Aquellos “Odres” Nuevos

El Domingo de Pentecostés del año 1995 estuve en una iglesia evangélica “libre” de una importante ciudad del sur de Francia. Importante porque allí vivía mi futura novia, mi actual mujer. Era, creo, el último o uno de los últimos domingos en los que predicaba su pastor, quien pasaría a ocupar un alto cargo dentro del protestantismo francés. Para entendernos, en el mundo internacional, y en España también, las iglesias “libres” (aquí, la FIEIDE) por lo general no han sido arrastradas por las diversas olas de pentecostalismo surgidas en el siglo XX. Sin embargo, una cierta adaptación en cuanto a formas de culto sí que se ha producido. En aquella iglesia, pues, había, como era corriente entonces y aún más hoy día, un grupo de alabanza. En primer fila –sólo en la primera fila, curiosamente–  jóvenes con brazos levantados y algunos incluso arrodillados, sin dejar, por ello, de levantar los brazos. De todos modos, recuerdo la predicación, ortodoxa y basada en Romanos 8, que probaba que la mayor señal de que se tiene el Espíritu Santo es la de estar en Cristo unido a Él por la fe. Más tarde supe que algunos de los arrodillados se marcharían a una iglesia pentecostal…

Tras las vacaciones de aquel verano, en el mes de septiembre –el mes de la vendimia en Francia– estaba otra vez por la ciudad de mi novia. Mi estancia allí era, esta vez, por motivos laborales. Sí, vamos, que estaba vendimiando. Pero un domingo de aquellos tuve la oportunidad de estar en la instalación del nuevo pastor. Esta vez no me acuerdo del texto de la predicación ni de su mensaje. Recuerdo, sí, su imagen, vestido de traje gris impecable, y sus palabras iniciales diciendo el respeto que le imponía predicar ante un auditorio en el que había algunos pastores jubilados, pues, en efecto, los había. En principio, como vemos, el nuevo pastor despuntaba maneras más bien discretas. Sin embargo, a las pocas semanas, al otro lado del teléfono, mi novia me hacía saber, no sin una cierta inquietud, que el pastor comenzaba a hacer cosas raras en el púlpito, como trucos de magia, mientras predicaba. Mi primera reacción fue decirle que no fuera más a aquella iglesia.

Perdimos por un tiempo el rastro de las evoluciones de aquel pastor en su nueva iglesia. De todas maneras, ya entrado el año 1996, a pocos meses de nuestra boda, asistimos un domingo, una vez más, a uno de sus cultos. De esta visita no me acuerdo ni del texto ni del mensaje. Recuerdo, otra vez, sí, el atuendo del pastor, quien aparecía ahora con jeans, camisa blanca y tirantes negros. Aquél domingo, además, se celebraba la Santa Cena. El pastor hizo que todos los asistentes se levantaran y se pusieran uno al lado del otro, rodeando, en forma de U, las paredes del local. Hizo, entonces, que nos cogiéramos de las manos. Por fin, introdujo la Santa Cena, pero lejos de hacerlo con las palabras de la institución del sacramento (en 1 Corintios 11, por ejemplo) se puso a leer un curioso relato cuyo título no era otro que “La sopa de un elefante”. En él se detallaba los ingredientes que toda suculenta sopa, de descomunales proporciones, digna de un tan enorme animal, debería contener. La analogía con la Santa Cena, el gran banquete espiritual de los cristianos, se establecía rápidamente para toda mente despierta… Aun así, aquél día no participé de la Cena en aquella iglesia.

En aquellos tiempos, quince años atrás, todas estas cosas nos cogían por sorpresa y carecíamos de palabras o conceptos para explicarlas, salvo como salidas de tono de sus protagonistas a título meramente personal. Hoy día ya no me sorprendería tanto verlas, porque de hecho creo haber sido testigo últimamente de cosas peores. Estamos hablando ya de nuestro país. Y aunque hay conceptos de uso corriente en otros países para explicar esta realidad, es curioso que en España usemos tan poco palabras como “postmodernismo”, “desconstrucción” o, sobretodo, “Iglesia emergente”, pues éstas son, precisamente, las ideas que indican lo que este nuevo movimiento espiritual es.

Se puede decir que buena parte del mundo evangélico actual –el que, con sus tremendas carencias eclesiales, teológicas e incluso de vida espiritual, durante el siglo XX resistió más mal que bien el envite de las diversas oleadas pentecostales– ha caído preso en las seducciones de este nuevo estado de espíritu –la “iglesia emergente”– del cual, por ejemplo, el afamado Warren y su movimiento “dirigido con propósito”, que tanto han progresado en España, no serían, en su largo árbol genealógico, sino un subpunto más.

Pero, si nos preguntamos que cómo es posible una tal caída en la nada, permítanme que les dé mi humilde opinión: ella no hubiera sido posible sin que las iglesias evangélicas hubieran adoptado, a lo largo de toda la década de los 80, el estilo de culto carismático. Desprovisto de la práctica de supuestos “dones”, es cierto, pero con la presencia estelar en ellos de esos “grupos de alabanza”, de los cuales los jóvenes hoy cincuentañeros hicieron entonces uno de los grandes caballos de batalla. Por lo general, (gran ejemplo de mal uso de la Escritura) invocando el texto bíblico acerca de los “odres nuevos” (¿se acuerdan?), con lo que las nuevas formas de culto se convertían en poco menos que la verdad del Evangelio, ya que, además, si no se implantaban al final ninguna alma del mundo sería salva…

Decididamente, sin estos “grupos de alabanza” nada, o muy poco, de lo que hoy vemos se podría explicar. Ellos fueron quienes tiraron del carro para hacer emerger una iglesia “sensitiva” (por no decir “sensual”), emotiva, subjetiva, desenfadada y, sobretodo, muy actual. Lo cual es decir otro tanto del estilo de ministerio pastoral que lo ha de, primero, hacer implantar en la iglesia, y, segundo, encarnarlo de manera visible.

Hay, sin duda, toda una reflexión a hacer en este sentido. Pero, mientras, si me preguntan qué fue de aquel pastor prestidigitador y de exquisitos gustos literarios, en aquella entrañable ciudad rodeada de excelentes viñedos, pues tendré que decir que, por lo visto, con el tiempo llegaría a domar completamente aquel tremendo respeto inicial que le imbuía tener delante otros pastores ya jubilados. Vamos, que acabó por, sin reparo alguno, ser capaz dar lo mejor de sí ante la congregación. De esta manera, lo último que supe de él –por medio de otro pastor francés amigo suyo– es que un domingo trajo un gran bidón de basura y lo puso debajo del púlpito. Conforme iba predicando, arrugaba las hojas de su manuscrito y las lanzaba al bidón. Al acabar la predicación, fue él mismo quien se tiró de un salto al bidón de basura…

…Tal vez, como final para una predicación esté lejos de lo sublime. En todo caso, esta vez sí que el punto de analogía se me hace más aparente.

Anuncios

  1. eliécer guillén

    No estoy de acuerdo que se ataque a una persona específicamente, pero la idea básica y general es correcta en éste vídeo:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s