Isaías 1:2-9 (y II)

Explicación Teológica

Isaías 1:2 llama a Israel “hijos” y Romanos 9:4 afirma que de los israelitas es la “adopción”. El pueblo de Israel fue puesto aparte, santificado para Dios, de todas las naciones de la tierra. El pueblo como tal había recibido la instrucción de Dios a lo largo de la Historia, de manera especial, recibiendo la revelación divina por medio de sus santos profetas. Cuando en la Palabra se califica a Israel como hijo de Dios, hay que tener en cuenta que en el pueblo había tanto creyentes como incrédulos, piadosos como impíos, elegidos como reprobados. La Palabra de Dios reserva la adopción como hijos tan sólo a los miembros creyentes y piadosos del pueblo, la elección de Dios.

La Sagrada Escritura niega que los impíos sean verdaderamente hijos de Dios, aun los que formen parte externamente del pueblo de Dios. Los judíos estimaban que por el mero hecho de ser hijos de Abraham ya eran hijos de Dios (Juan 8:33.41) a lo cual Jesucristo respondió: “Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir” (Juan 8:44). Y el apóstol Pablo afirma: (No) por ser simiente de Abraham, son todos hijos… No los que son hijos de la carne, éstos son los hijos de Dios” (Romanos 9:7-8). Acerca de los creyentes y piadosos, de la elección, la Escritura dice: “Mas á todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, á los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios” (Juan 1:12-13); “En Isaac te será llamada simiente…los que son hijos de la promesa, son contados en la generación” (Romanos 9:7-8).

Sin embargo, no por ello hay que concluir que la constitución externa y comunitaria del pueblo de Dios, de la Iglesia, sea algo vano y carezca de importancia. Aunque esté compuesto por piadosos e impíos, el nombre “hijo” es aplicado a todo el cuerpo del pueblo. Por un lado, los verdaderos hijos, en los cuales la pertenencia al pueblo de Dios es una realidad interior y espiritual, están en su seno como hijos: los hijos de Dios son también hijos de Israel. Por otro lado, fue el pueblo en su conjunto que recibió la Palabra de Dios (Romanos 3:2) por la cual serán engendrados los verdaderos hijos (1 Pedro 1:23), y por la cual todo el pueblo sería salvo si creyera de corazón y confesara con la boca el misterio de Dios, Cristo (Cf. Romanos 10:9; Colosenses 1:25-29).

Por todas estas razones, la apostasía del pueblo que había recibido la Palabra divina es una realidad y no una mera apariencia. La apostasía no pertenece a los verdaderos hijos de Dios, sino al pueblo que había recibido la Palabra. La apostasía se produce por el abandono de la Palabra tras haberla recibido (cf. 2 Pedro 2:21). Previamente al abandono de la Palabra, la reprobación y la elección coexisten en el seno del pueblo, pero es por el abandono de la Palabra de Dios que se manifiesta precisamente la reprobación.

Todo esto es trasladable a la constitución de la Iglesia en la Nueva Alianza. La apostasía de una verdadera iglesia, hasta convertirse incluso en “sinagoga de Satanás” (Apocalipsis 2:9), es una realidad espantosa, que resulta en la “perdición” de aquellos que pervierten la Palabra de Dios (2 Pedro 3:16), así como la de los que toman parte en esto, no creyendo la verdad de Dios, sino más bien su perversión, participando así a la apostasía y abandono de la Palabra (2 Tesalonicenses 2:10-12).

El juicio divino histórico toma así lugar en el pueblo que sigue la apostasía. El pueblo que abandona la Palabra de Dios abandona a Dios, y al abandonarlo, ya no lo tiene como sanador (Éxodo 15:26) y como protector (Salmo 118:6-8). Las plagas y la destrucción, por tanto, son señales de esta apostasía y del desagrado del Señor por el pueblo.

Sin embargo, en medio de la apostasía, la destrucción no es completa. El Señor siempre se reserva un pueblo, un remanente para sí. Ésta es una constante en la existencia del pueblo de Dios a lo largo de las dos dispensaciones de la Alianza de Gracia (cf. Romanos 9:27-29; Mateo 20:17). Por lo cual, se puede confiar que, por esta fidelidad, aunque pequeña, siempre existirá sobre la tierra la verdadera iglesia de Jesucristo (Mateo 16:18), cuya existencia se mantenga con dificultad por el asedio de sus enemigos. Sin embargo, ella se mantiene precisamente porque Dios está con ella y es su protector (Isaías 8:10; Mateo 28:20).

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