pone bien de manifiesto: “Somos una nación”, dijo la misma noche del fallo, y éste fue también el eslogan de la manifestación. Lo cual no debe entenderse en un sentido “romántico”, como apelación al sentimiento de ser un pueblo, una cultura y tener todos la misma lengua. La palabra “nación” recobra netamente su sentido político, asociado al ejercicio de “soberanía”. Precisamente el que el Tribunal Constitucional le niega, al señalar que su apelación de “nación” carece de valor jurídico alguno.

En teoría política, difícilmente encontraremos sistemas rígidos y monolíticos, sino que estos tienden a ser variables como la vida misma. Un estado unitario, como Francia y Gran Bretaña –ambos distintos entre sí–  puede también ser descentralizado, como en el caso de España. O también, las autonomías, en un país como el nuestro, pueden llegar a disfrutar, en principio, de tanta o más atribuciones que los territorios federales de otros países, como Alemania. Por otra parte, una federación, para funcionar bien, también requiere de un poder central consistente. Al menos, en las atribuciones que le son propias, que son precisamente las esenciales a la existencia misma de un estado. Es decir, las necesarias para su supervivencia frente a otros estados, que van desde el poder militar al desarrollo económico uniforme de todo el país. Se encuentran estados unitarios descentralizados con un poder central débil, y estados federales con un poder central fuerte. Hay de todo por el mundo, y ciertamente catalogar unos sistemas y a otros como buenos y malos de por sí, según las connotaciones que nos producen las palabras, tiende a denotar una visión más bien maniquea e infantil de las cosas.

¿Qué es, pues, lo que está en juego en toda esta larga partida? En el fondo, creemos que no es más que esto: una cuestión de soberanía. En principio, en un sistema de gobierno federal, uno de los países o estados integrantes puede rescindir su vinculación con el resto a partir de una acción unilateral y vinculante, y el resto tendría que aceptarlo sin más. El estado federal nunca perdió su soberanía, luego en cualquier momento puede reclamarla en su plenitud. Esto es precisamente lo que ocurrió tras la desaparición de la URSS, la separación de Checoslovaquia en 1993 o lo que se intentó hacer en Québec en 1995. Pero no siempre es así: ahí tenemos el ejemplo de la Guerra Civil de los Estados Unidos, también República Federal.

Por el contrario, en un estado unitario, la soberanía siempre permaneció, plena y entera, con la nación, en un sentido político del término. Dicho claramente, nunca hubo en la historia un estado soberano llamado Cataluña que se adhiriera de igual a igual a otro llamado España. Por eso, hasta la fecha, España nunca ha sido un estado federal.

Por mi paso por Francia, gané toda mi formación pastoral y teológica, y me vine de allí con una familia. Sin embargo, hay algo más que me dejé allí, aparte de mis apuntes de Apologética, a los cuales todavía a veces añoro y siento como una pérdida. Lo otro, ensueños confederales, ya no

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