¿Contextualización o Reforma?

Aparte de la magistral exposición histórica del desarrollo de la ecclesiola en el protestantismo, lo verdaderamente extraordinario en las conferencias de Lloyd-Jones fue lo expuesto a modo de conclusión (NR, nº 76, pp. 24-26, bajo la rúbrica “Cuestiones apremiantes”). Lloyd-Jones desciende de la formación de “conventículos” al terreno de los principios fundamentales. Si por razones históricas, por tanto circunstanciales y contingentes, podemos creernos en buena medida ajenos a la cuestión de las ecclesiola, en el fondo, las cuestiones fundamentales que salen a relucir, nos afectan de lleno. En realidad, estamos inmersos en ellas.

Veámoslo de esta manera. Tras hacer la definición de ecclesiola, Lloyd-Jones añade la siguiente consideración: “Se concebía en términos de iglesia local e iglesias locales. No era un movimiento, sino algo que debía suceder en iglesias locales e individuales” (NR, nº 75, p. 18).

Por el contrario, hablando del puritanismo, Lloyd-Jones afirma que “nació como un movimiento, un espíritu, una influencia, pero no en términos de la idea de una ecclesiola. Era una escuela de pensamiento, no era siquiera una sociedad o grupo definido” (NR, nº 75, p. 23). Y poco más adelante añade: “Nunca se propusieron de manera consciente establecer estas “pequeñas iglesias en el seno de la Iglesia”; ciertamente su principal objetivo era influir en toda la Iglesia de Inglaterra y proseguir con la reforma que consideraban que se había estancado en lugar de continuar y llegar a completarse”.

Tenemos, por tanto, dos modelos frente a frente:

1) por un lado, las ecclesiola, que piensan sólo en términos de iglesia local, haciendo hincapié en la piedad en detrimento de la doctrina, y que permanecen en el seno de la gran iglesia nacional, sin organizarse como iglesias independientes, puesto que esperaban llegar a ser una especie de “levadura” que influyera a todo el resto;

2) por otro lado, el puritanismo, que es un “movimiento” con una vocación más general, que se constituye en iglesias independientes en base a sus propios principios esenciales, con un fuerte acento en lo doctrinal pero sin olvidar el mensaje de salvación y la vida cristiana, y que desde afuera espera poder influir en la gran Iglesia señalándole el camino inequívoco de la Reforma.

Una vez se ha visto esto, hay que hacerse la pregunta: ¿cuál de los dos fue el modelo seguido por la Reforma del siglo XVI frente a la Iglesia católica medieval? Es evidente que sólo una respuesta es la correcta. Por supuesto: la segunda.

Por tanto, la primera “cuestión apremiante” de Lloyd-Jones apunta precisamente que la noción de ecclesiola invalida la Reforma misma. Desde la perspectiva de la ecclesiola, la Reforma era superflua e innecesaria. Calvino mismo admitía la existía la existencia de verdaderas iglesias locales dentro de la Iglesia católica-romana.[1] Por lo tanto, el dilema de la Reforma era la iglesia en global, su conjunto: la iglesia romanista, en su conjunto, se había convertido en una iglesia falsa, principalmente por la perversión de la Palabra de Dios y del ministerio cristiano, y era en su conjunto que debía ser reformada. Las soluciones parciales, los parches al estilo ecclesiola, no valían –ni valen– puesto que lo primordial era –y es– guardar pura el conjunto de la verdad de Dios, así como reivindicar los derechos del Señor sobre su iglesia.

Pero hay más. La última “cuestión apremiante”, de extraordinaria importancia, está planteada por Lloyd-Jones bajo la forma de pregunta: “¿Partimos de la situación existente e intentamos alcanzar las mejores modificaciones posibles por medio del ajuste y el acomodo… O, en lugar de eso, empezamos por preguntarnos: “En qué consiste la enseñanza del Nuevo Testamento?” La cuestión última, por tanto, es la de reconocer qué es lo normativo, y qué es lo que se tiene que adaptar: o la cultura y la Iglesia, o la Palabra de Dios. La primera de las opciones tiene actualmente nombre, a saber, “contextualización”, que no es sino la adaptación en nuestros territorios de otra expresión más de corte romanista, la de “inculturación”. Se puede defender estos conceptos por medio de los elaborados y atractivos argumentos que se quiera, pero invariablemente esta mentalidad excluye que una palabra de afuera, la Palabra de Dios, transcendente y soberana, venga a una cultura, o a la iglesia, en una situación dada a decirle cómo tiene que ser. Más bien, si se acepta la Palabra, sólo será de manera inmanente e interior a nosotros, y por lo tanto manteniendo nosotros el control, decidiendo el cómo y en qué grado de todas las cosas.

Hay que decir que el discurso acerca de la “contextualización” es el dominante en el mundo evangélico español, sobretodo en lo que se refiere a la evangelización y a la forma de la Iglesia en una cultura dada. Un pequeño ejemplo de muestra, verdadera piedra de toque en cuanto a nuestra actitud hacia la cultura ambiente: la enseñanza acerca del velo femenino (1 Corintios 11:2-16). El grave problema de este paradigma interpretativo de las Escrituras y de la realidad que es la “contextualización”, es que no toma debidamente en cuenta que, en su origen, proviene del romanismo, y que, por añadidura, conduce a Roma. Proviene, por cuanto concibe la Iglesia especialmente en términos de “encarnación”. Mucho hay, sin duda, que hablar en este sentido, por lo que no es ahora el momento de hacerlo. Sólo decir que defender un modo de acción de la Iglesia en el mundo en base a la relación de las naturalezas divina y humana en la persona de Cristo, como a veces se escucha (por ejemplo, en relación con la obra social de la Iglesia) es un modo de pensar, en esencia, romanista.

Conduce, asimismo, a Roma. Sobretodo en un país como España, culturalmente moldeado por el romanismo de manera tan profunda, que ni nos damos cuenta de ello. Ni siquiera nosotros, los evangélicos, nos percatamos cuánto de nuestra identidad y manera de ser proviene de él. Y por lo tanto, cuánto de nosotros mismos necesita reforma bíblica. Lo mismo en cuanto a la cultura del país. Hasta aquellos que, en apariencia, se muestran, o nos parecen, más hostiles al romanismo (como se alega, en su versión “imperial” o “nacional-católica”)  pueden ser, en el fondo, una variante del mismo. Extraño laberinto, sin duda, el romanismo en España. El cual sólo puede ser superado adoptando una mentalidad bíblica integral.

Se mire como se mire, pues, el discurso de la “contextualización” lo único que hace es alejar la Reforma de nuestro país.

Por último, el gran genio de Lloyd-Jones en esta conferencia estriba no es sólo en saber poner de manifiesto las cuestiones fundamentales a partir de una cuestión particular, como las ecclesiola, sino también la de poder ver con agudeza a dónde ésta conduce. Es la agudeza teológica del pastor que ante una doctrina determinada simplemente se pregunta: “¿para qué sirve esto, y a qué conduce?” Se trata de sus reflexiones en el último párrafo de su artículo. Lloyd-Jones percibe, pues, claramente, que la “Ecclesiola in Ecclesia” constituye para los protestantes todo un paradigma para construir la unidad de las distintas iglesias cristianas. Podemos intentar prolongar todavía esta idea. Fomentar, en primer lugar, la unidad entre las distintas denominaciones evangélicas. ¿Cómo? En principio, a un nivel meramente institucional, una unidad concebida como algo meramente humano, de orden eminentemente administrativo, aunque no necesariamente tan sólo ante el Estado [por cierto, ¿les suena de algo?]; una unidad institucional como Iglesia, en suma, que reconozca como prioridad inviolable la congregación local por encima del conjunto, y que, por lo tanto, admita de esta manera un pluralismo doctrinal y de práctica entre sus filas. Una vez esto se consigue, la unidad con Roma está a un paso. Sobretodo si se ha conseguido que pensemos en la iglesia en sus mismos términos.

Muy difícil será, por tanto, que, a la corta o a la larga, en el conjunto del país o en sus “partes”, veamos la plasmación de todo esto en la práctica… A no ser que proclamemos con fuerza la Reforma como un deber ineludible para todo aquel que se declare hijo de la misma. Aun más, para toda iglesia y todo aquel que lleve el nombre de cristiano.

____________

[1] Institución de la religión cristiana, IV.II.12, vol. 2, (Rijswik : FELIRE, 1994), p. 836, llega incluso a conceder, no sólo que en la Iglesia papista continúan « reliquias » de Iglesia sino que incluso en ella existen Iglesias particulares o locales. Lo en estos mismos términos: « Cuando nosotros rehusamos simplemente atribuir a los papistas el título de Iglesia, no negamos en absoluto que haya entre ellos algunas iglesias; sino que únicamente discutimos por el verdadero y legítimo estado de Iglesia, que lleva consigo comunión tanto en doctrina como en todo lo que pertenece a la profesión de nuestra religión cristiana»; cf. también Respuesta al cardenal Sadoleto, (Rijswik : FELIRE, 1990), p. 47.

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