El Ministro Caamaño y Su Amplitud de Miras

Francia, Reino Unido, Irlanda, Bélgica, Holanda, Alemania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Suiza, Italia, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Canadá, Estados Unidos, Australia…

La lista puede continuar, pero nos quedamos aquí. En todos estos países occidentales existe y se aplica la cadena perpetua. Sin embargo, nuestro Ministro de Justicia, Francisco Caamaño, insiste en decir en que en España no hay ni puede haber cadena perpetua porque el Estado de Derecho descansa sobre “la pieza de bóveda” –expresión que suena más bien a galicismo, traducción directa del francés “clef de voûte”– es decir, sobre el principio fundamental de la “dignidad del individuo”. Ergo, según él, la cadena perpetua atenta contra la dignidad del individuo. Por lo tanto, siguiendo la lógica del ministro, hay que concluir que los países citados, a diferencia de España, no cuentan todavía con Estado de Derecho pues atentan contra la dignidad del individuo al aplicar la cadena perpetua.

Pero dice más Caamaño. Sigue el ministro fundamentando el rechazo de la cadena perpetua en el hecho de que el Estado “no es un vengador”. No es ésa su función, según él. Ante crímenes horribles, su función ha de ser otra: según sigue diciendo el ministro, la de “mirar al conjunto” y regular la convivencia “pacífica” de todos.

Según el ministro, pues, los países citados todavía no son Estados de Derecho, sino en realidad “estados vengadores”. Deberían todos ellos aprender de España, de su amplitud de miras, país, como todo el mundo sabe, de exquisita tradición democrática y de una convivencia pacífica ejemplar. Vamos, que somos los más indicados para dar lecciones al mundo entero en estas cuestiones. Como en tantas otras.

Hasta aquí la lógica del ministro. Con todo, ya que hablamos de miradas al conjunto, nos atrevemos a proponer un verdadero ejercicio de amplitud de miras al ministro, y de paso, al conjunto de la clase política que ha hecho del rechazo de la cadena perpetua el principio fundamental del actual régimen.

El ejercicio sería el siguiente: Tomen en serio a los que opinan lo contrario. Escuchen a la sociedad. Reciban, por ejemplo, los centenares de miles de firmas recogidas por Juan José Cortés. Déjense ya de una vez de su retórica que es más bien la propia del despotismo ilustrado. Dense cuenta que sus únicos argumentos en contra de la cadena perpetua son de tipo político –por haber hecho, ustedes mismos, de la abolición de la cadena perpetua uno de los principios fundamentales del actual régimen en distinción del anterior–. Pero miren al conjunto de los países democráticos occidentales, de los cuales España, en su rechazo a la cadena perpetua, es una excepción: estos sus argumentos políticos, pues, ni siquiera son universales.

Admitan que, en realidad, ustedes han rechazado seguir y aplicar una noción universal de justicia. Dense cuenta –seguro que ya lo hacen– que en su rechazo a la cadena perpetua ni siquiera argumentan en base a la noción moral de justicia. Su retórica es la del pragmatismo y del utilitarismo, siempre dando vueltas en torno a la idea de que la cadena perpetua –como, dicho sea de paso, la pena de muerte– es de escasa utilidad para evitar el crimen en la sociedad. Algo bien extraño, porque la simple experiencia nos muestra que en ausencia de castigo el mal tiende extenderse, aunque sólo sea porque los criminales que no deberían salir de la cárcel vuelven a cometer crímenes al verse en libertad. No hace falta citar casos que están en la mente de todos.

Pero en su retórica utilitarista ustedes olvidan siempre que la realidad misma del crimen y el principio básico de la justicia demandan que el castigo sea proporcional a la gravedad del crimen. Esto –como saben bien– es el concepto de justicia retributiva, la esencia de toda justicia digna de ese nombre, que es la que el hombre ha aplicado siempre en las sociedades de todas las épocas y culturas. Salvo unas muy raras excepciones, como es el caso de España –junto con muy pocos otros países– en las últimas tres décadas.

Ustedes, al rechazar este concepto universal de justicia han hecho del crimen una realidad ante la cual la sociedad puede sentarse a negociar. Sus penas al criminal aparecen como una especie de acuerdo entre la sociedad y el criminal. Ustedes, por tanto, han abolido el mal moral sin paliativos del crimen. Su perspectiva es siempre la de favorecer la reinserción del criminal. Pero al hacerlo, se olvidan de la víctima y rechazan dar satisfacción a sus familiares. Obligan a las familias a conformarse con esta ausencia de justicia y de esta manera, las víctimas se convierten en doblemente víctimas.

Dense cuenta de una vez: al oponerse a la cadena perpetua salen ustedes como defensores de los criminales en contra de los familiares de las víctimas y aun del conjunto de la sociedad. Y esto no es una perspectiva nada tranquilizadora para la gente normal, potencial víctima de los criminales. Es preferible, por lo tanto, irse a vivir a cualquiera de los “estados vengadores”, como ustedes los llamarían. A cualquiera de ellos. Pero la inmensa mayoría de nosotros no puede hacerlo y tenemos que seguir viviendo en este país que ustedes gobiernan en el que han impugnado el sentido más elemental de justicia.

Y ya que hablan de que el “Estado no es un vengador”, supongo que el ministro estará al corriente –seguro que sí, en su calidad de jurista conocedor de las distintas teorías del Estado– de la enseñanza tradicional del cristianismo, que es la propia de la Palabra de Dios, la del Nuevo Testamento incluido:

“Toda alma se someta á las potestades superiores; porque no hay potestad sino de Dios; y las que son, de Dios son ordenadas. Así que, el que se opone á la potestad, á la ordenación de Dios resiste: y los que resisten, ellos mismos ganan condenación para sí. Porque los magistrados no son para temor al que bien hace, sino al malo. ¿Quieres pues no temer la potestad? haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; Porque es ministro de Dios para tu bien. Mas si hicieres lo malo, teme: porque no en vano lleva la espada; porque es ministro de Dios, vengador para castigo al que hace lo malo” (Romanos 13:1-4).

Lo quieran o no, ustedes tienen autoridad porque Dios así lo ha instituido. Les ha dado autoridad para que actúen como ministros suyos, encargados de proteger a los buenos y de ser precisamente, sí, “vengadores” es decir, de aplicar justicia retributiva a los malos dando satisfacción a las víctimas. Si ustedes, por las razones ideológicas que sea, se oponen a esto, a lo ordenado por Dios se resisten. Y poderoso es Dios para suscitarse siervos fieles que cumplan con Su voluntad y sean verdaderamente ministros de justicia.

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