El Último Heredero del Imperio

konopisteA unos cuarenta kilómetros al sur de Praga, en el camino que lleva hacia Viena, se encuentra el palacio de Konopiste, la residencia del que fuera el último heredero del Imperio Austro-Húngaro, Francisco Fernando de Habsburgo. Como atracción turística, el palacio no es muy conocido para los occidentales, aunque siempre es muy visitado por los propios checos. A él se accede a pie desde el aparcamiento, y al llegar a lo alto de la loma sobre la que se encuentra, se puede contemplarlo rodeado de colinas pobladas de tupidos bosques y dominando un no muy lejano lago. Un ancho foso a la altura de la entrada principal, habitado por un par de osos, separa el palacio del resto del mundo.

El palacio fue inicialmente construido por allá el siglo XIII y a lo largo del tiempo, a la vez que iba creciendo y adquiriendo su forma actual, iría cambiando de propietarios entre la nobleza centroeuropea. Al final sería Francisco Fernando quien lo compró por precio para hacer en él su residencia habitual.

Francisco Fernando se había casado con una noble checa, Sofía Chotek, pero como ella no provenía de linaje real, sus tres hijos se quedaron fuera de la sucesión dinástica. Aun Francisco Fernando mismo no se convertiría en heredero al trono más que después de una trágica combinación de circunstancias. Su primo, Rudolf de Habsburgo, quien tenía que ser emperador, hombre de vida disoluta y sifilítico, al final se suicidó junto con su amante.

francisco_sofía_habsburgoLa visita guiada por el palacio nos abre las puertas no sólo a unas fantásticas dependencias sino al interior mismo de una de las familias más importantes y poderosas del mundo. Dos cosas destacan por encima de todo. La primera es la imponente colección de armas que detentaba Francisco Fernando, la tercera del mundo por detrás de las de Madrid y Viena. Todo tipo de armas pueden ser allí vistas, sin faltar incluso pequeños cañones o la espada que regaló a la familia el papa de Roma.

La segunda es la no menos impresionante colección de piezas de caza, obtenida por el heredero, un verdadero fanático de la caza. En Konopiste se encuentran tan sólo unas cuatro mil. En sus cincuenta y un años de vida, Francisco Fernando llegó a cazar nada menos que ¡unos doscientos ochenta mil animales! Si hacemos la cuenta, el heredero tuvo que cazar algo así como quince animales cada día de su vida –desde los cero a dieciocho años incluidos.

Como muestra de su pasión por la cacería, se cuenta que en sus viajes por el mundo, Francisco Fernando visitó el Parque Natural de Yellowstone, en Estados Unidos. Allí estaba prohibido cazar, pero no por ello el heredero se quedó sin obtener alguna que otra pieza de trofeo… aunque fuera ganada a golpes con su propio bastón.

En comparación con las armas y las piezas de caza, la colección de libros de Francisco Fernando era más bien escasa: unos tres mil libros, concentrados todos en una sola habitación de unos treinta metros cuadrados. En esta habitación, dominada a cada lado por dos inmensos retratos de las dos mujeres de la familia –Sofía madre y Sofía hija, junto con su padre– diversas filas de libros se suceden unas tras otras en las mismas e insuficientes estanterías, y, a simple vista, ningún ejemplar hay que llame especialmente la atención.

Es al lado de esta habitación de lectura que se encuentra un espacioso salón especialmente destinado para fumar. Al llegar allí, uno puede caer en la cuenta de que ningún instrumento musical se ha visto en todo el palacio, al menos en la parte que se muestra al público –sin contar con un modesto órgano a pedales en la capilla familiar. A falta de instrumentos musicales, en esta sala para fumadores se encuentra un oso disecado. Asimismo, las obras de arte y pinturas presentes en el salón, y en general en el palacio, tampoco son de una calidad impresionante.

Junto al salón para fumar se encuentra un “harén”, directamente inspirado en los orientales que conociera el heredero por sus viajes, sin apenas luz, lleno de sofás pequeños y alfombras en el suelo. Se nos aclara que las mujeres no podían entrar allí, con lo que uno se queda con la incógnita de saber el uso al que se destinaba a esta especie de garito.

En definitiva, no era, pues, la familia de Francisco Fernando, muy dada a la cultura o de espíritu muy refinado por el arte, ni siquiera se aprecia rastros de una excesiva pasión en el heredero para formarse una mente y un carácter de estadista, a la altura del imperio que iba a heredar. Por el contrario, si alguna idea clara se recibe con la visita al palacio es que era una familia, la de los Habsburgo, tanto en tiempo de guerra como de paz, en la batalla y en la cacería, de armas tomar. Y fue precisamente el rechazo de esta familia, la de los Habsburgo, a la Reforma protestante del siglo XVI la que marcó la historia de Europa hasta nuestros días. ¿Entendían acerca de lo que juzgaban, sobre las cuestiones teológicas, sobre cuestiones de la fe, que se pusieron entonces sobre la mesa? ¿O lo único que entendían era la lógica del poder? Pues ¿no habían los Habsburgo recibido de regalo la espada del papa de Roma, véase, la del poder temporal?

También se cuenta que en la tarde de un 28 de junio se hacían unas obras por las que un grupo de trabajadores realizaban pequeñas explosiones controladas en los bajos del palacio. Tras una de ellas, una piedra saltó del suelo del patio para ir a quebrar los cristales de la sala de lectura y romper el retrato de Sofía, la madre. Ese mismo día, casi a la misma hora, Francisco Fernando y su mujer morían en Sarajevo a manos de un jovencísimo nacionalista serbio, Gavrilo Princip. Un mes después, tras un ultimátum absolutamente desmesurado –del que no obstante las autoridades serbias aceptaron todos los puntos menos uno, el que la policía austro-húngara actuara libremente en su país– el Imperio declaraba la guerra a Serbia. Comenzaba así la I Guerra Mundial, una de los más espantosos derramamientos de sangre que haya conocido la Humanidad. A cuya causa, también, la dinastía de los Habsburgo feneció completamente.

Un Comentario

  1. eliécer guillén

    Czech writer and first President of the Czech Republic Václav Havel dies at the age of 75.
    En su libro “Cartas para Olga” afirmó que leía la Biblia en la cárcel.
    Cuando gobernaba, se desmarcó del culto a la personalidad, que le tributaban algunas personas.
    Pero hubo quejas de iglesias evangélicas estadounidensas, sobre que nunca quitó las restricciones a la importación de literatura evangelística y cristiana infantil.

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