¿Y La Copa?

En el año 1520, el reformador Martín Lutero escribió una de sus obras más importantes, y a su vez menos conocidas, llamada “La cautividad babilónica de la Iglesia”. El libro trataba acerca de los sacramentos, de cómo Roma los había desnaturalizado con sus razonamientos y prácticas, privando así a la Iglesia de las ordenanzas que Cristo mismo instituyó.

Está claro que la idea que transmite el título mismo del libro es dinamita pura. Nos explicamos. La Iglesia papal se precia de que ella no puede conocer una situación de apostasía tal y como la conoció Israel en el Antiguo Testamento, en el Nuevo (Apocalipsis 2,9; 3,9), o incluso la Iglesia del Nuevo Testamento (Apocalipsis 2,16) debido fundamentalmente a dos cosas: El papado, y los sacramentos (principalmente la eucaristía), a los que se considera como unos “signos” o “señales” de por sí eficaces, transmitiendo indefectiblemente lo que significan (ex opere operato). Se considera, de esta manera, que la Iglesia, mientras mantenga el papado y la eucaristía, está “blindada” en contra de caída. El libro de Lutero, pues, señalaba la caída de la Iglesia, simbolizada con la expresión  “cautividad babilónica”, precisamente en lo que se consideraba como garantía de no-caída. No es, por tanto, de extrañar que este libro haya sido ampliamente silenciado durante siglos.

Una de las cosas más importantes que se ha de tener en cuenta a la hora de considerar los sacramentos, es que un sacramento es un signo visible instituido por Cristo mismo. No es la Iglesia quien decide cuántos han de ser, o si se han de añadir nuevos a los que ya existen, sino Cristo. El sacramento, pues, es algo sagrado, y está basado no en la autoridad de los hombres, sino sólo en la de Dios. Y eso recordemos, en la forma misma del sacramento, es decir, en la manera cómo se ha de practicar, porque el sacramento es una “señal” exterior, algo visible.

Acerca de la institución en las Sagradas Escrituras de la Santa Cena, o eucaristía, leemos lo siguiente: “Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos” (Mateo 26,26); y en Marcos 14,23 leemos: “Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos”. En ambos textos, por tanto, nos encontramos con una misma palabra, “todos”. Cristo ordenó a “todos” sus discípulos que bebieran de la copa, y en la noche en la que fue instituida la Santa Cena, “todos” los discípulos bebieron de ella. Y es curioso constatar esta insistencia en la palabra “todos”, que está ausente incluso de la ordenanza de comer del pan. Tampoco se puede sacar mucho de este ausencia, es cierto, a no ser, una vez más, comprobar el deseo de Cristo de que “todos” sus discípulos participaran del signo visible que es la copa. Ella simboliza y representa la sangre de Cristo, vertida en sacrificio expiatorio para la remisión de los pecados de muchos.

Como es sabido, la Iglesia de Roma sólo permite al pueblo, en la eucaristía, participar del pan. La copa está reservada para el ministro, el cual así queda totalmente encumbrado como sacerdote ante la congregación, por cuanto previamente, no lo olvidemos, había en teoría transformado el pan en cuerpo del Señor por las palabras de consagración. El vino, pues, está vedado al pueblo común, que sólo puede asistir como observador a la comunión del ministro.

Evidentemente, esta práctica no se puede basar, para ser autorizada, de las palabras de las Sagradas Escrituras mismas. Es más, como hemos visto, la restricción choca abiertamente contra ellas, las palabras de Cristo que ordenaban que bebieran “todos” de la copa.

Asimismo, la restricción de la copa tiene en su contra la práctica mayoritaria en la Iglesia a lo largo de los siglos, puesto que la comunión de los fieles del pan y del vino se mantuvo hasta el siglo XI y XII. Fue entonces que progresivamente la participación de la copa sería eliminada, lo cual sin duda estuvo ligado a la definición, por aquellas épocas, de la enseñanza llamada de la transubstanciación (el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo), por la teología escolástica de la Edad Media. Y esta restricción progresiva hasta llegar a la prohibición completa no se hizo sin contar con importantes resistencias al interior de la Iglesia misma, como la que tuvo lugar en Centro Europa, a principios del siglo XV, por parte de Juan Huss y sus discípulos.

Pero no sólo eso, la restricción de la copa tiene en su contra el testimonio unánime de la práctica de las iglesias cristianas, excepto claro está la sometida al dictado de Roma. De esta manera, los fieles participan del vino en todas las iglesias protestantes, en las iglesias ortodoxas, ¡e incluso en las iglesias de rito oriental que reconocen la supremacía del papa!

Todo, pues, está en contra de la sola participación de la copa por parte del ministro, teórico sacerdote, tal y como se practica en la Iglesia de Roma: Escritura, tradición y consenso. Para los protestantes, tan sólo la primera, el testimonio de la Escritura, es suficiente para calificar la restricción de la copa a los fieles como una desnaturalización del sacramento. El testimonio de los otros dos, la tradición y el consenso, aunque no sean decisivos, ayudan a dejar más evidente si cabe esta afirmación.

¿Y cuál es el argumento en el que se apoya la Iglesia papal para justificar la restricción de la copa a los fieles? Pues, fundamentalmente, sólo uno: Dado que se participa primero del pan, y que, teóricamente, el pan se convierte en cuerpo de Cristo, entonces ya no es necesario participar de la copa, puesto que el cuerpo de Cristo también incluye su sangre.

La restricción de la copa hecha por la Iglesia de Roma, pues, depende exclusivamente del dogma de la llamada transubstanciación. Este dogma, como su nombre indica (en la utilización de la palabra “substancia” o esencia) no es sino una adaptación para este fin de la filosofía de Aristóteles, hecha por la teología de la Edad Media. De esta manera, según este dogma, la “esencia” del pan en teoría puede ser transformada en la del cuerpo de Cristo, mientras permanecen intactos los “accidentes” sensibles (olor, sabor, color, etc.). Lo cual es, una vez más, una curiosa adaptación de un modo de pensar filosófico, que el mismo Aristóteles, como alguien formado en el “recto uso de la razón”, es mucho de temer, tendría serios problemas para reconocer como válido o sensato.

El juicio que a los protestantes nos merece este dogma está expresado, de manera bastante moderada, en la siguiente declaración de los 39 artículos de la Iglesia de Inglaterra: “La transubstanciación —o la mutación de la substancia— del pan y del vino en la Cena del Señor, no puede probarse por las Santas Escrituras: más bien repugna a las palabras terminantes de los Libros Sagrados, trastorna la naturaleza de sacramento, y ha dado ocasión a muchas supersticiones.”

No obstante, la cuestión de la transubstanciación, por grave e importante que sea, que lo es, tampoco representa el corazón de la restricción de la copa a los fieles. Incluso los ortodoxos orientales reparten la copa. La verdadera cuestión que sale a relucir en este asunto es la siguiente: ¿Puede un razonamiento teológico, 1) hecho por lo tanto por hombres; 2) que utilizan además como instrumento una filosofía proveniente de un pagano, aunque eminente; 3) filosofía que además era ajena al fin que ahora se le da, puede en definitiva un razonamiento tal justificar el hacer lo contrario de lo que las expresas palabras de Cristo mismo instituyeron? ¿Los sacramentos, son instituciones de derecho divino o humano? ¿Cuál es la autoridad última en la Iglesia, la Palabra de Dios, o la de la Iglesia misma? Sólo hay una respuesta válida posible.

A fin de cuentas, ¿por qué no implantar, por el mismo argumento, y en base a la misma autoridad, que el ministro, teórico sacerdote, sólo comulgue el pan? Nos podrá resultar extraño, pero lo será hasta el día que se le ocurra a Roma.

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Jorge Ruiz Ortiz, artículo publicado en En La Calle Recta, nº 207, (julio-agostp 2007), pp. 20-23.

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