Isaías 1:10-20 Adoración e Iniquidad

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10 Oíd la palabra de Jehová, príncipes de Sodoma; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra.

11 ¿Para qué a mí, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de animales gruesos; no deseo sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.

12 Cuando venís a ver mi rostro, ¿quién demandó esto de vuestras manos, hollar mis atrios?

13 No volváis a traer ofrenda de vanidad; el incienso, él [es] abominación para mí; luna nueva y sábado, el convocar asambleas; no puedo sufrir iniquidad y solemnidades.

14 Vuestras lunas nuevas y vuestras solemnidades aborrece mi alma; me son por carga; cansado estoy de soportar[las].

15 Cuando extendiereis vuestras manos, [yo] esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multiplicareis la oración, [yo] no oiré; llenas están de sangres vuestras manos.

16 Lavad, limpiaos; quitad la maldad de vuestras obras de ante mis ojos; dejad de hacer el mal.

17 Aprended a hacer el bien; buscad juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.

18 Venid y estemos a cuenta, dice Jehová: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, serán como blanca lana.

19 Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra;

20 Si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis devorados a espada; porque la boca de Jehová [lo] ha dicho.

Con este oráculo, el discurso de Isaías cambia ostensiblemente de sentido. El estilo descriptivo de los versículos iniciales da paso a la invectiva, la denuncia y el llamamiento al arrepentimiento. Este llamamiento pasará, así, a encabezar todo el resto del libro, marcando toda su orientación y sentido.

10. Los verbos “oíd” y “escuchad” son los mismos que los del vs. 2. El profeta interpela primeramente ahora a los gobernantes de Judá (qāṣîn, cf. 3:6.7; Miqueas 3:1.9). Por su función de representación, todo el “pueblo” está también comprendido. La “palabra de Jehová” está puesta en paralelismo con la “ley” (tôrâ), la cual tiene en esencia el sentido de instrucción.

El pueblo de Judá se había librado de acabar totalmente destruido como Sodoma y Gomorra (vs. 9), pero no se escapa esta vez de ser puesto al nivel de estas dos ciudades en lo que vivir en el pecado y la maldad se refiere. La maldad de estas dos ciudades es descrita sobretodo en Ezequiel 16:49-50, donde se hace especial hincapié en los pecados derivados de su opulencia y riqueza, perspectiva también presente en este pasaje de Isaías (cf. vs. 17). Sin embargo, los pecados de índole sexual también están apuntados por Ezequiel (vs. 50: “hicieron abominación [tô‘ēbâ; cf. Levítico 18:22; 20:13; Judas 7] delante de mí, y cuando lo vi las quité”, evidente alusión a Génesis 18:20-21 y 19:1-11), por lo que estos no se pueden excluir al hablar de la iniquidad de estas dos ciudades.

El Nuevo Testamento también continua esta identificación de Jerusalem con las ciudades de Sodoma y Gomorra (cf. Apocalipsis 2:9).

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