Isaías 1:2-9 Israel Destruido, Judá Asediado

2 Oíd, cielos, y escucha, tierra; porque habla Jehová: Hijos crié y engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí.

3 El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de sus señores; Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento.

4 ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos destructores! Dejaron a Jehová, despreciaron al Santo de Israel, se han vuelto extraños [tornando] atrás.

5 ¿Por qué seréis castigados? ¿Todavía añadiréis revuelta? Toda cabeza [está] enferma, y todo corazón doliente.

6 Desde la planta del pie hasta la cabeza, no hay en él nada íntegro, [sino] herida, hinchazón y podrida llaga; no fueron curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

7 Vuestra tierra [es] devastación, vuestras ciudades [están] quemadas con fuego, vuestra tierra delante de vosotros, extranjeros la comen, y [es] asolación como asolamiento de extraños.

8 Y queda la hija de Sion como choza en viña, como cabaña en melonar, como ciudad sitiada.

9 Si Jehová de los ejércitos no nos hubiese dejado un resto pequeño, como Sodoma fuéramos, y a Gomorra semejantes.

Los capítulos 1-5 presentan la actividad profética de Isaías durante el reinado de Uzías.2 Crónicas 26 nos sitúa este periodo. Uzías fue un rey piadoso y por eso fue prosperado por Dios (vs. 5). Su reinado se centró en levantar un gran sistema defensivo (vv. 9-10), la reorganización y modernización del ejército (vv. 11-15) y el desarrollo de un ambicioso programa agrícola y ganadero (vs. 10). Como resultado de ello, el pequeño reino de Judá obtuvo prosperidad y seguridad, llegando a tener renombre entre sus enemigos.

2-4 En estos versículos, el pueblo es acusado por Dios, por medio de su profeta, por haber roto la Alianza y haber caído en apostasía. Se hace un hincapié especial en la culpabilidad moral y espiritual de este abandono del Señor.

2. La invocación a los cielos y tierra introduce un litigio legal entre Dios y su pueblo en el que el profeta, como portavoz de Dios, vindica la Alianza del Señor. Esta invocación se remonta al Cántico de Moisés (Deuteronomio 31:28; 32:1) y es retomada en el Salmo 50:4. Los cielos y la tierra son testigos mudos, pero permanentes y perdurables como la fidelidad de Dios a sus palabras. La infidelidad predicha se cumple, pero el pueblo es culpable de ella.

En un principio, el foco de la profecía se sitúa sobre Israel, el apóstata reino del norte, que pretendía ser el legítimo heredero de la nación redimida de Egipto e introducida en Canaán por el Señor. No se precisa en el tiempo, pero el profeta está anunciando la destrucción del reino de Israel, la cual en efecto se produciría en el año 722 a.C. (cf. 2 Reyes 17).

El pueblo es presentado como siendo hijos de Dios (cf. Éxodo 4:22). El Nuevo Testamento desarrolla plenamente la doctrina de la adopción de Dios (Juan 1:12; Romanos 9:6-8). A causa de los hijos de la promesa, el conjunto del pueblo, que también ha recibido la Palabra de Dios, es llamado hijo.

La bondad paternal de Dios se mostró en el crecimiento y exaltación del pueblo. Sin embargo, ellos se rebelaron contra Dios. El verbo “rebelarse” ( pš‘ ) se emplea en el contexto de la relación de Alianza con el Señor. Se trata sobretodo de una ofensa de carácter legal y sobretodo voluntaria, cuyo origen no es otro que el no querer tener a Dios como soberano (cf. 1 Reyes 12:19).

3. Esta rebelión es presentada aun con sorpresa, por lo antinatural que es. Por ella, el pueblo es puesto por debajo del nivel de los animales, quienes, a pesar de no ser seres racionales, conocen y respetan a sus amos. Israel no lo hace con su soberano, que es además su bondadoso padre.

La falta fundamental del pueblo es la falta de conocimiento (yd’) y discernimiento (byn) en relación con Dios (cf. Oseas 4:6). Éste es el estado en el que se encuentra con anterioridad a recibir la palabra profética. En 6:9, el profeta recibirá la misión de producir este mismo efecto en el pueblo. Este motivo se convertirá en una de las claves que vertebrará todo el libro.

4. Por darse licencia para el pecado y vivir instalado en él, Israel ha pervertido completamente la vocación que recibieron de Dios: la “nación santa” (Éxodo 19:4) es convertida en “nación pecadora”, el “pueblo de su heredad” (Deuteronomio 4:20) en “pueblo cargado de maldad”, la “descendencia de Abraham e hijos de Jacob” (Salmo 105:6) en “generación de malignos” e “hijos destructores”. Esta última palabra es un participio en funciones adjetival, en modo hifil, de sentido causativo (cf. Éxodo 12:23).

El pueblo está “cargado de maldad” (‘āwōn , pecado contra Dios en un sentido más bien genérico). El verbo “cargar” (kbd) caracteriza el estado del pueblo y, junto con los verbos yd’ y byn, también reaparecerá en 6:9-10, motivo clave del libro.

El pecado fundamental de Israel es el de apostasía contra Dios, la cual está explicada de manera comprehensiva por tres frases: primero, “dejaron a Jehová” (‘zb expresión que denota la ruptura de la Alianza del Señor: Deuteronomio 29:25; Jeremías 2:13.17.19; 22:9; Daniel 11:30); segundo, “despreciaron al Santo de Israel” (n’ṣ en modo piel, declara netamente desprecio; lo abominable de esta acción se ve por lo que sigue: a quien despreciaron fue al “Santo de Israel”, título de Dios por excelencia en Isaías –19 ocasiones– que denota su ser eterno, su supremacía y excelencia; cf. 6:3); tercero, “se han vuelto extraños” (zwr , que denota apostatar de Dios en Salmo 58:4 y Ezequiel 14:5; cf. Job 19:13); la palabra “atrás” está en aposición, de manera enfática, marcando así la naturaleza de la apostasía: ésta se da por volverse de Dios después de haber recibido la bondad y su revelación (cf. 2 Pedro 2:20-21).

5-6 Estos versículos presentan el estado de enfermedad moral y espiritual del pueblo, como consecuencia de su rebelión y pecado. El pecado no puede reducirse sólo a la culpabilidad moral de quien lo produce. También es enfermedad, de la que el pueblo no puede librarse por sí mismo. Si la solución a lo primero está en el perdón de Dios, a lo segundo está en la restauración y sanidad divina.

5. Las dos preguntas iniciales expresan extrañeza por la obstinación en el pecado e implican el imperativo de abandonarlo. El estado del pueblo es caracterizado como de “revuelta” permanente. Esta rebelión ( sārâ ) es presentada así como producida por la palabra y el discurso falso pero persuasivo (Deuteronomio 13:5; Isaías 59:13; Jeremías 28:16; 29:32; cf. también Deuteronomio 19:16).

El pueblo es presentado como enfermo. La “cabeza” y el “corazón”, los miembros más importantes del cuerpo tanto interior como exteriormente, son nombrados en primer lugar. La palabra “todo” ( kōl ) en sentido de “cada”, se repite, para denotar que la enfermedad es extensiva a todos los miembros del pueblo.

6. La enfermedad, en cada miembro del pueblo pues todos la sufren, es también intensiva: “de pies a cabeza”. La enfermedad se presenta de manera privativa, como ausencia de integridad y plenitud de un cuerpo sano ( metōm ; Salmo 38:3.7). Tres palabras sirven para hablar de ella: “herida”, “hinchazón” y “podrida llaga”. Las dos primeras (peṣa‘ y ḥabbûrâ ) se refieren a golpes y heridas (Génesis 4:23; Éxodo 21:25; Proverbios 20:30), mientras que la última ( makkâ , presente con las dos anteriores en Proverbios 20:30) forma parte del vocabulario de “plaga” (cf. Deuteronomio 28:61). La enfermedad del pueblo, por tanto, es presentada como castigo del Señor en la relación de Alianza (cf. Deuteronomio 28:22.27.35.59-61).

En un lenguaje figurado, Isaías sigue diciendo que esta enfermedad del pueblo es permanente, como su rebelión, puesto que no ha recibido el cuidado y la sanidad de parte de Dios (cf. Éxodo 15:26). El tema de la sanidad divina también aparecerá en Isaías 6:9-10, ligado a la condición del arrepentimiento.

7-9 En estos versículos se presenta tanto la destrucción de Israel como la preservación de Judá. En ambas se manifiesta la fidelidad de Dios a sus advertencias y promesas en la Alianza.

7. En un lenguaje ya literal, el profeta habla de la destrucción del reino de Israel, que debía acontecer en 722 a.C. La “devastación” o “asolación” ( šemāmâ , dos veces en este versículo) de la tierra y de las ciudades es el cumplimiento de la maldición de la Alianza por la infidelidad y apostasía del pueblo (Levítico 26:33). Ella es causada por la invasión de un pueblo extranjero, no identificado, llamado genéricamente “extraños” ( zârim , repetido también dos veces de manera enfática). La palabra “asolamiento” ( mahpēkâ ) evoca la destrucción de Sodoma y Gomorra (Deuteronomio 29:23; cf. Amos 4:11), la cual el profeta tiene claramente presente.

8. En este versículo, el foco de la profecía pasa al reino de Judá, a la “hija de Sion”, Jerusalem. La perspectiva del pasaje es que Judá permanece como resto o remanente tras la destrucción de Israel (cf. 2 Reyes 17,18; donde aparece la noción del resto por verbo š´r ). Sin embargo, permanece en una situación muy crítica. Primeramente es comparado a la situación de una “choza” y una “cabaña” en medio de un “melonar” y una “viña”. Se refiere a la que construían los dueños para vigilar y evitar el robo de los frutos justo antes de la cosecha. En línea con estas imágenes, la tercera comparación se refiere más bien a que la ciudad está siendo vigilada y guardada atentamente por sus habitantes ente el acoso de sus enemigos (participio del verbo nṣr ; cf. Job 27:18; Isaías 27:2-3). Esta situación describe la constante situación de emergencia de Judá y Jerusalem, tanto en la Invasión Siro-Israelita (año 734 a.C., en el reinado de Acaz; cf. Isaías 7:1ss), como en la posterior invasión de Senaquerib en el año 701 a.C.; cf. Isaías 36-37). Ambas invasiones pusieron al país en una situación crítica, no pusieron el pie dentro de la ciudad (cf. Isaías 37:33).

9. Judá, y en particular Jerusalem, es el “resto pequeño” que escapa de la destrucción. Si no fuera por ello, ésta sería tan completa como la que sufrieron Sodoma y Gomorra en el juicio del Señor. “Jehová de los ejércitos” ( yhwh sebāôt ) es uno de los títulos de Dios, en el que se denota particularmente su omnipotencia, pero también actividad para someter a sus enemigos. El poder del Señor está para guardar y proteger al “resto pequeño” de su pueblo. Este texto será citado por el apóstol Pablo en su argumentación acerca del endurecimiento y salvación de Israel (Romanos 9:29) como prueba de su afirmación de que sólo el remanente de Israel será salvo (vs. 27-28, cita a su vez de Isaías 10:22-23; cf. Oseas 1:10). Aunque en estricta justicia, el pueblo podría haber desaparecido por su rebelión y apostasía, la gracia de Dios se manifiesta en su preservación en medio del juicio, en conformidad con las promesas dadas en la Alianza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s