La Soberanía de Dios según el Calvinismo, por Auguste Lecerf

Es un hecho que el calvinismo ejerce hoy sobre un número creciente de espíritus una atracción que asombra a sus adversarios.

Pero esta atracción que ejerce el calvinismo se debe precisamente a lo que, en el siglo XIX, había contribuido más a la impopularidad extrema que sufriera entonces.

En efecto, lo que conmueve tantas almas, lo que hace que ellas se pongan tan voluntariamente “a la escuela de Calvino”, es ante todo, por lo que me he podido dar cuenta por conmovedoras confidencias, la valentía y la firmeza de pensamiento que el calvinismo aporta en su afirmación apasionada y rigurosa de la soberanía de Dios.

Es, por tanto, útil hablar de este gran tema. Al hacerlo, no sólo intentamos dar a Dios el honor que le debe el pensamiento, sino que todavía traemos pan para el hambre y agua para la sed de aquellos cuya alma languidece tras Dios, en las tierras áridas y secas, llenas de espejismos decepcionantes, habitadas por los fantasmas inconsistentes de las teologías humanistas.

Pero el estudio que nos proponemos esbozar aquí no es sólo útil, sino que es necesario, porque se intenta detener el impulso de las simpatías hacia nuestra fe precisamente desnaturalizando la noción de soberanía divina.

Me explico.

Se nos dice: desde la revolución y los enciclopedistas hasta los primeros años del siglo XX, lo que se quería ante todo era la libertad. Incluso los creyentes estaban apasionados por la autonomía e independencia. Era, por tanto, natural que la teología fuera llevada a restringir la Soberanía divina, en provecho de la dignidad y de los derechos de la persona humana. En la actualidad, las cosas han cambiado; una parte importante de la juventud quiere la reinstauración del principio de autoridad…

Se puede ver el resultado: el calvinismo es la autoridad absoluta de Dios: es el Dios de Duns Scot, voluntad pura y puro capricho; es, por tanto, fatal que aquellos de entre los jóvenes y de los espíritus más maduros que se han decepcionado de los excesos de la libertad en el orden de la especulación teológica, se vuelvan por reacción hacia un sistema que les da, al final, un Dios que gobierna, aun si debe ser un poco un tirano.

Esta explicación –pero aplicada a una situación inversa– es la que se halla ya en el libro de Victor Monod sobre El problema de Dios (1910). Dado que él conoce muy bien a Calvino, concede expresamente que el reformador mismo no era escotista. Pero, según él, sus sucesores sí lo fueron, y lo fueron con razón. El calvinismo debía, pues, declinar y desaparecer con el declive de la idea de la soberanía absoluta en política. El autor está un poco preocupado por la aparición del filósofo Charles Secrétan, en pleno siglo XIX, en la Suiza libre: de Secrétan quien resucita el nominalismo de un Descartes sobre la libertad de Dios… No importa, él no retira su hipótesis, la que nos sirve hoy para explicar la pujanza actual del calvinismo. Esta idea que Calvino concebía la soberanía de Dios como una dominación tiránica y caprichosa ha sido popularizada en Francia por un libro de vulgarización aparecido en América y traducido en francés: Jean Calvin, por Williston Walter (1906). Textos en mano, ella es insostenible; era necesario darle una apariencia científica: un teólogo de envergadura, perteneciente a la escuela llamada evangélica, Henri Bois, se encargará de esta labor. Obligado por la evidencia de los textos, que conoce bien puesto que cita los más importantes (en su Philosophie de Calvin, 1919), admite que Calvino repudió expresamente el escotismo: “el Dios de Calvino… no es el de Duns Scot; es el de san Agustín” (pag. 21ss). Tan sólo que, por más que rechace las doctrinas de Duns Scot, Calvino concluiría diciendo que Dios es a la vez santo y criminal, puesto que de hecho es el autor del mal.

He aquí, pues, la doctrina que se nos quiere hacer pasar en cuanto a la idea calvinista de la Soberanía divina. Y es su carácter brutal que atraería a una generación apasionada por la autoridad.

Hay que confesar que la negación de la eternidad de Dios, de su infinitud, de su omnipotencia, de su realidad transubjetiva, ha creado tal desorden en los espíritus que casi se podría comprender que el sentimiento religioso, irritado por las negaciones ruinosas, se haya abalanzado hacia el extremo opuesto. El Dios voluntad pura no carece de una cierta majestad, que puede parecer seductora a los espíritus desamparados por los excesos del modernismo protestante. Puede que el éxito que tuvo en su tiempo la filosofía de Secrétan se explique, en cierta medida, por esto.

Reconozcamos también que el calvinismo halla en el vacío o la insuficiencia religiosa de las doctrinas contemporáneas una circunstancia psicológicamente favorable.

Pero rechazamos resueltamente la explicación por la necesidad de despotismo, por la razón decisiva que el calvinismo de Calvino y el calvinismo de las confesiones [reformadas] es fundamentalmente contrario a las elucubraciones de Scot y de Occam, las cuales le son injustamente imputadas.

Cierto, ha habido y hay actualmente calvinistas escotistas. Pero los deñ siglo XVII, un Burmann por ejemplo, representaban un calvinismo más o menos desviado de sus orígenes e influido por una filosofía que causó finalmente su disolución. Cosa curiosa, en el siglo XVII, no es el calvinismo quien, en rigor, es escotista, es su joven enemigo, el arminianismo. Éste se distingue por su celo por el imperium absolutum, en Episcopius, uno de sus jefes más eminentes, con los socianos y los jesuitas, de los cuales Descartes fue antiguo alumno. Se puede creer que estos hombres quisieron simplemente dar a Dios tanta libertad como la que reconocían a la criatura, para hacer metafísicamente posible esta glorificación del hombre, debido a una libertad infinita.

En cuanto a los calvinistas escotistas contemporáneos, su influencia es nula, por lo que sé, en los países de lengua francesa, en este momento en el que asistimos a una resurrección calvinista.

Por tanto, no se puede atribuir la causa de esta renovación a una especie de fascismo teológico.

¿En qué consiste la soberanía de Dios?

Sería en vano persuadirse de que se pueda exponer en detalle y defender en algunas líneas la doctrina de la soberanía de Dios. Podemos solamente intentar dar una idea exacta y precisa de la manera en la que ella es concebida en el calvinismo de Calvino y de las confesiones de fe reformadas. Mostraremos a continuación que las consecuencias nominalistas o prenominalistas que se le imputa no resultan de ninguna manera.

El carácter específico de la concepción calvinista de la soberanía de Dios consiste en esto: que Dios es reconocido como perfectamente independiente de todo lo que no es Él y como ejerciendo el señorío supremo en todos los ámbitos y sobre todas las cosas.

Para ser independiente y soberano, se tiene que ser. Decimos que Dios es, en grado supremo, independiente y soberano en su ser. Él es el ser a se, por sí. No que Él haya sido causado antes de ser, como lo quería Plotino: Dios no tiene evolución; Él es eterno e inmutable en su ser. Pero es soberano en su ser porque Él mismo es esencialmente el Ser; el único que es, en el sentido riguroso del término, y que no tiene necesidad de apoyarse en nada para ser (1). Plenitud de ser, se posee a sí mismo en toda la inmutabilidad de su perfección.

Por esta razón queda descartada la posibilidad de todo panteísmo evolucionista, y también de todo panteísmo monista, porque un abismo lógico es abierto  entre el Ser absolutamente independiente y la criatura, siempre esencialmente dependiente.

Pero no es sólo en el orden real que Dios es independiente y soberano en su ser. También es en el orden del pensamiento. La razón no puede obtener a Dios por sus propios recursos. Ella no puede constituir, por su parte, una idea de Dios que sea otra cosa que un fantasma. Dios no puede ser puesto en el pensamiento creado más que por Dios, por una revelación en nosotros, en el mundo y en su Palabra. Toda idea de Dios que no es sacada de la enseñanza de la Palabra de Dios y que no es causada por la gracia de Dios es un sueño vacío.

Para ser soberano, todavía es necesario conocer su dominio. Dios, soberano cuyo dominio es sin límites, debe pues tener un conocimiento infinito que transciende incluso el futuro. Esto es reconocido por muchos creyentes que no son calvinistas. La línea de separación entre los espíritus pasa por otra parte.

Ella es la que separa el conocimiento pasivo, dependiente del objeto, del conocimiento activo, constitutivo y originario de su objeto.

Para Orígenes, Dios conoce las cosas como son, porque ellas son.

Para Agustín, las cosas son y son como son, porque Dios las conoce. El calvinismo está con Agustín, contra Orígenes.

El conocimiento divino, dice la confesión de Westminster, es infinito, infalible, independiente de la criatura. El pensamiento de Dios no se halla en presencia de un mundo de ideas necesarias, independiente de Él. Pero la necesidad y la posibilidad lógicas dependen de este hecho que Dios es la Razón suprema cuya naturaleza excluye lo imposible, pone en el mundo infinito número de posibles y conoce desde la eternidad el mundo futuro de la realidad.

Pero si este mundo futuro real no fuera tal por un querer de Dios independiente, la soberanía de Dios no sería infinita.

Dios es, por tanto, soberano por su voluntad.

Es la voluntad de Dios que discierne la existencia a los futuros relativamente necesarios así como a los futuros contingentes y libres. Podría haber de estos últimos, en su naturaleza y en el mundo, que llegaran a ocurrir; pero ellos serán infaliblemente ciertos y determinados en su futurición, por la voluntad decretiva e inmutable de Dios.

Siendo eterna e inmutable, esta voluntad de Dios es libre, luego soberana; porque nada en la naturaleza de Dios ni en la naturaleza del mundo podía hacer que necesite lo que ella ha querido. Ela no es, sin embargo, arbitraria y caprichosa, porque ella contiene en sí misma razones que son las del Ser sabio, bueno, justo y misericordioso por esencia y en grado supremo. Dios es ex lex, fuera de toda ley, en el sentido de que no hay ideal moral fuera de Él; pero Él es su propia ley, en el sentido que sus actos son siempre conformes a la perfección de su esencia; de manera que, para nosotros, la voluntad de Dios, aun cuando sus razones nos son desconocidas, es el fin de toda cuestión.

Es por lo que la voluntad de Dios no decide sólo el advenimiento de lo que es, sino que ella rige soberanamente también lo que debería ser si la criatura libre actuara siempre conforme a la razón práctica. Para nosotros, una cosa es buena, mala o indiferente, porque Dios la ordena, la prohíbe o la autoriza. Para Dios, ella es tal, porque ella es conforme, contraria, o indiferente a su santidad.

Dios, en fin, es soberano por su poder. Si la omnipotencia no estuviera al servicio de su voluntad, ésta estaría abocada a un sueño estéril.

El calvinismo enseña que todas las cosas son posibles a Dios. Lo real no agota su poder; Él tiene el poder para hacer muchas cosas que Él no quiere hacer. Por consiguiente, está descartado el determinismo de Schweitzer o de Schleiermacher.

Por otra parte, el poder de Dios no es la potentia absoluta de Duns Scot y de Occam. Dios no puede ni hacer actos indignos de su Majestad, ni mentir, ni ordenar lo que es mal o contradictorio, no porque le falte poder, sino porque su poder no es una fuerza ciega de la naturaleza. Ella está a disposición de su sabiduría y de su santidad.

“Dios tiene un tal poder –dice Calvino–  que su justicia es la verdadera regla de la misma”. Este texto basta para probar aquí que Calvino no quería ser escotista, puesto que tanto Ritschl como Bois no le contestan. Este último cita otras cinco frases, de las que Él reconoce que son decisivas, y habría podido fácilmente doblar el número. Acordémonos que, porque Calvino rechazaba admitir que Dios hubiera realizado una cosa contradictoria, fue acusado por sus contemporáneos, los nominalistas de la Sorbona, después por Bellarmino, de no creer en la omnipotencia de Dios. Se entiende, por tanto, la causa de ello.

Pero, insiste H. Bois, él va, a pesar suyo, hacia el escotismo, o más bien va hasta el Dios de Spinoza: “Dios lo hace todo”, por tanto hace el mal por medio de los reprobados a los que después castigará.

Pero esta interpretación de la doctrina de Calvino es insostenible. No sólo el Reformador dice por todas partes que Dios no es el autor del mal, sino que escribió un libro expresamente para probar que Dios no hace todo, en el sentido que H. Bois le imputa: El Tratado contra la secta fantástica de los libertinos, donde establece que el concurso divino no impide que nosotros actuemos “por nuestra parte” y que Dios no hace lo que hay de imperfecto o de malo en nuestros actos.

Pero –se dirá– puesto que no podemos comprender porqué Dios elige gratuitamente a los pecadores para justificarlos, santificarlos y salvarlos, mientras que reprueba aquellos a los que no ha elegido y los predestina a ser justamente castigados por sus crímenes, decimos que la predestinación es arbitraria.

Decís eso contra la razón y el derecho –respondemos– y añadiremos con Calvino: “La audacia de los hombres no es soportable si ella no soporta ser refrenada por la Palabra de Dios, cuando se trata de su consejo incomprensible, el cual los ángeles adoran” (2). En cuanto a nosotros, sabemos que según la Palabra de Calvino, “tenemos la voluntad de Dios como reina y señora que gobierna todo por su pura libertad”. (3)

(1) Cf. H. Bavinck, Gerf. Dogm, 1, p. 146 (4º ed., 2, p. 122s).

(2) IV. col. 486.

(3) VIII. Col. 3535.

____

En Auguste Lecerf, Études calvinistes, (Neuchatel, París : Delachaux et Niestlé, 1949), pp. 19-24; traducido por Jorge Ruiz Ortiz.

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  1. Raúl G. Pérez

    excelente, brillante articulo, me encanto su autor, es totalmente de mi preferencia aunque no se leer frances, seria tan amable enseñarme, mi Pastor 😀 saludos

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