La Otra Iglesia Invisible: Ecclesiola in Ecclesia

En los números 75 y 76 de la revista Nueva Reforma se publicaron las conferencias dadas por Dr. Martin Lloyd Jones en Puritan and Westminster Conference, de 1965, acerca de las llamadas ecclesiola in ecclesia. En su día hicimos una recensión de tales conferencias y seguimos pensando que es un fenómeno sobre el que hay que meditar, puesto que sin duda está marcando el rostro, el desarrollo y la orientación del protestantismo español.

Las ecclesiola in ecclesia también son conocidas como “conventículos”, palabra que en español tiene un marcada connotación peyorativa, de reunión ilícita, lo cual no necesariamente está presente en su equivalente inglesa “conventicle”. Como su propio nombre indica, la ecclesiola se refiere a la formación de un grupo eclesial en el interior de la propia Iglesia. Tradicionalmente, ellas han sido la expresión del pietismo y se han desarrollado hasta convertirse en un rasgo característico del protestantismo –aunque no de manera exclusiva, puesto que también están presentes en el romanismo; cf. los llamados movimientos eclesiales tales como Opus Dei, Legionarios de Cristo, Movimiento Neo-Catecumenal, etc.–. La justificación de la ecclesiola normalmente ha sido la existencia de núcleos de verdaderos creyentes en el seno de grandes iglesias multitudinistas (de multitudes). Ha sido sobretodo en la tradición luterana y en la anglicana que ellas han proliferado.

En principio, se podría creer que el fenómeno de las ecclesiola, tal y como las ha descrito Lloyd-Jones, nos es ajeno a nosotros, protestantes españoles, por la simple razón de que en España fracasó la Reforma del siglo XVI. Nuestro protestantismo es fruto de la llamada Segunda Reforma española del siglo XIX, por lo tanto, no ha conocido el “protestantismo sociológico” existente en los países de tradición protestante. Asimismo, las iglesias locales, en términos generales, se asemejan bastante al modelo neo-testamentario de asambleas de creyentes. No obstante, la realidad es que se puede decir que las ecclesiola también están presentes –y en gran manera– en nuestro contexto, aunque sea en formas distintas.

a) Por medio de distintas organizaciones para-eclesiales, por ejemplo las destinadas a la evangelización. El principio de dichas organizaciones es muy a menudo inter-denominacional, lo cual conlleva relativizar las ya existentes y sus principios doctrinales distintivos. Asimismo, en el caso de que haya convertidos por su ministerio, el convertido la mayoría de las veces se integrará en una iglesia, cierto, pero lo más normal es que además vaya a ser discipulado por la misma organización. Lo cual tiende a producir en el convertido la idea de que la verdadera iglesia es la organización con la que se sigue reuniendo, y que su iglesia local es – y por extensión todas las restantes – algo circunstancial, mero tradicionalismo y formalismo, y, por consiguiente, en último extremo, prescindible.

b) Por medio de la organización de la iglesia por medio de “células”. Evidentemente, estamos hablando de un principio altamente aceptado y practicado en el mundo evangélico actual. Se presenta como razones para una tal división de la iglesia por grupos la necesidad, en iglesias grandes, de intensificar la comunión por medio de un grupo más reducido de creyentes, así como el de ser más apropiado en nuestros días para la evangelización. No negamos que ambas razones puedan llegar a ser válidas, aunque sí afirmamos que tales reuniones no deberían llevarse a cabo a no ser bajo la dirección directa de los pastores o ancianos de la iglesia local. De otra manera, se estará cuestionando precisamente la autoridad espiritual del Consejo, que es el órgano de gobierno de la iglesia instituido por Dios en Su Palabra. Bastantes divisiones de iglesia en nuestro país se habrían evitado si se hubiera observado este principio elemental. Asimismo, en el caso de que se dé alguna conversión en la “célula”, si ésta no es dirigida por un pastor o anciano, tarde o temprano se tendrá que hacer frente a la dificultad para integrarla en la iglesia local, cosa que muchas veces no se conseguirá, e incluso si se hace se correrá el riesgo de que se produzca el mismo problema de “división de fidelidades” que hemos visto al hablar de las organizaciones para-eclesiales. El problema en todo esto no es únicamente que perjudique a la iglesia como tal – que lo hace – sino que también hay que pensar en el daño espiritual que generará a los convertidos, lo cual que hay que evitar.

Sea como fuere, la iglesia en “células” ha sido admitida por razones eminentemente pragmáticas. Incluso se ha hecho sin apenas considerar que la misma terminología, “células”, se inspira directamente de los grupos de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, o de la organización del Partido Comunista durante el franquismo. Estos grupos adoptaron esta forma de organización por razones evidentes. La dispersión favorecía la operatividad, a la vez que difuminaba a la organización y sus responsables. Actuaba, sí, pero sin una forma visible. Invariablemente, pues, iglesia en “células” significa iglesia en la clandestinidad. Lo cual es un contrasentido en un contexto de libertad. Es una renuncia a cumplir el mandato del Señor de evangelizar a todas las naciones (Mateo 28,19-20). Asimismo, es menoscabar el papel central de la pública adoración al Señor en la Biblia y de la predicación de la Palabra de Dios. Por consiguiente, también, la del ministerio pastoral. Todo lo cual cambia drástica cuando la gloria del Señor pasa a ser nuestra preocupación y anhelo primordiales.

Como Lloyd-Jones pone de manifiesto, la tradición verdaderamente reformada se ha manifestado contraria a las ecclesiola: ni Zwinglio, ni Calvino, ni los puritanos las pusieron en práctica ni las apoyaron. De hecho, el Directorio para el Culto Familiar, de la Asamblea de Westminster puede ser considerado, en buena medida, como un cortafuegos en contra del desarrollo de los “conventículos” en las congregaciones. Léase, sino, las siguientes palabras a la luz de todo lo que hemos venido considerando:

V. Que a ningún holgazán, que no tiene un llamamiento particular, o una persona errática bajo pretexto de haber sido llamada, se le permita cumplir el culto en las familias, y para las mismas; ya que hay personas que, contaminadas con errores, o que procuran hacer divisiones, están preparadas (de esta manera) para meterse en las casas, y llevar cautivas a almas necias e inestables.

VI. En el culto familiar, se ha de tener especial cuidado de que cada familia se mantenga en sus propios límites; sin andar demandando, invitando, ni admitiendo a personas de otras familias, a no ser que se alojen con ellas, o coman juntas, o que estén con ellos por alguna razón legítima.

VII. Cualesquiera que hayan sido los efectos y frutos de las reuniones entre personas de diferentes familias en los tiempos de corrupción o tribulación (en los que son admisibles muchas cosas que, en otras circunstancias, no lo serían), sin embargo, cuando Dios nos ha bendecido con paz y pureza del evangelio, tales encuentros de personas de distintas familias (excepto en los casos mencionados en estas Instrucciones) tienen que ser desautorizados, porque tienden a obstaculizar el ejercicio religioso de cada familia por sí misma, al perjuicio del ministerio público, al desgarro de las congregaciones y, con el paso del tiempo, de toda la iglesia. Además, muchas ofensas pueden venir por ello, para el endurecimiento de los corazones de los hombres carnales y el dolor de los piadosos.

Decididamente, pues, hay algo esencialmente chocante en el espíritu de las ecclesiola y el de la Reforma. En el próximo artículo (mañana) intentaremos ponerlo de manifiesto.

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