La “Piadosa” Sábana Santa de Turín

En nuestra cultura hispánica, tan impregnada de catolicismo romano durante siglos, utilizamos muchas expresiones de las que se ha olvidado su significado preciso. Una de estas son las famosas “mentiras piadosas”, las cuales, en nuestra mentalidad católico-romana, carecen de gravedad. Se hacen con un buen fin, se alega. Con ellas, los niños, o los tontos, son confortados. Creerlas no hace ningún daño a nadie. Bien, pues esta expresión, o más bien su equivalente en latín, pias fraudes, nos la encontramos ya al final de la Edad Media. Pero lo sorprendente es que, en su origen, se trataba más bien de un concepto teológico. De esta manera, el “papa” León X, en su lamentable bula Exurge Domino, condenaba la afirmación de Martín Lutero de que las indulgencias no eran más que, pues eso, pias fraudes. En su Tratado sobre las reliquias, el reformador Juan Calvino las definía como “embustes honestos, para incitar al pueblo a la devoción”. Es curioso constatar que, hoy en día, la idea de pias fraudes ha prácticamente desaparecido de la mente de todos. Sin embargo, tenerla en mente nos podría resultar bien útil para nombrar según qué realidades.

Tomemos, por ejemplo, la llamada “Sábana Santa” de Turín. Literalmente, ¡cuántos ríos de tinta se han vertido sobre ella! ¡Cuántas vidas se han dedicado a la guarda o el estudio de este pedazo de tela, de cuatro metros de largo, por uno de ancho! ¡Cuántos viajes y peregrinaciones ha ella promovido! ¡Y cuántas visitas de reyes, dignatarios y eminencias ha recibido a lo largo de los siglos! Sin embargo, ¿cuáles son los hechos reales acerca de esta sábana? Resumidos al máximo, muy bien podrían ser los siguientes:

1. La “Sábana Santa” aparece por primera vez en la Historia en Francia, nada menos que 1300 años después de la Resurrección de Jesucristo relatada por los evangelios. En abril de 1349, un noble, Geoffroy de Charny, escribe al “papa” Clemente VI acerca de su intención de construir una iglesia en Lirey. Una vez construida, será allí donde, en 1355, aparecerán las primeras exposiciones de la Sábana. Éstas serían inmediatamente prohibidas por el obispo de Troyes, Enrique de Poitiers, tras una investigación en la que descubrió quién pintó el lienzo, y la manera cómo lo hizo. La técnica consistía, según afirmó, en colocar en un bajorrelieve un lienzo mojado, al que luego se le aplicaba un compuesto de aloe y mirra. A pesar de la prohibición, el fraude ya había echado a andar. Geoffroy de Charny moriría al año siguiente.

En 1385, su hijo, Geoffroy II, recurrirá esta prohibición ante el legado del “papa” Clemente VII en la corte del rey Carlos VI de Francia, el cual le concede efectivamente la autorización para exponer el lienzo. Ante ello, el sucesor de Enrique de Poitiers, Pedro d’Arcis, reúne, en 1389, un sínodo en el que se volverá a prohibir, so pena de excomunión, tales exhibiciones. Pedro d’Arcis escribiría al “papa” Clemente VII para pedirle ayuda, relatando en detalle acerca de las investigaciones de su predecesor. Precisa que el origen del lienzo no fue otro que “la pasión de la avaricia” del deán de la iglesia de Lirey, quien buscaba únicamente el enriquecimiento de las ofrendas de los peregrinos. La respuesta del “papa”, sorprendente, no fue sino la de ordenar silencio al obispo. De lo contrario, sería él el excomulgado. No se puede decir que Clemente VII fuera precisamente un juez imparcial, puesto que era primo de Aymon de Ginebra, el segundo marido de Juana de Vergy, viuda de Geoffroy de Charny. La familia… ya se sabe.

2. El Sábana permaneció siendo propiedad de la familia noble de Charny durante décadas, lo cual no gustó ciertamente a los clérigos de Lirey, la iglesia originaria del lienzo. Durante las décadas de 1440 y 1450, la Sábana fue objeto de bastantes procesos legales, e incluso Margarita de Charny fue amenazada en 1457 de excomunión, si no devolvía la Sábana. Cosa que no hizo, y no fue excomulgada. Después de rentables exposiciones en Bélgica, la cedió a Luís I de Saboya, por lo que recibió a cambio un castillo y cuantiosas rentas. Sería el duque de Saboya quien indemnizaría a los de Lirey, y el lienzo fue a parar a la Sainte Chapelle de Chambéry, donde permanecería por muchos años.

Pero nada es eterno debajo el sol. En diciembre de 1532, un incendio daña seriamente el lienzo, y tres años más tarde, las tropas francesas invaden la Saboya. La Sábana emigra entonces, con sus propietarios, a Italia. Tras un recorrido por numerosas ciudades, se instala definitivamente en Turín, en el año 1578. A su llegada, la Sábana es saludada por salvas de la artillería local. No era para menos. La ciudad se iba a convertir en uno de los centros europeos de peregrinaje, al menos de la Europa católica-romana. Por ejemplo, en el año 1606 una multitud de cuarenta mil peregrinos fue a Turín para presenciar la Sábana.

3. En 1898 la Sábana de Turín entró en una nueva fase de su existencia, la fase, digamos, “científica”. En una exposición pública, un fotógrafo aficionado, Secondo Pia, fotografía el lienzo, y al revelar las fotografías advierte que en el negativo la imagen se ve más nítida que en al positivo. Esto echa a volar de nuevo las especulaciones, en una época cuando la Sábana se consideraba como una falsedad históricamente documentada, incluso por historiadores católicos romanos, como el francés Ulysse Chevalier. La popularidad de la Sábana, en la época de los medios de comunicación de masas, se dispara otra vez. En 1931 se celebra la octava exposición pública en Turín, con dos millones de visitantes. En 1978, la visitan tres millones y medio, entre ellos, el futuro “papa”, el entonces Karol Cardenal Woytywa, quien tras su elección, en 1980, visitaría y besaría el lienzo.

Sin embargo, la “comunidad científica” tenía desde décadas un agudo interés por verificar la historia de la Sábana de Turín. De esta manera, en medio de múltiple trabas y condiciones del Vaticano, un prestigioso equipo internacional consiguió hacer unas mediciones del lienzo por medio la técnica del Carbono 14. Los resultados, los siguientes: el origen del lienzo había que situarlo entre los años 1325-1350. Justo cuando, históricamente hablando, la Sábana apareció. Curiosa coincidencia.

A partir de ahí, el discurso del Vaticano es digno de ser comentado. Preguntado durante uno de sus viajes a África, Juan Pablo II afirmó, el 28 de abril de 1989, que “La Iglesia nunca se ha pronunciado en este sentido. Siempre ha dejado la cuestión abierta a todos aquellos que quieran demostrar su autenticidad. Yo creo que es una reliquia.” Bien. A estas palabras, hay que tener en cuenta lo dicho en 1912 por Herbert Thurston, en su artículo de la “Enciclopedia Católica”: “Que la autenticidad de la Sábana de Turín es tomada por cierta en varios pronunciamientos de la Santa Sede, no puede ser disputada. Un Oficio y Misa “de Sancta Sindone” fue antiguamente aprobado por Julio II en la Bula “Romanus Pontifex” del 25 de Abril de 1505.” Tanto este “papa” como su predecesor Sixto IV, consideraban la Sábana como conteniendo el retrato auténtico de Jesucristo mismo. Pese a las apariencias, Juan Pablo II seguía afirmando lo mismo, porque llamaba el lienzo “reliquia” (no confundir con “icono”). ¡Ah, qué maestría para no dar a entender lo que efectivamente se está diciendo!

Bajo estas premisas vaticanas, no es de extrañar el curso posterior de los acontecimientos. A pesar de haber caído en el descrédito científico, la Sábana se ha recuperado milagrosamente. En los años 1998 y 2000 se realizaron sendas exposiciones multitudinarias del lienzo. La próxima ya está programada para el año 2025. Y mientras tanto, el Vaticano no ha dejado de propulsar, por medio de innumerables estudios, publicaciones, etc., etc., un cambio en la opinión pública acerca de la Sábana. Y ciertamente, con el apoyo de los medios de comunicación incondicionales, lo está consiguiendo.

En conclusión, ¿es, pues, la Sábana de Turín una “reliquia”? Ciertamente: reliquia. Diríamos más, reliquia de reliquias. La reliquia por excelencia, de las que, al final de la Edad Media, había por doquier en Europa. Veamos. Junto con la de Chambéry-Turín, existían, y eran venerados como sudarios auténticos de Cristo, los que se encontraban en Besançon, en Compiègne, en Cadouin, en Roma había tres (en la Iglesia de San Juan de Latrán, en la de Santa María la Mayor, y en San Pedro de Vaticano), uno en Andalucía, otro cerca de Lisboa, otro en Milán, otro en Carcasona, otro en Cahors, otro en Mayence, otro en Clermont-en-Auvergne, en Arles, en París, en Chartres, en Champagne, en Aix-la-Chapelle, en la catedral de San Salvador en Oviedo, en Albi… Y todos y cada uno de ellos, según se dijo, y se creyó, fue el que compró José de Arimatea. Y eso eran sólo los sudarios. Después estaban las reliquias de toda la vida y muerte de Jesucristo, la de María, la de todos los santos… ¡Qué exhuberancia! ¡Y luego vendrían “esos reformadores”, incrédulos ellos, diciendo que todas eran pias fraudes! ¡Tamaña desvergüenza!

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Publicado en En la Calle Recta, nº 204 (enero-febrero 2007), pp. 9-12.

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