Los Crímenes Sin Justo Castigo, por J.H. Thornwell

“Mencionaré sólo un ejemplo de otro pecado que, en este día, exige humillación y corrección. Puede ser consecuencia de los que ya han sido abordados; se trata de la lamentable frecuencia con la que nuestras leyes no son ejecutadas, especialmente en el castigo de los delitos. Es una lección que impregna la Biblia que los Estados y las comunidades pueden ser tratados como culpables de los crímenes que se niegan a castigar. El sexto de los siete preceptos de Noé, que ordena en general el gobierno y la obediencia, insiste particularmente sobre el castigo de los malhechores como condición indispensable para la prosperidad y el honor de la nación. Cuando se permite escapar impune esa clase de trasgresión, de lo que se tiene que censurar al verdadero oficio del brazo civil, se entonces se contamina la tierra. El magistrado no tiene libertad para llevar la espada en vano, él debe ser el terror de los malhechores, así como la alabanza a los que hacen bien. Hay que lamentar, sin embargo, que mientras el sentido moral de la comunidad está correctamente consternado por la enorme maldad de condenar al justo y de tratarlo de acuerdo a los abandonos de la iniquidad, no hay tal repugnancia ante el igualmente repulsivo espectáculo del trato de los culpables con la impunidad que se debe sólo a la inocencia. Un hombre puede violar la ley por los crímenes que claman venganza al cielo, y después de que la primera ebullición de resentimiento se haya desvanecido, una benevolencia enfermiza y empalagosa se interpone para detener el avance de la justicia; un sentimiento de piedad y de ternura infantil por la persona del criminal evita cualquier expresión adecuada –y, en muchos casos, por completo toda expresión– de indignación y horror ante el crimen. En tales casos, la comunidad asume la culpa. Ella es considerada por Dios como respaldando la trasgresión, y en las retribuciones justas de Su providencia, podrá, tarde o temprano, cosechar las consecuencias en los juicios de Su mano. No hay ningún principio que sea más lisa y claramente puesto de manifiesto, y con más frecuencia ejemplificado en las Sagradas Escrituras, que el castigo de los malhechores es un deber. No es discrecional; no una cosa de conveniencia o de política, sino que es un deber. Dios lo demanda y exige, y ningún Estado o comunidad puede hacer caso omiso de esta alta y solemne obligación sin tomar, ante los ojos de Dios, el lugar del criminal que protege y favorece. Si, por ejemplo, se niega a derramar la sangre del asesino, la sangre de los asesinados caerá sobre su cabeza.

Hay dos maneras en las que las comunidades son castigadas por los crímenes impunes. La primera es la difusión del contagio del pecado. Las influencias restringentes de la gracia divina y de la ley humana son igualmente impedidas, y los crímenes a los que se ha permitido escapar con impunidad se multiplican. Dios permite que muchos caigan en ellos. Los lazos morales del tejido social se aflojan, y la inseguridad general es el fatal resultado de ello. Otras sociedades los miran como carentes en dignidad de sentimientos morales. Son contemplados en el extranjero a la luz de los crímenes que permiten; ellos toleran abominaciones entre ellos, y esto es considerado, y de manera muy justa, como prueba suficiente de que no sienten un fuerte sentimiento contra ellos. De la operación necesaria de las causas morales, las normas de carácter deben ser extremadamente bajas entre aquellas personas que no hacen expresión pública y nacional de descontento contra el crimen, o que, que teniéndolos en forma de letra muerta en el libro de leyes, no los hacen real y efectivo en la práctica. [Tal país] Pierde su posición entre los Estados vecinos, pierde el favor de Dios; contiene los elementos de debilidad, que son inseparables de un bajo nivel moral; la tierra está contaminada, y pronto estará preparada para vomitar a sus habitantes bajo la maldición de Dios.

Hay, además, juicios específicos y positivos que el Gran Gobernador de los acontecimientos tiene reservados para la gente que desprecia la justicia. La peste y el terremoto, la oruga y el saltón, el cielo como de bronce y la tierra como hierro, la guerra, la sangre y el saltón estos no son sino ejemplos de las plagas que Dios ha empleado en otros tiempos, que está empleando ahora, y que pueden ser empleados en el futuro para enseñar a las naciones de la tierra que la justicia es lo único que los puede exaltar, y que el pecado es la afrenta de las gentes.

En este día, mis hermanos, ¿no hemos de temer que nuestra tierra esté de luto a causa del crimen sin castigo? ¿No nos clama la voz de la sangre inocente desde la tierra? ¿No es creciente la violencia en nuestras fronteras? ¿No es un síntoma fatal, a la vez causa y el efecto del mal, una señal preñada de la creciente inseguridad de la vida, que las armas ocultas pueden ser llevadas sin marcar a sus poseedores como hijos de Belial? Ningún pueblo ha alcanzado alto nivel de elevación hasta que la autoridad de la ley y la opinión pública coincidan exactamente, y cada vez que se consigue esto la protección privada se convierte en innecesaria e imposible el insulto gratuito. Que la ley siga su camino; visite la sangre con sangre; agarre al asesino de los cuernos del altar y no lo deje escapar; y ese proceso de deterioro, que comienza en el crimen dejado sin castigo, será pronto contenido y todo hombre honesto se avergonzará de ser hallado con un instrumento de muerte en su persona. Lo marcaría como un asesino en el corazón. Esta práctica escandalosa de llevar armas ocultas debe, de alguna manera, ser reprendida. Es una mancha sobre nosotros. El primer paso es, sin duda, hacer que la vida humana sea segura al no permitir nunca que sea quitada impunemente. Pero, como se tiene que tratar con jurados sobornados y corruptos, a no ser por el progreso gradual de la verdad, la civilización y la religión, éste es un problema que soy incapaz de resolver. Conocer y confesar el mal ya es algo, y si no podemos hacer más, podemos limpiar nuestras faldas avergonzándonos y confundiéndonos a causa de la iniquidad. El arrepentimiento de los gobernantes puede prevalecer ante Dios para cambiar los corazones de los gobernados. Nuestra ferviente oración de que nosotros y nuestra tierra pueda verse libre de delito de sangre puede ser escuchada como una bendición para toda la comunidad.”

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J.H. Thornwell (1812-1862) fue un pastor y teólogo presbiteriano americano. Este texto es una cita del sermón predicado en el inicio de legislatura de la Casa de Representantes de Carolina del Sur, el sábado 9 de diciembre de 1854. El sermón íntegro está disponible aquí.

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