Las Cuatro Opciones de Jacob

Tras una noche de bodas a oscuras, Jacob se levantó por la mañana viendo que la mujer que yacía a su lado no era Raquel, como él pensaba, sino su hermana Lea (Génesis 29:25). En ese momento, Jacob tenía delante de sí cuatro posibilidades:

1) Denunciar a Labán ante los invitados; declarar nulo su supuesto matrimonio con Lea, que en realidad no existió, ya que éste está basado en el mutuo consentimiento y que él, Jacob, estaba engañado con respecto a la identidad de ella; e intentar obtener a Raquel, conforme a lo estipulado en el acuerdo con Labán. Esta opción era sin duda valiente, pero seguramente estaría condenada al fracaso.

2) Desistir de todo y declarar nulo su supuesto matrimonio con Lea, renunciando al mismo tiempo a Raquel, antes de emparentar de la manera que fuera con semejante tipo como Labán. Una solución testimonial, pero sacrificada y aun inútil. Jacob lo habría perdido todo, siete años de su vida se habrían esfumado sin conseguir nada a cambio… pero, como dice el dicho, la vida es (a veces) así.

3) Dar por bueno el matrimonio contraído; considerar a Lea como su legítima mujer y renunciar, consiguientemente, a Raquel.

4)  Acceder a la sugestión de Labán, y tener dos mujeres –a Lea, sin renunciar a Raquel– pero no al precio de una.

En esa mañana, pues, Jacob tenía todo un dilema ante sí entre estas distintas opciones, y pudo elegir una u otra. Está claro, Jacob amaba a Raquel (vs. 18) y no quiso renunciar a ella. En ese momento de incertidumbre lo único que hizo fue abandonarse precipitadamente a la nueva propuesta de Labán tan sólo con miras a tener a Raquel. Seguramente, fue la opción más fácil: dejarse llevar.

Pero también Jacob tenía ante sí, hay que darse cuenta, un dilema de dimensiones morales, al menos desde el momento que, de una u otra manera, considerara válido su matrimonio con Lea –opciones 3 y 4–. Cualquiera de las tres primeras opciones hubiera sido igualmente aceptable desde un punto de vista moral. Por supuesto, Jacob no estaba obligado a renunciar a Raquel: la amaba y había un trato de por medio. Según la primera opción, Jacob podría haber luchado por unirse exclusivamente con la persona amada. Por el contrario, en las opciones 2 y 3 Jacob sí que renunciaba a Raquel. La diferencia entre ambas opciones era si Jacob aceptaba o no el fait accompli de la unión con Lea. Sólo en la cuarta y última opción Jacob acepta esta unión, es decir, considera a Lea como su mujer, al mismo tiempo que quiere tener a Raquel como esposa.

Y he ahí precisamente el problema moral en esta historia, porque, de las cuatro, esta última opción es la única opción moralmente reprobable. Sí, precisamente, la opción por la que Jacob optó, o que simplemente aceptó dejándose guiar por su suegro Labán.

Esta opción era moralmente reprobable, principalmente, porque atentaba contra la institución del matrimonio tal y cómo había sido instituida en el principio y tal como era contemplada por la Ley moral de Dios (Génesis 2:23-24; Malaquías 2:16; Mateo 5:32; Mateo 19:4-5.8).

Alguien podría argumentar que, tras la caída de Adán, Dios no dio ningún mandamiento en contra de la poligamia. De esta manera, los patriarcas estarían parcialmente excusados e incluso la poligamia como institución se podría considerar como moralmente neutra. Sin embargo, este argumento no es definitivo. Cierto que no hubo mandamiento en contra de la poligamia. Pero la Ley de Dios estaba, como está hoy, en el interior del hombre (Romanos 2:14-15), es decir, hablamos de su conciencia moral. Y el cumplimiento del bien, el cumplimiento de la Ley moral, por tanto, está ligado, esencialmente, al amor a Dios y al prójimo (Mateo 22:37-40; Romanos 13:8-10). En definitiva, en su opción de tener también a Raquel, ¿tuvo Jacob consideración alguna de Lea? Este punto es precisamente lo que apunta Levítico 18:18.

“No tomarás mujer juntamente con su hermana, para hacerla su rival, descubriendo su desnudez delante de ella en su vida.”

Imposible no ver, pues, en estas palabras de Moisés una referencia a la historia de Jacob.

Como conclusión a toda esta historia, podemos considerar brevemente la manera de predicar acerca de los pasajes del Antiguo Testamento. La propuesta que hacemos es la siguiente: por supuesto, en el Antiguo Testamento nos encontramos con el registro de la historia de la redención, ya a partir de la primera promesa de la venida del Mesías (Génesis 3:15). No obstante, nuestra predicación, creemos, no se puede limitar a una exposición de Teología Bíblica Histórica-Salvífica, es decir, ver cómo los distintos temas de la historia de Israel pueden converger en el Mesías venidero. En definitiva, abogamos que junto con este método de interpretación, que por supuesto se tiene que mantener, no debe faltar una interpretación moral de los acciones de los distintos actores bíblicos.

El no hacerlo, el optar sólo por un método a exclusión del otro, conlleva ciertamente consecuencias. La primera, dar la impresión de que le relato bíblico habla de una categoría completamente desligada de la historia humana. Las historias de la Biblia estarían, así, como flotando en el aire, o dicho de otra manera, se diluiría la humanidad de los relatos bíblicos y sus actores. La vida, desde siempre, está compuesta por acciones morales de los hombres, y del juicio moral que Dios hace a sus acciones, aprobando o rechazando, bendiciendo o castigando sus obras. Es lo propio de un universo regido por la ley moral de Dios, inscrita de manera natural en el corazón de los hombres, publicada de manera definitiva en el Decálogo, explicada y aplicada en el resto de la Sagrada Escritura. Esto es lo propio, en definitiva, de un universo a este lado –el caído– del Pacto de las Obras.

Pero el olvidar la interpretación moral de los relatos del Antiguo Testamento puede tener otros efectos colaterales. Tras décadas de leer y escuchar acerca de ellos tan sólo en la perspectiva de la teología bíblica, se puede ir perdiendo de vista el hecho que el absoluto moral, desde la Creación, es el mismo en los tiempos de los Patriarcas y en nuestros días. De esta erosión a la hora de percibir esta moralidad bíblica, los creyentes podemos pasar a argumentar para aceptar las llamadas “nuevas opciones de familia”, no sólo la poligamia practicada por otras religiones, sino también algo tan sumamente extraño y contrario al orden natural y revelado de Dios como un supuesto “matrimonio” homosexual.

En definitiva, junto con la Teología bíblica, no hay que olvidar la Moralidad bíblica. El comentario de Juan Calvino en Génesis es modélico en este sentido. Sin duda, el mejor exponente de una sana teología reformada y bíblica, todo un ejemplo a seguir.

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