¿Qué es el Presbiterianismo?, por Charles Hodge (2)

¿Qué es el Presbiterianismo?

PARTE 2: LA SUPREMACÍA DEL OFICIO DE PRESBITERO

II. El segundo gran principio de presbiterianismo es que los presbíteros en su ministerio de la Palabra y la doctrina son los más altos oficiales permanentes de la Iglesia.

1. Nuestra primera observación sobre este asunto es que el ministerio es un oficio y no una mera ocupación. Un oficio es un puesto para el que el titular debe ser designado, lo cual implica ciertas prerrogativas que los que lo ejercen deben reconocer y a las que han de someterse. Por el contrario, una ocupación es algo que puede llevar a cabo cualquier hombre que tenga la capacidad para hacerlo. Esta distinción es evidente. No todo hombre que tenga las calificaciones para ser gobernante de un Estado tiene el derecho de actuar como tal. Él debe ser debidamente nombrado para ocupar el puesto. Por eso no todo el que tiene las calificaciones para la obra del ministerio puede asumir dicho oficio. Él debe ser debidamente designado al mismo. Esto es evidente,

(a) De los títulos dados a los ministros en las Escrituras, que implican un puesto oficial.

(b) De las calificaciones especificadas en la Palabra de Dios y el modo de juzgar las calificaciones que son prescritas.

(c) De la orden expresa de designar al oficio sólo a aquellos que, tras el debido examen, sean hallados competentes.

(d) Del relato de dichos nombramientos en la Palabra de Dios.

(e) De la autoridad oficial que les es atribuida en las Escrituras, y el mandamiento de que dicha autoridad deba ser debidamente reconocida. No es necesario seguir tratando este punto, ya que éste no se niega más que por los cuáqueros o algunos escritores como Neander, que ignoran toda distinción entre el clero y los laicos que no sea la que surge de la diversidad de dones.

2. Nuestra segunda observación es que el oficio es de designación divina, no sólo en el sentido de que los poderes civiles son ordenados por Dios, sino en el sentido de que los ministros derivan su autoridad de Cristo y no del pueblo. Cristo no sólo ha ordenado que haya estos funcionarios en su Iglesia –no sólo ha especificado sus deberes y prerrogativas– sino que da las calificaciones requeridas, llama a los así calificados, y por ese llamamiento les da Su autoridad oficial. La función de la Iglesia no es la de conferir el cargo, sino la de sentarse a juzgar si el candidato es llamado por Dios; y, si está satisfecha en ese punto, expresar su juicio en la forma pública y solemne prescrita en la Escritura.

Que los ministros derivan su autoridad de Cristo se desprende no sólo del carácter teocrático de la Iglesia y de la relación que Cristo, su Rey, mantiene con ella como fuente de toda autoridad y poder, sino,

(a) Del hecho que se afirma expresamente que Cristo dio apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, para la edificación de los santos y para la obra del ministerio. Él, y no el pueblo, constituyó o designó a los apóstoles, profetas, pastores y maestros.

(b) Por consiguiente, los ministros son llamados siervos, mensajeros, embajadores de Cristo. Hablan en nombre de Cristo y por Su autoridad. Son enviados por Cristo a la Iglesia para redargüir, reprender, exhortar con toda paciencia y doctrina. Son siervos de la Iglesia, en efecto, en el sentido de trabajar para su servicio y estar sujetos a su autoridad –como siervos y no como señores– pero no en el sentido de derivar su comisión y poderes de la Iglesia.

(c) Pablo exhorta a los presbíteros de Efeso a “mirar por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos.” A Arquipo dice, “Mira que cumplas el ministerio que has recibido en el Señor.” Es, entonces, el Espíritu Santo que ha nombrado a estos presbíteros y los hizo supervisores.

(d) Está implícito en toda la doctrina de la Iglesia como cuerpo de Cristo, en la que Él vive por su Espíritu dando a cada miembro dones, calificaciones y funciones, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere; y por estos dones haciendo a uno apóstol, a otro profeta, y otro maestro, a otro uno que obra milagros. Es así como el apóstol reconcilia la doctrina de que los ministros derivan su autoridad y poder de Cristo, y no del pueblo, con la doctrina de que los poderes de la Iglesia residen, en última instancia, en la Iglesia en su totalidad. Se refiere a la analogía entre el cuerpo humano y la Iglesia como cuerpo de Cristo. Al igual que en el cuerpo humano, el alma no reside en una sola parte excluyendo a las demás; y como la vida y el poder pertenece a ella como un todo, si bien una parte es un ojo, otra una oreja, y otra una mano; así Cristo habita por su Espíritu en la Iglesia y todo el poder pertenece a la Iglesia, aunque sea el Espíritu que mora en ella el que dé a cada miembro su función y oficio. De manera que los ministros no son designados como tales por la Iglesia más de lo que lo es el ojo por las manos y los pies. Esta es la ilustración que impregna el Nuevo Testamento, y supone necesariamente que los ministros de la Iglesia son siervos de Cristo, elegidos y nombrados por Él a través del Espíritu Santo.

3. La tercera observación se refiere a las funciones de los presbíteros.

(a) Se les encarga de la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Son los órganos de la Iglesia en la ejecución de la Gran Comisión de hacer discípulos de todas las naciones, enseñándolos, y bautizándolos en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

(b) Son los gobernantes en la casa de Dios.

(c) Están investidos con el poder de las llaves, abriendo y cerrando la puerta de la Iglesia. Están revestidos de todos estos poderes en virtud de su oficio. Si se les envía allí donde la Iglesia no existe, ellos lo ejercen en la formación y fundación de iglesias. Si trabajan en iglesias ya establecidas, ejercen estos poderes en concierto con otros presbíteros y con los representantes del pueblo. Es importante tener en cuenta esta distinción. Las funciones antes mencionadas pertenecen al oficio ministerial, y, por consiguiente, a cada ministro. Por necesidad ejercerá sus funciones en solitario sólo en la obra de formación y organización de iglesias; pero cuando están formadas, se asocia con otros ministros, y con los representantes del pueblo, y por lo tanto ya no puede actuar en solitario en asuntos de gobierno y disciplina. Vemos esto en la época apostólica. Los apóstoles, y los que habían sido ordenados por ellos, actuaron, en virtud de su cargo ministerial, en solitario en la fundación de iglesias, pero luego siempre en relación con otros ministros y ancianos. Esto es, de hecho, la teoría del oficio ministerial incluida en todo el sistema de los presbiterianos.

Que ésta es la visión bíblica del oficio presbiteral, o que los presbíteros están investidos de las facultades antes mencionadas, está claro

(a) De los significativos títulos que se les da en la Palabra de Dios; se les llama maestros, gobernantes, pastores, administradores, supervisores u obispos, constructores, vigilantes, embajadores, testigos.

(b) De las condiciones requeridas para el oficio. Deben ser aptos para enseñar, estar bien instruidos, ser capaces de trazar bien la Palabra de Dios, ser sólidos en la fe, capaces de resistir a los contradictores, capaces de gobernar sus propias familias, porque si un hombre no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo puede tener cuidado de la Iglesia de Dios? Ha de tener las cualidades personales que le den autoridad. No debe ser un neófito, sino que ha de ser grave, sobrio, templado, vigilante, de buena conducta y con un buen testimonio.

(c) De las representaciones de sus funciones. Han de predicar la Palabra, para apacentar la grey de Dios, guiarla como un pastor; han de trabajar para la edificación de los santos; velar por las almas como aquellos que han dar cuenta, mirar por la Iglesia para guardarla contra los falsos maestros o, como los llama el apóstol, “lobos rapaces”; han de ejercer una supervisión episcopal, porque el Espíritu Santo, como dice Pablo a los presbíteros de Efeso, los había hecho obispos (Hechos 20:28) y el apóstol Pedro exhorta a los presbíteros a apacentar la grey de Dios, teniendo la supervisión episcopal de la misma (ἐπισκοποῦνες) no por fuerza, sino voluntariamente. Son, por consiguiente, obispos. Cada vez que esa palabra, o cualquiera de sus cognados, es utilizada en el Nuevo Testamento en relación con el ministerio cristiano, se refiere a los presbíteros, salvo en los Hechos 1:20, donde la palabra obispado se utiliza, en una cita de la Septuaginta, aplicada al oficio de Judas.

4. El oficio de los presbíteros es de carácter permanente. Esto es evidente:

(a) Porque el don es permanente. Cada oficio implica un don del que es órgano designado. Si, por tanto, un don ha de ser permanente, el órgano para su ejercicio debe serlo también. Los profetas del Nuevo Testamento fueron destinatarios de inspiración ocasional. Como el don de la inspiración ha cesado, el oficio de profeta también ha cesado. Pero como el don de la enseñanza y del gobierno es permanente, también lo es el oficio de maestro y gobernante.

(b) Como la Iglesia está encargada de hacer discípulos de todas las naciones, de predicar el evangelio a toda criatura; como los santos siempre necesitan ser alimentados y edificados en su santísima fe; la Iglesia siempre debe tener los oficiales que son los órganos divinamente designados para la realización de esta obra.

(c) Así, por consiguiente, vemos que los apóstoles no sólo ordenaron presbíteros en cada ciudad, sino que dieron instrucciones para su ordenación en todos los tiempos posteriores, prescribiendo sus calificaciones y el modo de su nombramiento.

(d) De hecho, ellos han continuado hasta la actualidad. Esto, por lo tanto, no es un asunto abierto a discusión; y no es, de hecho, impugnado por nadie de los que ahora nos ocupa.

5. Por último, en relación con esta parte de nuestro tema, los presbíteros son los más altos oficiales permanentes de la Iglesia.

(a) Esto puede deducirse, en primer lugar, del hecho de que no hay ninguna más alta función permanente atribuida en el Nuevo Testamento para el ministerio cristiano, que aquellas que son atribuidas a los presbíteros. Si son encomendados de la predicación del evangelio, de la extensión, la continuidad y la pureza de la Iglesia, si son los maestros y gobernantes, encargados de poderes y supervisión episcopales, ¿que otra función hay, de carácter permanente, que sea exigida?

2. Pero en segundo lugar, se admite que hubo, en la época apostólica, oficiales de un grado superior a los presbíteros, a saber: los apóstoles y profetas. Estos últimos, se reconoce, fueron temporales. La única pregunta, por lo tanto, se refiere a los apóstoles. Los episcopales admiten que no hay una clase o grado de oficiales de la iglesia intermedio, que sea permanente, entre los apóstoles y presbíteros. Pero ellos enseñan que el apostolado fue pensado para ser perpetuo, y que los prelados son los sucesores oficiales de los apóstoles originales. Si esto es así, si tienen el oficio, han de tener también los dones de apóstol. Si tienen las prerrogativas, deben tener los atributos originales de los mensajeros de Cristo. Incluso en el gobierno civil cada oficio supone unas calificaciones personales. Una orden de nobleza, sin superioridad real, es una mera farsa. Mucho más son necesarias las calificaciones personales en el organismo vivo de la Iglesia, en la que el Espíritu que mora en ella se manifiesta como quiere. Un apóstol sin la “palabra de la sabiduría”, era un falso apóstol; un maestro sin “la palabra de conocimiento” no era ningún maestro; un hacedor de milagros, sin el don de milagros, era un mago; cualquiera que pretendiese hablar en lenguas sin el don de lenguas, era un engañador. De la misma manera un apóstol sin los dones de un apóstol, es un simple pretendiente. También lo podría ser un hombre sin alma.

Los romanistas nos dicen que el Papa es el vicario de Cristo; que es su sucesor como cabeza y gobernante universales de la Iglesia en la tierra. Si esto es así, entonces debería ser un Cristo. Si tiene prerrogativas de Cristo, debería tener los atributos de Cristo. No puede tener lo uno sin lo otro. Si el Papa, por designación divina, está investido del dominio universal sobre el mundo cristiano; si todas sus decisiones en cuanto a la fe y conducta son infalibles y tienen autoridad; si el disentir de su decisiones o la desobediencia a sus órdenes hace perder la salvación; entonces es heredero de Cristo suyo en los dones, así como lo es de su oficio. Si pretende tener el oficio sin tener los dones, entonces él es el Anticristo “el hombre de pecado, el hijo de perdición, que se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, de modo que se sienta, como Dios, en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios.” Los romanistas reconocen este principio. Al atribuir al Papa de las prerrogativas de Cristo, se ven obligados a atribuirle también sus atributos. ¿No lo entronizan? ¿No le besan los pies? ¿No le ofrecen incienso? ¿No se dirigen a él con títulos blasfemos? ¿Acaso no pronuncian anatemas contra, y excluyen del cielo, a todos los que no reconocen su autoridad?

Esta es la razón por la cual la oposición al papado es, en los pechos de los protestantes, un sentimiento religioso. César Augusto podía gobernar el mundo, el Zar de Rusia puede alcanzar el dominio universal, pero tal dominio no supondrá la asunción de atributos divinos, y por lo tanto la sumisión al mismo no implica la apostasía de Dios, y su oposición no necesariamente será un deber religioso. Pero ser el Vicario de Cristo, reivindicar el ejercicio de sus prerrogativas en la tierra, comporta una reivindicación de sus atributos, por lo que nuestra oposición al papado es la oposición a un hombre que dijo ser Dios.

Pero si este principio se aplica al caso del Papa, como todos los protestantes admiten, debe aplicarse también al apostolado. Si un conjunto de hombres que dicen ser apóstoles –si afirman tener el derecho a ejercer la autoridad apostólica– entonces no pueden evitar el pretender también estar en posesión de dones apostólicos; y si no tienen estos últimos, su pretensión a lo primero es una usurpación y una mera pretensión.

¿Qué fueron, entonces, los apóstoles? Está claro en la Palabra que eran hombres de encargados inmediatamente por Cristo para hacer una revelación plena y con autoridad de su religión; para organizar la Iglesia; proporcionarle oficiales y leyes, e iniciar su carrera de conquista por el mundo.

Para calificarlos para esta obra, ellos recibieron, en primer lugar, la palabra de sabiduría, o una completa revelación de las doctrinas del Evangelio; en segundo lugar, el don del Espíritu Santo, de manera que los hiciera infalibles en la comunicación de la verdad y en el ejercicio de su autoridad como gobernantes; en tercer lugar, el don de hacer milagros para confirmar su misión, y el de comunicar el Espíritu Santo por la imposición de sus manos.

Las prerrogativas derivadas de estos dones, fueron, en primer lugar, una autoridad absoluta en todos los asuntos de fe y conducta; en segundo lugar, una autoridad absoluta en la misma legislación para la Iglesia en cuanto a su constitución y leyes; en tercer lugar, la jurisdicción universal sobre los oficiales y miembros de la Iglesia.

Pablo, cuando afirmaba ser apóstol, afirmaba tener esta comisión inmediata, esta revelación del Evangelio, esta inspiración plenaria y esta autoridad absoluta y jurisdicción general. Y en apoyo de sus pretensiones, apela no sólo a la manifiesta cooperación de Dios mediante el Espíritu, sino a los señales de apóstol, por las que obró en toda paciencia, por señales, prodigios y proezas (2 Cor. 12:12).

Se deducía necesariamente, de la posesión efectiva por los apóstoles de estos dones de revelación e inspiración, que les hacía infalibles, que el estar de acuerdo con ellos en la fe y la sujeción a ellos eran necesarios para la salvación. El apóstol Juan, por lo tanto, dijo, “El que conoce a Dios nos oye, y el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu de error.” (1 Juan 4:6.) Y el apóstol Pablo pronuncia maldición incluso a un ángel, en el caso que hubiera negado el evangelio que predicaba y la manera en que lo predicaba. Los escritos de los apóstoles, por consiguiente, han sido, en todas las edades y en partes de la Iglesia, considerados como infalibles y con autoridad en todos los asuntos de fe y conducta.

Ahora, el argumento es que, si los prelados son apóstoles, ellos deben tener los dones apostólicos. Ellos no tienen esos dones, luego no son apóstoles. El primer miembro de este silogismo difícilmente necesita más pruebas. Es evidente, por la naturaleza del caso y de las Escrituras, que las prerrogativas de los apóstoles provenían de sus capacidades que les eran peculiares. Era porque estaban inspirados, y por lo tanto eran infalibles, que estaban investidos de la autoridad que ejercieron. Un apóstol sin inspiración es el mismo solecismo que un profeta sin inspiración.

En cuanto al segundo punto, es decir, que los prelados no tienen dones apostólicos, no se necesita más argumentos. No tienen ninguna revelación especial; no están inspirados, no tiene ni el poder de hacer milagros, ni el de conferir dones milagrosos, y, por tanto, no son apóstoles.

Tan inseparable es la unión entre un oficio y sus dones, que los prelados, en su pretensión de ser apóstoles, se ven obligados a demostrar que poseen los dones apostólicos. Aunque no estén inspirados de forma individual, ellos dicen estar inspirados como cuerpo; aunque no sean infalibles por separado, afirman ser infalibles colectivamente; aunque no tengan el poder de conferir dones milagrosos, afirman el poder de dar la gracia de las órdenes. Sin embargo, estas pretensiones, no son menos absurdas que el supuesto de la inspiración personal. El hecho histórico de que los prelados, tanto colectiva como individualmente, no están inspirados y son falibles, no es menos palpable que el hecho que son mortales. Los de una época eran diferentes de los de otra. Los de una Iglesia pronunciaron anatema a los de otra –los griegos contra los latinos, latinos contra los griegos, y los anglicanos contra ambos–. Además, si los prelados son apóstoles, entonces no puede haber ninguna religión y ni salvación entre los que no están sujetos a su autoridad. No es de Dios, decía el apóstol Juan, el que no nos oye. Ésta conclusión los romanistas y los anglicanos la admiten y afirman osadamente. Sin embargo, esto es una completa reductio ad absurdum. Se podría afirmarse tanto que el sol no brilla más allá de Groenlandia, como que no hay religión más allá de los límites de las iglesias con prelados. Mantener esta posición requiere la perversión de la naturaleza misma de la religión. Como la fe en nuestro Señor Jesucristo, el arrepentimiento para con Dios, el amor y la vida santa, se encuentran fuera de las iglesias con prelado, los preladistas sostienen que la religión no consiste en estos frutos del Espíritu, sino en algo externo y formal. La suposición, pues, que los prelados son apóstoles, necesariamente conduce a la conclusión de que los prelados tienen los dones de los apóstoles, y ésta a la conclusión de que la sumisión a la enseñanza y jurisdicción es esencial para la salvación; y de nuevo, a la conclusión de que la religión no es un estado interior, sino una relación externa. Estás no son simplemente las secuencias lógicas sino también las secuencias históricas de la teoría de que el ministerio apostólico es perpetuo. Dondequiera que esta teoría ha prevalecido, ha llevado a que la religión se convierta en algo ceremonial y a divorciarla de la piedad y la moral. Rogamos a aquellos que aman a Cristo más que su orden, y a los que creen en la religión evangélica, que pongan esta consideración en su corazón. La doctrina de un apostolado permanente en la Iglesia, no es un mero error especulativo, sino un error destructivo hasta el grado sumo.

No podemos continuar más con este tema. Que el ministerio apostólico es temporal, es un simple hecho histórico. Los apóstoles, los doce, sobresalen tanto como un cuerpo aislado en la historia de la Iglesia, sin predecesores y sin sucesores, como Cristo mismo lo hace. Desaparecen de la historia. El título, la cosa misma, los dones, las funciones, todo cesó cuando Juan, el último de los doce, ascendió al cielo.

Si es una cosa horrible poner el Papa en el lugar de Cristo, y hacer de un hombre de nuestro Dios; también es algo horrible poner hombres falibles en el lugar de los apóstoles infalibles, y hacer de la fe en su enseñanza y de la sumisión a su autoridad, la condición de la gracia y salvación.

De esta horrible servidumbre, hermanos, somos libres. Nos inclinamos ante la autoridad de Cristo. Nos sometemos a las enseñanzas infalibles de Sus apóstoles inspirados; pero negamos que lo infalible continúe en lo falible, o lo divino en lo humano.

Pero si el ministerio apostólico era temporal, entonces los presbíteros son los más altos oficiales permanentes de la Iglesia, porque, como reconocen por las nueve décimas partes, tal vez por el noventa y nueve por ciento de los prelados, las Escrituras no hacen mención alguna de ningún oficial intermedio permanente entre los apóstoles y los presbíteros-obispos del Nuevo Testamento. No hay un mandamiento a nombrar tales oficiales, ningún registro de sus nombramientos, ninguna especificación de sus calificaciones, ningún título para ellos, ya sea en las Escrituras o en la historia eclesiástica. Si los prelados no son apóstoles, ellos son presbíteros, manteniendo su preeminencia por la autoridad humana, pero no por la divina.

Parte 1

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