Etiquetado: Juicio de Dios

Dios, el Justo Juez

Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín.

1 Jehová Dios mío, en ti he confiado;  Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame,

 2 No sea que desgarren mi alma cual león, Y me destrocen sin que haya quien me libre.

 3 Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad;

 4 Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo),

 5 Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo. Selah

 6 Levántate, oh Jehová, en tu ira; Álzate en contra de la furia de mis angustiadores, Y despierta en favor mío el juicio que mandaste.

 7 Te rodeará congregación de pueblos, Y sobre ella vuélvete a sentar en alto.

 8 Jehová juzgará a los pueblos; Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, Y conforme a mi integridad.

 9 Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón.

 10 Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón.

 11 Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.

 12 Si no se arrepiente, él afilará su espada; Armado tiene ya su arco, y lo ha preparado.

 13 Asimismo ha preparado armas de muerte, Y ha labrado saetas ardientes.

 14 He aquí, el impío concibió maldad, Se preñó de iniquidad, Y dio a luz engaño.

 15 Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá.

 16 Su iniquidad volverá sobre su cabeza, Y su agravio caerá sobre su propia coronilla.

 17 Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo.

 

 

El Salmo que acabamos de leer nos presenta a David sufriendo persecución. En el encabezado se nos dice que fue a raíz de “las palabras de Cus, hijo de Benjamín”. La Biblia no nos explica más acerca de este personaje. Pero sí que ella nos dice lo mucho que él sufrió a manos de otros de la tribu de Benjamín. Por ejemplo, Saúl, su predecesor. O también Simeí, quien lo maldijo cuando David huía de Absalom (2 Sam. 16:5). O incluso después de la victoria de David sobre Absalom, se levantó un hombre de Benjamín, llamado Seba, quien quiso hacer una rebelión en contra del rey legítimo de Israel (2 Sam. 20:1).

Durante su vida, David tuvo la enemistad declarada de los de la tribu de Benjamín, y sin duda ello se debió a que él había sido quien sustituyó a Saúl como rey de Israel. Esta sustitución la decidió Dios por los causa de los pecados e infidelidad de Saúl, pero no vino porque David conspirara para hacerse él mismo rey. En todo momento vemos en la Biblia que David fue una persona leal y fiel para con Saúl, con su rey, por el hecho de que él era el “ungido de Jehová”.

Seguramente, pues, David se está refiriendo aquí a algún episodio más de esta enemistad, de esta continua persecución de algunos benjaminitas en contra de él. Pero lo importante en este Salmo no es tanto las circunstancias de la persecución en particular, de las que no se nos dice mucho, sino más bien la reacción de David en medio de ella. Esta persecución, por supuesto, le produce a David sufrimiento. Pero el sufrimiento no está solo, porque además, David tiene siempre la convicción de ser inocente y de estar sufriendo persecución injustamente. Y esta convicción es tan grande como para, en oración, hacer a Dios este solemne juramento: “Jehová Dios mío, si yo he hecho esto, Si hay en mis manos iniquidad; Si he dado mal pago al que estaba en paz conmigo (Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo), Persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; Huelle en tierra mi vida, Y mi honra ponga en el polvo” (vv. 3-5).

David le pide que perezca a manos de sus enemigos si las acusaciones que le hacen son verdaderas. ¡Hay que tener la conciencia tranquila para poder decir estas palabras! Sin duda; pero vemos que David a medida que avanza el Salmo, no se centra mucho en esto, ni en sí mismo, sino que más bien centra sus pensamientos en quién es Dios. Presenta a Dios en Su justicia. Nos habla de Él como el Juez justo. El atributo de Dios de la justicia es el gran refugio al que David acude en la persecución. Llena su mente y su corazón de pensamientos acerca de la justicia de Dios, que es lo que lo lleva de la angustia del versículo (“Sálvame de todos los que me persiguen”) a la alabanza del versículo 11 (“Alabaré a Jehová conforme a su justicia, Y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo”).

Y nosotros también debemos tener nuestros pensamientos puestos en la justicia de Dios para poder poner en Dios toda nuestra seguridad, nuestro gozo y nuestro deleite en esta vida. Por ello vamos a considerar la justicia de Dios tal como se presenta en este Salmo. Primeramente, considerando el atributo de la justicia de Dios en sí mismo. Luego cómo tiene este que ver, con las naciones, los impíos y por último los creyentes.

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Cita Diaria con Calvino (143)

“Es preciso que los fieles echen mano de tales consideraciones en medio de la amargura de sus aflicciones. “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios”, en la cual su nombre ha sido invocado (1 Pe. 4:17; Jer. 25:29). ¿Qué harían los hijos de Dios, si creyesen que la severidad con que son tratados es una venganza de Dios? Porque quien al sentirse herido considera a Dios como a Juez que lo castiga, no puede imaginarlo sino airado y como enemigo suyo; no puede por menos que detestar el azote de Dios como maldición y condenación. Finalmente, el que piense que la voluntad de Dios respecto a él es seguir afligiéndolo, jamás podrá convencerse de que Dios lo ama.

Por el contrario, el que comprende que Dios se enoja contra sus vicios y que es propicio y misericordioso con él, saca provecho de los castigos de Dios. De otra manera sucedería aquello de que se queja el Profeta por haberlo experimentado: “Sobre mi han pasado tus iras, y me oprimen tus terrores” (Sal. 88: 16). E igualmente lo que afirma Moisés: “Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro. Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento” (Sal. 90:7-9). Por el contrario, David, hablando de los castigos paternos, para mostrar que los fieles más bien son ayudados con ellos que oprimidos, dice: “Bienaventurado el hombre a quien tú, Jah, corriges, y en tu ley lo instruyes, para hacerle descansar en los días de aflicción, en tanto que para el impío se cava el hoyo” (Sal. 94: 12-13). Evidentemente es una tentación muy dura el que Dios perdone a los incrédulos y disimule sus abominaciones, y se muestre más severo con sus fieles. Y por eso, para consolarlos, añade el aviso y la instrucción de la Ley, de la cual han de aprender que Dios, cuando los hace volver al buen camino se preocupa de su salvación, y que entretanto los impíos se precipitan en sus errores para dar consigo en el abismo de la perdición.

Y no importa que la pena sea temporal o eterna. Porque las guerras, hambres, pestes y enfermedades son maldiciones de Dios, igual que el juicio mismo de la muerte eterna, cuando el Señor las envía para que sean instrumentos de la ira y la venganza divinas contra los impíos”

Institución de la religión cristiana III.IV.34 (p. 505-506).

Cita Diaria con Calvino (7)

“Además de eso, ese conocimiento no sólo debe incitarnos a servir a Dios, sino también nos debe recordar y llenar de la esperanza de la vida futura. Porque si consideramos que los testimonios y muestras que Dios nos ha dado, así de su clemencia como de su severidad, no son más que un comienzo y que no son perfectos, conviene que pensemos que Él no hace más que poner la levadura para amasar, según se dice, ensayarse para después hacer de veras su obra, cuya manifestación y entero cumplimiento se difiere para la otra vida. Por otra parte, viendo que los piadosos son ultrajados y oprimidos por los impíos, injuriados, calumniados, perseguidos y afrentados, y que, por otra parte, los malos florecen, prosperan, y que con toda tranquilidad gozan de sus riquezas y dignidades sin que nadie les vaya a la mano, debemos concluir que habrá otra vida en la cual la maldad tendrá su castigo, y la justicia su merced. Y además, cuando vemos que los fieles son muchísimas veces castigados con azotes de Dios, debemos tener como cosa certísima que mucho menos escaparán los impíos en lo venidero a los castigos de Dios. Muy a propósito viene una sentencia de san Agustín: “Si todos los pecados fuesen ahora públicamente castigados, se creería que ninguna cosa se reservaba para el último juicio: por otra parte, si Dios no castigase ningún pecado públicamente, se creería que ya no hay Providencia divina”.(1)  Al que debemos confesar que en cada una de las obras de Dios, y principalmente en el orbe, están pintadas, como en una tabla, las virtudes y poder de Dios, por las cuales todo el linaje humano es convidado y atraído a conocer a este gran Artífice y de aquí a la verdadera y perfecta felicidad. Y aunque las virtudes de Dios estén retratadas a lo vivo y se muestren en todo el mundo, solamente entendemos a lo que tienden, cuánto valen y para qué sirven, cuando descendemos a nosotros mismos y consideramos los caminos y modos en que el Señor despliega para nosotros su vida, sabiduría y virtud, y ejercita con nosotros su justicia, bondad y clemencia”.

(1) Sobre el Salmo 144

Institución de la religión cristiana, I.V.11 (vol. 1, pag. 21).

Los Crímenes Sin Justo Castigo, por J.H. Thornwell

“Mencionaré sólo un ejemplo de otro pecado que, en este día, exige humillación y corrección. Puede ser consecuencia de los que ya han sido abordados; se trata de la lamentable frecuencia con la que nuestras leyes no son ejecutadas, especialmente en el castigo de los delitos. Es una lección que impregna la Biblia que los Estados y las comunidades pueden ser tratados como culpables de los crímenes que se niegan a castigar. El sexto de los siete preceptos de Noé, que ordena en general el gobierno y la obediencia, insiste particularmente sobre el castigo de los malhechores como condición indispensable para la prosperidad y el honor de la nación. Cuando se permite escapar impune esa clase de trasgresión, de lo que se tiene que censurar al verdadero oficio del brazo civil, se entonces se contamina la tierra. El magistrado no tiene libertad para llevar la espada en vano, él debe ser el terror de los malhechores, así como la alabanza a los que hacen bien. Hay que lamentar, sin embargo, que mientras el sentido moral de la comunidad está correctamente consternado por la enorme maldad de condenar al justo y de tratarlo de acuerdo a los abandonos de la iniquidad, no hay tal repugnancia ante el igualmente repulsivo espectáculo del trato de los culpables con la impunidad que se debe sólo a la inocencia. Un hombre puede violar la ley por los crímenes que claman venganza al cielo, y después de que la primera ebullición de resentimiento se haya desvanecido, una benevolencia enfermiza y empalagosa se interpone para detener el avance de la justicia; un sentimiento de piedad y de ternura infantil por la persona del criminal evita cualquier expresión adecuada –y, en muchos casos, por completo toda expresión– de indignación y horror ante el crimen. En tales casos, la comunidad asume la culpa. Ella es considerada por Dios como respaldando la trasgresión, y en las retribuciones justas de Su providencia, podrá, tarde o temprano, cosechar las consecuencias en los juicios de Su mano. No hay ningún principio que sea más lisa y claramente puesto de manifiesto, y con más frecuencia ejemplificado en las Sagradas Escrituras, que el castigo de los malhechores es un deber. No es discrecional; no una cosa de conveniencia o de política, sino que es un deber. Dios lo demanda y exige, y ningún Estado o comunidad puede hacer caso omiso de esta alta y solemne obligación sin tomar, ante los ojos de Dios, el lugar del criminal que protege y favorece. Si, por ejemplo, se niega a derramar la sangre del asesino, la sangre de los asesinados caerá sobre su cabeza. Seguir leyendo