La Necesidad de una Iglesia Confesional

Afirmación 2010 tiene ya una semana de existencia en su versión en español. Si la han leído -cosa que no dejamos de recomendar efusivamente- podrán allí conocer un documento que alza una voz alta y clara acerca de los males que aquejan en nuestros días al mundo evangélico. Son muchos y multiformes, pero todos son síntomas que revelan la misma enfermedad: se puede afirmar que ellos no se hubieran dado si el mundo evangélico hubiera permanecido todavía arraigado a la Reforma y sus Confesiones de Fe. De las cuales, la de Westminster es la máxima expresión.

La Afirmación es un texto nacido de círculos reformados que, en general, mantienen un alto carácter confesional. Por ello, en cierto sentido, ni sus creadores, ni las iglesias de los mismos, ni los signatarios de la Afirmación tienen necesidad de un tal documento. La fe de ellos está expresada de manera positiva en las Confesiones de Fe y Catecismos de la Reforma, y gracias a ello, a lo largo de la Historia y hoy también, han podido ir eludiendo las diversas seducciones que periódicamente aparecen y se reproducen en las iglesias. La denuncia y rechazo de los errores es algo exterior a la Confesión misma, y precisamente ésa es la tarea a realizar por cada generación de pastores y teólogos.

La particularidad de la Afirmación es, entonces, agrupar en un solo documento toda una serie de errores y desviaciones doctrinales y de práctica contemporáneos y denunciarlos en base a la verdad de la fe, que es reafirmada de nuevo. Pero –hay que tenerlo bien claro– la Afirmación no es una nueva Confesión de Fe. Ella reconoce en todo momento la primacía a las Confesiones de la Reforma, presentándose como un documento derivado de las mismas. La Afirmación es, entonces, una aplicación de las Confesiones a nuestros días.

Bien es cierto que la Afirmación podría haberse limitado a rechazar los errores citando directamente las Confesiones. Pero no lo ha hecho. ¿Por qué? Pues entre todas las respuestas que se podría dar, personalmente destacaría la siguiente: la Afirmación, en principio, no es un documento interno para los círculos reformados confesionales, sino que se dirige al llamado “mundo evangélico” en su conjunto, designado en el preámbulo introductorio, como “Iglesia profesante”. Éste tiene como una de sus características principales un marcado desinterés por las Confesiones de Fe de la Reforma. Si la Afirmación citara autoritativamente las Confesiones, simplemente, sería vista como extraña al mismo.

La Afirmación señala así esa carencia en el mundo evangélico y el multiforme y dañino resultado de su vacío. La Afirmación se limita a denunciar los errores doctrinales y de práctica en boga a nuestros días, llamando la atención a la gravedad del momento presente. Pero su doctrina y enseñanza no es ninguna originalidad, ni un producto nuevo de esta generación. Ella se reconoce como la enseñanza de las Sagradas Escrituras, la fe “dada una vez a los santos” (Judas 3), que ha sido expresada y confesada en la Historia en las distintas Confesiones de Fe. Por consiguiente, nos atrevemos a decir que la solución para el mundo evangélico no se encuentra en la Afirmación misma, sino en una vuelta a la Confesión de Fe.

¿Por qué el mundo evangélico hoy vive, cuando menos, ajeno a las Confesiones de Fe? Resulta bien difícil dar una respuesta a esta pregunta en una sola frase. El problema es complejo y profundo, y tiene muchas vertientes y ramificaciones. Pero, en nuestra opinión, el problema básico es el individualismo que impera por doquier y hasta convertirse, hoy día, en equivalente de “evangélico”.

Pensemos en las congregaciones, en la práctica, totalmente independientes unas de otras que, en el mejor de los casos, sólo consiguen manifestar una unidad meramente nominal y formalista, por medio de federaciones de iglesias concebidas como simples medios para otros fines mayores o más importantes.

Pensemos en la multiplicación cada vez mayor de las llamadas “denominaciones”, conceptos que no tienen base bíblica alguna pero que nosotros manejamos como si fueran de la esencia del Evangelio simplemente porque no se encuentran –y, para nuestra vergüenza, con razón– en la iglesia papista.

¿Qué es todo esto sino la más clara expresión de “individualismo” entendido según la primera acepción dada por el DRAE, la “tendencia a pensar y obrar con independencia de los demás, o sin sujetarse a normas generales”? ¿Es, entonces, extraño que, inmersos por generaciones en este ambiente, el “mundo evangélico” se caracterice por seguir toda novedad doctrinal y de práctica que aparezca? Lo extraño es justamente lo contrario, es decir, que todavía haya “evangélicos” que se caractericen por su decidida fidelidad a las Confesiones de Fe históricas. Y, efectivamente, los que lo hacemos somos, así, una ínfima minoría.

En realidad, creo no conocer a nadie –o de existir debe ser un muy raro espécimen– que considere el individualista mundo evangélico actual como un bien sin matices, o que sea enteramente consecuente con su individualismo. Por lo general, su resultado más patente, la atomización y dispersión de iglesias y congregaciones, es percibido como algo negativo, cuando no como un mal al que no le vemos salidas pero con el que hemos aprendido a convivir sin cuestionarlo del todo. Aún así, el mundo evangélico ha desarrollado sus propias maneras de superarlo, como cuando a un árbol se le corta el tronco pero le brotan retoños. Se trata de la formación de una especie de “mainstream” evangélico, que tiende a producir una difusa unidad –es decir, no institucional– para el conjunto. “Mainstream” que sería formado, precisamente, por la amalgama de todas las tendencias y particularidades presentes en el movimiento evangélico. En este estado de cosas, huelga es decirlo, la premisa básica es el no-cuestionamiento de las tendencias y particularidades de cada uno, y un manto de silencio le espera al que haga lo contrario.

Bueno, pues en marcado contraste con esta tendencia, y como alternativa a la misma, está el “confesionalismo protestante o evangélico”. Se dirige al mundo evangélico porque se sigue considerando a sí mismo como formando parte del mismo. Su premisa básica es que el mundo evangélico no tendría que haber tomado distancias con la fe de la Reforma de la manera que lo ha hecho y le insta, fraternal y encarecidamente, a que regrese a la misma, porque en ello se encuentra su bien.

En uno de los primeros artículos de este blog, “La Perspectiva del Dogma”, afirmábamos que hay bendición en recibir la enseñanza de las Confesiones de Fe de la Reforma, y la de Westminster en particular. Seguimos pensando que ello es cierto, pero no lo es todo. Como entonces también afirmábamos, si ciertamente la enseñanza de Westminster es una verdadera expresión de la doctrina de las Sagradas Escrituras, entonces eso significa que existe igualmente un deber espiritual para con ella, no por la Confesión en sí misma sino por cuanto la Palabra de Dios está expresada y es confesada en ella. Este deber demanda, cuando menos, que se la considere en serio.

Como su nombre mismo indica, este blog está dedicado principalmente a la exposición y defensa de todo el Consejo de Dios tal y como éste es expresado en los documentos confesionales de Westminster. También a hacer ver la necesidad de proceder a una Reforma bíblica de la Iglesia y, en última instancia también, la sociedad. Ambas cosas están unidas, aunque no siempre se vea, o acertemos a señalar, claramente la relación. En todo caso, ése es el reto que tenemos delante.

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