¿Tradicionalismo En España?

Contemplando el panorama católico romano español actual, que es casi tanto como decir España como país, uno no deja de sorprenderse de que estas palabras acerca de lo hispánico fueran pronunciadas un día: “España, evangelizadora de la unidad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de san Ignacio. Ésta es nuestra grandeza y nuestra unidad. No tenemos otra”. Con esta altilocuencia, Marcelino Menéndez y Pelayo (uno de los mayores intelectuales españoles de finales del siglo XIX) expresaba lo que era el lema de las elites conservadores frente al liberalismo filosófico y político emanado de la Revolución Francesa: la identidad española es, en una palabra, la Contrarreforma.

Esta idea lleva consigo toda una serie de conceptos que pueden ser vistos como el corazón del pensamiento conservador español o tradicionalismo: según ella,

1) lo hispánico se define, en el fondo, por la oposición al protestantismo, mientras que éste último es amalgamado al liberalismo;

2) el catolicismo romano, gracias a su magisterio cuya cabeza es el papa, sería intrínsecamente superior al protestantismo, puesto que su propia estructura magisterial proporcionaría una base objetiva a la fe e impediría el germen de las ideas liberales (el protestantismo, de este modo, sólo sería visto como la reivindicación de la conciencia individual frente al magisterio de la Iglesia);

3) España optó en el siglo XVI por la fidelidad a Roma (lo que hoy se conoce por “hacer una apuesta histórica”) y ahora, por dignidad nacional, no puede volverse atrás, aunque con el tiempo haya visto perder su hegemonía mundial a favor de las naciones protestantes, en especial las anglosajonas…

Las palabras de Menéndez y Pelayo fueron dichas al principio de la década de 1880, cuando España todavía mantenía sus eximios restos de su otrora imperio sobre el que no se ponía el sol. Todavía había lugar para la altilocuencia. Pero cuando vino la pérdida en 1898 de las últimas colonias españolas a manos de los Estados Unidos, el país se vio sumido en un gran vacío espiritual, bien reflejado por los intelectuales de la llamada Generación del 98. La España tradicional, imperial, se había hundido y se tenían que encontrar las causas.

El autor seguramente menos conocido de esta generación, y tal vez el que expuso de manera más serena y certera estas causas, fue el periodista Ramiro de Maeztu. La empresa de América fue, según él, demasiado grande para España, demasiado vasta y, a la postre, arruinó el país. Sin embargo, Ramiro de Maeztu, siendo corresponsal de guerra durante la I Guerra Mundial, tuvo una experiencia espiritual que le hizo volver al catolicismo romano, para, en adelante, proclamar con renovada fuera los valores hispánicos tradicionales. Para el Maeztu posterior, toda la cultura e historia de España se definían por su íntima identidad con el catolicismo romano y por su servicio al mismo, lo cual hacía extensible también a Hispanoamérica. Maeztu propugnó así la restauración de la unidad panhispánica y el desarrollo de un bloque transatlántico católico tradicional para proteger el mundo hispánico tanto del liberalismo como del comunismo.

Durante el segundo tercio del siglo XX, esta particular idea se iba a prolongar, de distintas formas, a ambas orillas del Atlántico. Los valores tradicionales hispánicos y la unidad panhispánica se invocaban no sólo en contra del liberalismo o el comunismo, sino también contra una Europa que en la Paz de Westfalia (1648) había permitido la existencia de las naciones protestantes, quebrando la unidad medieval en torno al emperador y al papa. De esta manera, España y el mundo hispánico se erguían como herederos de la idea del Sacro Imperio Romano Germánico. De ahí proviene la expresión de “el Imperio” acuñada por el régimen de Franco, en especial durante su primera etapa después de la victoria en la Guerra Civil (1636-39).

La idea del catolicismo hispánico sería también invocada por autores americanos mismos, como por ejemplo el jesuita argentino Julio Meinveille, para contrarrestar el avance de las ideas de la “nueva Cristiandad” del filósofo francés Jacques Maritain (que propugnaba la asunción por parte de catolicismo romano de la realidad de las modernas sociedades liberales). Sin embargo, por aquellas ironías del destino, fueron precisamente las ideas de Maritain las que iban a marcar definitivamente a los participantes en el concilio Vaticano II.

La aplicación de Vaticano ha supuesto, sin duda alguna, el desmantelamiento del discurso y las formas tradicionalistas en la Iglesia católico romana española, los cuales, desde un punto de vista oficial, han pasado a la historia. Esta aplicación, instada desde Roma en especial por medio de la nominación de obispos, coincidió en el tiempo con la rebelión del clero joven, una expresión más de la cultura de Mayo del 68 que en España adoptó un carácter de marcada oposición izquierdista al régimen. En los últimos años de Franco, se produjo asimismo un endurecimiento de Roma en las negociaciones sobre la renovación del Concordato de 1953 (el que permitió al España salir del aislamiento internacional) que ponía el régimen en una situación muy delicada, presionado por la cabeza y las bases de la Iglesia en la que se había apoyado inicialmente y a la que había servido.

Es seguramente desde esta perspectiva que deba comprenderse la renuncia del actual rey en 1976 al derecho de presentación de obispos que la corona española había mantenido durante 500 años. Que se entienda el gesto si se quiere como una muestra de magnanimidad, desinterés o de convicciones liberales, pero lo cierto es que con él el catolicismo romano deja de tener una orientación nacional o hispánica y la Iglesia católica en España pasa a ser totalmente romana.

Todo esto nos ayuda a comprender la más que llamativa ausencia de resistencias relevantes en España a la prolongación y aplicación del Vaticano II, máxime teniendo en cuenta que el episcopado español fue uno de los más conservadores durante el concilio. En otros países, estas resistencias se han llevado a cabo bajo el caballo de batalla de la liturgia (a raíz de la reforma de 1969 que abolía el rito vigente desde el concilio de Trento) pero en le fondo se levantaban contra todo lo que en Vaticano II se hallaba en ruptura con la tradición de la Iglesia (las relaciones Iglesia-Estado o la supremacía del magisterio actual de la Iglesia por encima de la tradición, por ejemplo).

La más importante de estas resistencias fue el cisma de 1988, cuando el arzobispo francés Marcel Lefebvre ordenó a cuatro obispos sin la autorización de papa Juan Pablo II. El papa se vio obligado así a conceder un amplio indulto a la celebración de las misas tradicionales, que serían impulsadas en especial por una orden nacida inmediatamente después del cisma de Lefebvre, la Fraternidad San Pedro. De estga manera, las misas según el rito tradicional no sólo perduran en el siglo XXI sino que cada vez se celebran en más lugares del mundo. [1] Por ejemplo, la Fraternidad San Pedro celebra misas tradicionales en 17 parroquias de Francia, sin contar los 238 lugares que la Fraternidad San Pío X (la orden cismática fundada por Lefebvre) tiene en dicho país. Las comparaciones con España son bien significativas: las misas tridentinas tan sólo pueden ser oídas en dos lugares en todo el país… ¡e incluso se celebran más misas según el antiguo rito mozárabe!

El tradicionalismo, el de fuera de España, se ha convertido en un dossier abierto para Roma de proporciones considerables. Las ideas tradicionalistas tienen una sólida implantación en Francia y en Estados Unidos, el tercer país católico del mundo, y se extienden con fuerza en las zonas de mayor crecimiento católico romano, África y Asia. Según estimaciones, al menos unos cien obispos están implicados, en diversos grados, en la corriente tradicionalista en el seno de la Iglesia católica romana.

Asimismo, la Fraternidad San Pío X se ha convertido en todo un test en cuanto a la flexibilidad de Roma de cara al diálogo ecuménico, especialmente con respecto a la Iglesia ortodoxa. [2] Parece claro, pues, que en un futuro no muy lejano se hará necesaria una revisión de los contenidos más problemáticos de Vaticano II.

A todo esto, la Iglesia católica romana en España se encuentra bien fuera de juego, como por otra parte no ha dejado de estarlo durante la mayor parte del siglo XX, aunque por diferentes motivos. Su última “apuesta histórica”, hacernos olvidar a todos que ha existido el pasado, es de tal calado que muy bien puede suponer sacrificios muchísimos mayores que la del siglo XVI. El gran problema es que con ella se ha participado, sea por connivencia o por conveniencia, en el mayor y más rápido derrumbamiento moral y espiritual de toda la historia de España. Algunos datos: actualmente, el 40% de los matrimonios en España acaba en divorcio, se practican anualmente en España 70.000 abortos (600.000 en los últimos 10 años) y el 66% de los españoles está a favor del matrimonio de los homosexuales. [3]

Ésta es, pues, aproximadamente, la realidad de España, que es casi tanto como decir de la Iglesia católica romana española. Ante esta realidad, su predicación y mensaje tiene un asombroso parecido al liberalismo protestante, que tanto ha criticado en la historia, y muchas veces con razón. Pero su responsabilidad es todavía mayor, puesto que como herencia del pasado, la Iglesia católica romana ha podido hacer frente a esta realidad, o prevenirla, en una situación privilegiada, prácticamente en exclusiva en el panorama religioso y la vida pública del país, con sus impresionantes recursos en educación y medios de comunicación, sobretodo.

Luego cabe ciertamente preguntarse si las sucesivas “apuestas históricas” de España por la fidelidad a Roma han sido la decisión correcta y verdadera, o bien si ellas no han sumido al país en una decrepitud espiritual completa.

[1] Hay que tener en cuenta que los siguientes datos son del año 2004

[2] El tiempo ha confirmado lo que escribimos. En el año 2007, Benedicto XVI en su motu propio Summorum Pontificurom autorizaba de nuevo la celebración de la misa tradicional tridentina. A esto hay que sumar el levantamiento de la excomunión a los obispos ordenados por Lefebvre, en enero 2009.

[3] De nuevo, los datos son del 2004. La evolución en la actualidad es dramática.

Según datos del Instituto de Política Familiar, en 2008 (tres años después de la entrada de la ley de “divorcio exprés”) ya había tres divorcios por cada cuatro matrimonios.

En el 2007, ya se habían superado los 110.000 abortos anuales, datos que se pueden disparar con la nueva ley sobre el aborto aprobada por el Gobierno, que permite a las adolescentes abortar sin ni siquiera el conocimiento de sus padres.

Desde 2005, está vigente el “matrimonio” homosexual con derecho a adopción.

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Artículo escrito en En la Calle Recta, nº 193 (marzo-abril 2005), pp. 20-23

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