Los Evangélicos y El Aggiornamento (4)

Parte 3

Perspectivas especialmente interesantes

Como ya hemos afirmado, estas dos últimas observaciones no tienen como objeto cuestionar el valor del libro de De Chirico. No pueden hacerlo. Su obra es sabia, tanto en su percepción de la naturaleza del catolicismo romano como también en su apreciación de las dificultades que experimenta la teología evangélica a la hora de comprender este sistema de creencias. El mundo evangélico contemporáneo, pues, hará bien en considerar debidamente todas sus apreciaciones, para lo cual sería necesario un tratamiento académico más pormenorizado de su estudio.

Por nuestra parte, en relación con lo que nos ocupa en este artículo, es decir, el momento en el que se encuentra actualmente la teología evangélica, quisiéramos resaltar tres perspectivas de su obra que nos parecen particularmente interesantes.

1) En primer lugar, estudiar el catolicismo romano desde una perspectiva evangélica implica, como paso previo, la definición de lo que es ser evangélico, lo cual De Chirico trata de manera breve pero muy acertada (pp. 34-36). Según el autor, “el evangelicismo puede ser correctamente asociado con las doctrinas articuladas en la tradición occidental, de la teología de la Reforma y de los avivamientos” (p. 34). Teología de la Reforma y espiritualidad de los avivamientos: esta sería, según De Chirico, la esencia del “evangelicismo”. El autor avala la definición que sintetiza la posición evangélica fundamental en los cinco puntos siguientes: 1) la autoridad de la Biblia; 2) la historicidad de la obra de salvación de la Escritura; 3) la salvación por la fe (confianza en Cristo; ) la importancia de la evangelización y las misiones, y, finalmente, 5) una vida transformada espiritualmente. He aquí, pues, una definición sencilla y clara por la cual podemos juzgar todo lo que, en el mundo evangélico, hoy en día se presenta o considera como evangélico.

2) El segundo interés particular de la obra de De Chirico es la reconstrucción que se puede hacer, a partir del contenido de sus páginas, de las aproximaciones de los evangélicos a Roma a partir de Vaticano II. En efecto, es todo un espectáculo contemplar cómo, a partir de este concilio, la Iglesia católica romana ha llegado a neutralizar en buena medida la antigua oposición teológica del mundo evangélico.

a) Un ejemplo significativo. En la década de los 50, el teólogo reformado neerlandés Gerrit Berkouwer se había significado por su posición inequívoca frente al catolicismo romano, evidente ya en el titulo de su libro El conflicto con Roma. Pues bien, resulta que Berkouwer fue el único teólogo evangélico invitado por Juan XXIII para asistir al Vaticano II como observador del Concilio. Una medida, sin duda, de una gran audacia y que, a la postre, se reveló extremadamente rentable. Cuando el cónclave estaba aún por concluir, Berkouwer escribiría un nuevo libro (El concilio Vaticano II y el nuevo catolicismo) en el que se señalaban las nuevas oportunidades ecuménicas abiertas por el Concilio.

b) Esta neutralización católica romana de la posición evangélica se ha efectuado, en términos más generales, por vía de la aplicación de la agenda fijada por el Concilio Vaticano II. Convendría, en este sentido, que los evangélicos dejemos de subestimar a la Iglesia católica romana y que comencemos a reconocer la importancia que ella tiene, dada la magnitud de la institución, en la creación y/o modificación de la cultura ambiente en que nos movemos, aquellos que los alemanes han dado en llamar “el espíritu del tiempo”. Creemos que se puede afirmar que la Iglesia católica romana puede ser descrita como una institución que no está en el origen de ninguna realidad, pero que una vez que asume realidades ya existentes, las universaliza, de modo que parezcan como algo que siempre ha sido, es y será (de manera análoga a su teoría de la evolución del dogma, por ejemplo).

Vaticano II es un caso históricamente interesantísimo, en el que vemos cómo la Iglesia católica romana previó en buena medida el curso que iba a tomar la Historia en el último tercio del siglo XX y se adelantó al mismo con una serie de medidas cruciales. En particular Vaticano II, frente a un mundo en el que el cristianismo había dejado de ser la fuerza dominante, propulsó al mismo tiempo tanto el diálogo ecuménico e interreligioso, por un lado, como el auge misionero, por otro. La combinación de ambos impulsos se ha mostrado de una eficacia total. La fijación de esta agenda, en la que el elemento misionero tiene tanta importancia, tuvo su contrapartida evangélica en el llamado Movimiento de Lausana y el Congreso para la Evangelización Mundial de 1974, todo ello respaldado a su vez con la encíclica de Pablo VI Evangelio Nutiandi de 1975. De esta manera, en el nuevo clima de diálogo ecuménico traído por Vaticano II, los evangélicos y el catolicismo romano encontraron un nuevo “terreno en común” en el que encontrarse y hablar: la evangelización y las misiones. Y fue así, precisamente, cómo se gestó el documento de El diálogo evangélico-católico romano acerca de la misión, en el que, por otra parte, participó otro influyente evangélico que pocos años antes se había destacado por su actitud en modo alguno ambigua ante el catolicismo romano, el conocido teólogo y pastor anglicano John Stott.

Parte 5

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