Dios Salve al Rey

Cuando se lee o interpreta la Biblia, es ciertamente difícil poder sustraerse a las propias presuposiciones fundamentales, que muchas veces no son más que los prejuicios heredados de la cultura ambiente. El resultado de ello es que se tiende siempre a proyectar y superponer nuestra propia cultura o manera de ver las cosas a lo declarado en la Sagrada Escritura. De esta manera, está claro que el criterio de verdad y la realidad última siempre seguirá siendo nuestro presente y que el contenido de las Escrituras siempre tenderá, de una manera u otra, a confirmarlo.

Un excelente ejemplo de todo esto lo tenemos en la declaración de Pablo en 1 Timoteo 2:1-2. “Amonesto pues, ante todas cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, hacimientos de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.”

¿Cuál es el verdadero alcance de este texto? ¿Por cuál cosa nos está Pablo exhortando a que los creyentes oremos?

Según nuestra manera de ver, heredada del estado de cosas intelectual, político y social a este lado de la Modernidad, seguramente explicaremos este texto diciendo que Pablo nos exhorta a que oremos solamente para que los reyes y las autoridades gobiernen bien y nos concedan “la libertad” para que nosotros vivamos “quieta y reposadamente, en toda piedad y honestidad”. Interpretamos así este texto a partir de nociones que en nuestros días nos son fundamentales e incuestionables como la libertad de cultos o la aconfesionalidad del Estado. Esto, lo dicho, lo hemos hecho todos, y he de decir que yo también muchas veces he enseñado este texto en este sentido.

¿Es éste el sentido de las palabras de Pablo aquí? ¿Está Pablo preocupado por nuestros problemas intelectuales y culturales, que estarían todavía por llegar y que tardarían casi dos mil años en aparecer? Pero sobretodo, ¿es esto la justa exposición del pensamiento de Pablo en este mismo pasaje?

Para ver el alcance de este texto, estos dos primeros versículos del capítulo han de ser interpretados en su propio contexto. En este pasaje, el apóstol lo que está poniendo de manifiesto es la universalidad del Evangelio y de la salvación. Así, en el vs. 1, Pablo exhorta a que se ore “por todos los hombres”; en el vs. 4, que afirma que “Dios quiere que todos los hombres sean salvos”; en el vs. 6, expone el valor universal de la muerte en sacrificio de Jesucristo, “el cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos”; y finalmente, la universalidad también de la predicación y ministerio del Evangelio, del cual él, Pablo es “doctor de los gentiles”, es decir, de las naciones o paganos.

De esta manera, parece claro que el vs. 2, donde se nos habla de que oremos por “los reyes y por todos los que están en eminencia”, es un inciso incluido en la expresión más general del vs. 1, “por todos los hombres”. Pablo pide para ellos lo que pide para el resto de todos los hombres. El apóstol está pidiendo, así, que se ore por la salvación de ellos; cf. una vez más, vs. 4, (Dios nuestro Salvador) “quiere que todos los hombres sean salvos”.

La salvación de los reyes y de los que están en eminencia, por tanto, ha de darse en todo punto de la misma manera que la salvación de todos los hombres: mediando arrepentimiento (Hechos 11:18), por la fe en Jesucristo, “el único mediador entre Dios y los hombres” (vs. 5), a través del “conocimiento de la verdad” (vs. 4) expresión que, en especial en las epístolas pastorales, se refiere a la revelación del misterio de Dios por medio de los apóstoles, que nos es llegada ahora a nosotros por la Sagrada Escritura. Una vez salvos, se esperaría de ellos exactamente lo mismo que al resto de los humanos, a saber: que dejen a los ídolos “para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9; cf. Lucas 1:74-75). Lo cual, si lo hicieran, ciertamente contribuiría a que nosotros, el resto de los creyentes, viviéramos “quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.”

Y para confirmar todo esto, que Pablo quiere que oremos por la salvación de reyes y autoridades, añade inmediatamente en el vs. 3 y 4: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador” (vemos, una vez más, el hincapié en la salvación por medio de este título divino) “el cual quiere que todos los hombres sean salvos…”

De esta manera vemos como claramente, por nuestras propias presuposiciones y prejuicios, tendemos a limitar el alcance de las palabras de Pablo a sólo una parte de su significado, dejando de ver tal vez su componente más importante. Para concluir, encontramos la interpretación del reformador Juan Calvino muy apropiada y que pone de relieve todos los aspectos de las palabras del apóstol:

“Él expresamente menciona reyes y otros magistrados, porque, más que todos los demás, ellos podrían ser odiados por los cristianos. Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos acérrimos de Cristo; y por lo tanto se les podría ocurrir este pensamiento: que no deberían orar por aquellos que dedicaban todo su poder y toda su riqueza para combatir contra el reino de Cristo, cuya extensión sobrepasa a todo lo que se pueda desear. El apóstol encara esta dificultad, y expresamente ordena a los cristianos que oren por los que están en eminencia. Y, ciertamente, la depravación de los hombres no es una razón por la que la orden de Dios no deba ser acatada. Por consiguiente, sabiendo que Dios designó magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, y pese a la deficiencia con que ellos ejecuten el cometido divino, no debemos por eso dejar de amar lo que pertenece a Dios, y desear que permanezca en vigor. Ésta es la razón por la que los creyentes, en cualquier país donde vivan, no sólo deben obedecer las leyes y el gobierno de los magistrados, sino que en sus oraciones deben también suplicar a Dios por la salvación de sus gobernantes. Jeremías dijo a los israelitas: “Y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros la paz” (Jer. 29:7). La doctrina universal es ésta: que debemos desear la continuación y el estado pacífico de aquellos gobiernos que han sido designados por Dios.

Para que vivamos quieta y reposadamente. Al demostrar la superioridad, él ofrece un aliciente más; porque enumera los frutos que nos produce un gobierno bien ordenado. El primero es una vida quieta; porque los magistrados están armados con la espada, a fin de conservarnos en paz. Si ellos no frenasen la temeridad de los hombres perversos, por todas partes abundarían los robos y asesinatos. El verdadero camino para mantener la paz se logra, pues, cuando cada cual obtiene lo que le pertenece, y cuando la violencia de los más poderosos es frenada.

En toda piedad y honestidad. El segundo fruto es la preservación de la piedad, es decir, cuando los magistrados se dedican a promover la religión, a mantener el culto divino, y a cuidar de que las ordenanzas sagradas sean acatadas con la debida reverencia. El tercer fruto es el cuidado de a honestidad pública; porque también incumbe a los magistrados impedir que los hombres se entreguen a asquerosas brutalidades y a actuaciones perversas y, por el contrario, promover la decencia y la moderación. Si estas tres cosas se suprimiesen ¿cuál sería la condición de la vida humana? Si somos, pues, movidos por la solicitud a favor de la paz social, o de la piedad, o de la decencia, recordemos que también debemos ser solícitos a favor de aquellos por cuya instrumentalidad obtenemos tan distinguidos beneficios.”

Juan Calvino, Comentarios a las epístolas pastorales de San Pablo, (Jenison: TELL, 1972), 4ª edición, 1994, pp. 59-61; el subrayado es nuestro.

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