La Predicación: Ordenanza y Poder de Dios

La predicación nunca ha sido popular, ni dentro ni fuera de la Iglesia, y tampoco lo es hoy en día. Tiene muchos enemigos declarados, y muchos de los que la practican, o la escuchan, lo hacen pero con desidia. Siempre se escuchan razones en contra de ella, incluso menospreciándola como completamente fuera de lugar en los tiempos que corren. Asimismo, hay que decir que, muy lamentablemente, los países de tradición católica-romana han sido históricamente huérfanos de una predicación bíblica y poderosa. Lo cual no es en modo alguno casual, puesto que no es más que consecuencia de la orientación de todo su sistema doctrinal. Pero es imprescindible darse cuenta que guardar la importancia de la predicación en la Iglesia es, primordialmente, una cuestión de fidelidad al Señor. Del cumplimiento de este deber depende el conocer días de grandes bendiciones espirituales sobre los creyentes y las iglesias. Sí, incluso en tiempos de intensa descristianización, como son los que vivimos.

Lo principal que hemos de considerar al hablar de la predicación es que ella es una ordenanza instituida por Dios mismo. Jesucristo mismo, en su ministerio terrenal, fue predicando al pueblo (Mateo 4:17), así como envió en repetidas ocasiones a sus discípulos a predicar (Mateo 10:5-7; Lucas 19:1-9.16). Al ascender a los cielos, el Señor Jesucristo dijo a sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). De esta manera, el apóstol Pablo describe su llamamiento por el Señor esencialmente como un ministerio de predicación. Por sorprendente que pueda parecer, Pablo sitúa la predicación por encima, incluso, de la administración de sacramentos. “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio” (1 Corintios 1:17). Es así como el mismo apóstol encarga solemnemente a los ministros de Jesucristo, en la persona de Timoteo, que en sus ministerios se ocupen principalmente de la predicación: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:1-2).

Que la predicación es una ordenanza de Dios en su Palabra, basada en su autoridad, queda confirmado y establecido definitivamente con esta declaración del apóstol Pablo: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). Por tanto, la predicación es una institución permanente y perpetua en la Iglesia del Señor.

La predicación ha de tener siempre por objeto las Sagradas Escrituras, la Palabra inspirada por el Espíritu de Dios (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1,:21). Esto significa que cada predicación ha de estar basada en un texto de la Escritura. Su cometido particular, por tanto, es presentar, de la manera más fiel y clara posible, la enseñanza del texto, así como una aplicación viva del mismo en relación con el estado y necesidades de los oyentes. La predicación ha de tener, pues, una enseñanza clara y un llamamiento a vivir esta enseñanza. Ambos elementos son imprescindibles. El llamamiento que no se hace sobre la base de la enseñanza bíblica no puede reclamarse de la autoridad de la Escritura. Por otra parte, la enseñanza sin el llamamiento, o aplicación, podrá ser un muy buen estudio bíblico o conferencia, pero en verdad tampoco puede ser considerada predicación. La predicación tiene siempre que animar, exhortar, consolar, incluso reprender si es necesario (cf. 2 Timoteo 3:26-27 y 4:2). Este tan importante aspecto es lo que hace que la predicación sea eminentemente un ejercicio pastoral, que no debe hacerse sino por los hombres a los que el Señor llama para tal ministerio. Si el Señor los llama, los equipará con todo lo necesario, y hará también que la Iglesia reconozca tal llamamiento.

En un sentido general, el objetivo de la predicación no es otro que presentar a Cristo “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:1-2). Se tiene, por tanto, que predicar a Cristo a partir de las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos, puesto que Cristo es el centro de las mismas (cf. Lucas 24:44-15; Juan 5:46; 14:26; 15:26; Apocalipsis 19:10). Presentar a Cristo en todo texto de la Escritura no significa dar vía libre a nuestras imaginativas interpretaciones alegóricas, por ejemplo, en los pasajes narrativos y en particular los del Antiguo Testamento. Más bien, lo que hay que hacer es ver cómo cada texto se relaciona con Cristo y su obra de salvación, con Cristo y su triple oficio como Mediador, como Profeta, Sacerdote y Rey. Para ello, es necesario tener clara visión de conjunto de la historia de la revelación y de la salvación en Biblia, así como también del conjunto de doctrinas de la fe cristiana.

Predicar a Cristo en las Escrituras hace que la predicación no sea una colección de “moralinas” de todo tipo, incluso políticas y sociales. No se predica una salvación humana ni a conseguir por los hombres. Se predica a un Salvador y a una salvación divina, ya cumplida y realizada en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, así como su ascensión a los cielos. Y aunque todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas (Hebreos 2:8), en esperanza podemos tener la inquebrantable convicción de que la victoria de Dios sobre sus enemigos es ya una realidad y, los que hemos creído en Jesucristo, por tanto, somos ya salvos (Romanos 8:24; Hebreos 6:17-20).

Por otro lado, presentar el cumplimiento de la Alianza de Gracia por Cristo tampoco puede ser hecho de una manera unilateral, es decir, sin entrar a considerar el elemento humano de la fe y obediencia del oyente. El Pacto de Gracia fue cumplido verdaderamente por Cristo para los que creen en Él (cf. Gálatas 3:16-17; 4:4,7). Pero el Pacto de Gracia es también una relación de amistad, de fidelidad mutua, entre Dios y los hombres. Quien está verdaderamente en el Pacto de Dios cumplido por Cristo, tiene que andar en esta fidelidad a Dios (1 Juan 1:5-7). La predicación tiene como objetivo, por tanto, presentar este Pacto, e instar, y mover, y convencer a todos los hombres, para que entren en él (Lucas 14:23).

La predicación es, en definitiva, el principal medio de gracia instituido por el Señor para la salvación de los pecadores y para que los ya creyentes crezcan en gracia y santidad. Ella constituye el elemento principal de los cultos que la Iglesia rinde al Señor, principalmente en el día consagrado para Su honor, el Día del Señor. La predicación de la Palabra de Dios, y la unción del Espíritu Santo en la predicación y corazón de los oyentes, es la presencia espiritual del Señor resucitado en Su pueblo, congregado para tributarle adoración de la que sólo Él es digno. Por consiguiente, si el interés en la vida de la Iglesia, y de sus cultos, está copado por otros elementos que no son la predicación (la liturgia, la alabanza u otros) esto sólo es señal de haber entrado en una clara decadencia espiritual.

Pero es que, además, la predicación de la Palabra de Dios es el ejercicio por excelencia de la potestad espiritual dada por Dios a Su Iglesia. Es por medio de la predicación que el Señor manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento, grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, olor de vida a los que creen en Él, y olor de muerte a los que ante Él permanecen incrédulos (2 Corintios 2:14-17; Juan 3:36). Éste es, de manera singular, el ejercicio del “poder de las llaves” que Dios ha dado a Su Iglesia (Juan 20:23), es decir, sacando a relucir la espada de Dios, que penetra hasta partir el alma y el espíritu, que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón, que manifiesta toda cosa creada ante los ojos de Dios (Hebreos 4:12-13).

Por todo ello, la predicación de la Palabra de Dios, hecha por sus siervos de manera fiel a la Escritura y en dependencia de Él, es la gran arma para hacer avanzar el Reino de Dios, y hacer recular las puertas del infierno en el mundo. Todavía está por ver el poder de Dios desplegado de manera soberana en la predicación: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4-5). Sí, también para nuestros países católicos-romanos y, además, secularizados.

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Artículo escrito por Jorge Ruiz Ortiz, para la Fundación En la Calle Recta.
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