Los Evangélicos y El Aggiornamento (1)

No es exagerado afirmar que, dentro y fuera de nuestras fronteras, el mundo evangélico contemporáneo se encuentra en un momento crucial de su historia. Esta última generación ha sido y está siendo artífice de toda una serie de transformaciones sin precedentes, que están dando como resultado algo nunca del todo conseguido pero que cada vez está más cerca de alcanzarse: la transformación radical de la identidad evangélica. En efecto, la identidad evangélica está sufriendo una erosión continuada en todos los órdenes, algo que se hace evidente con los últimos y descarados ataques al corazón de la Reforma –la justificación por la fe sola– surgidos o amplificados desde nuestras mismas filas evangélicas. Por otra parte, estas transformaciones se han puesto muy de manifiesto en el culto público y comunitario a Dios. Por lo general, ya se da por asumido el cambio de culto como una necesaria adaptación a nuestra época, aunque es por otra parte cierto que éste se ha realizado sin reparar lo suficiente en el hecho de que los cambios no sólo son, como insisten los que los propugnan, meramente culturales, sino también de espiritualidad, de aspiraciones como grupo humano y, en última instancia, de doctrina.

A todo esto, cabe preguntarse si sería lícito denominar tales transformaciones como nuestro particular aggiornamento evangélico.He aquí una pregunta ciertamente poco corriente, pero que creemos necesario plantearse. Uno puede preguntarse, aun, si no serán todos estos cambios una consecuencia más del aggiornamento de la Iglesia católica-romana, adoptado oficialmente en el concilio Vaticano II. Desde el punto de vista católico-romano, sin duda alguna. Desde una perspectiva evangélica, admitirlo ya es más difícil. Sea como fuere, el hecho es que precisamente a partir del concilio de la adaptación de la Iglesia católica romana a la sociedad y cultura contemporáneas, la llamada modernidad (o mejor dicho, tras el hecho de asumirla, de tomarla par sí), el mundo evangélico se encuentra en un proceso análogo, y seguramente mucho más radical, de “puesta al día” en todos los órdenes. ¿Mera coincidencia en le tiempo?

Uno de los terrenos en el que actualmente se percibe una trasformación más profunda entre los evangélicos es el del cambio de actitud con respecto, precisamente, a la Iglesia católica romana. Lo vemos todos los días, y no es necesario referirse a las cabezas pensantes del protestantismo o a sus ejecutivos oficiales, sino que es algo que ya ha transcendido y lo encontramos a diario en los creyentes de base. Lo cierto es que nuestra firme posición evangélica de antaño se ha llenado de matices (“la Iglesia católica es muy diversa”, “en ella te encuentras de todo”, “conozco a curas que no están por las imágenes”, “hay creyentes sinceros” o aun “nacidos de nuevo”). La Iglesia católica romana, pues, ya no nos parece una realidad del todo inadmisible, lo cual, por otra parte, significa también que nos parece en parte aceptable.

Todo ello cobra un sentido interesante cuando pensamos que, anteriormente, en Vaticano II, también la Iglesia católica romana reconoció oficialmente como iglesias a los cuerpos eclesiásticos que, aunque fuera de la obediencia de Roma, reconocen la eucaristía y mantienen el sistema de gobierno episcopal. Al hacerlo, la Iglesia católica romana ponía, por distintas razones, la pelota sobre el tejado de las iglesias anglicanas, luteranas y ortodoxas. En cuanto a los evangélicos, no nos llamemos a engaño, tan sólo se nos reconoce a título de “comunidades eclesiásticas”, que no iglesias. Tal vez se considere esta apertura terminológica como la prueba más evidente de que la iglesia católica romana, tras siglos de intransigencia cerril, ha cambiado. De esta manera, se puede argumentar fácilmente que no estar hoy por el llamado “diálogo ecuménico” sería por nuestra parte algo comparable a aquella antigua intransigencia suya, lo cual, ya se sabe, todo evangélico debe evitar a toda costa. Sin embargo, lo único que la iglesia católica romana ha hecho en Vaticano II es declarar doctrinalmente lo que en la práctica ha admitido toda la vida, al reconocer el bautismo que había sido administrado fuera de sus fronteras eclesiales. Aunque en el fondo sea ilusorio, este supuesto cambio sirve como base a nuestro diálogo con la Iglesia católica romana. Pocas veces Roma habrá obtenido tanto a cambio de tan poco. Aún hoy, frente a Roma, los evangélicos seguimos manteniendo, en principio, nuestra apologética tradicional, rechazando los puntos considerados intolerables del catolicismo romano (mariolatría, culto de santos, etc.). Pero si empezamos a escarbar en la actualidad de nuestras iglesias, nos daremos cuenta (¿horrorizados?) de que aun “la Virgen” no impide a nuestros coros ir a cantar a sus basílicas, o a nuestras iglesias repartir “material evangelístico” que se distribuya junto con estampas de su imagen. ¿No están cambiando, mucho y muy rápido, las cosas en nuestro mundo evangélico?

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Artículo publicado en Nueva Reforma, nº 68 (enero-marzo 2005), pp. 6-12.

Parte 2

Un Comentario

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