La Predestinación según Calvino, por Auguste Lecerf

Se nos ha pedido que expongamos desde el púlpito el dogma de la predestinación según Calvino, por motivo de la fiesta de la Reforma. A pesar del sentimiento de nuestra insuficiencia, hemos creído nuestro deber deferir al deseo de vuestro pastor porque estamos convencidos de que la sana inteligencia de este misterio presenta al alma cristiana la razón más eficaz para celebrar la misericordia de la que ha sido objeto de parte de Dios y el motivo de humillarse en el sentimiento de la profundidad de las sendas divinas.

Ciertamente, nos sentimos incapaces por nosotros mismos de hablar de estas cosas, pero la promesa del Resucitado a los ministros que enseñan su doctrina es firme: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días”. No tenemos el derecho de dudar, ni dejar sepultada en la ignorancia una parcela de la herencia que nuestros Reformadores y nuestros Padres en la fe nos transmitieron al precio de tan duros combates.

Hablemos, pues, puesto que se nos pide que lo hagamos, de la predestinación según Calvino. Pero aquí, se impone hacer una apreciación preliminar. El nombre de Calvino ha quedado ligado a la mención de este misterio, sin duda porque ha sido el “expositor” más profundo y el más decidido, el más valiente, diríamos. Pero, con matices diversos, desde san Agustín, encontramos esta doctrina enseñada ya sea en los católicos-romanos, ya sea en los luteranos, y a veces con un sentimiento menor de la medida que aporta el doctor de Ginebra.

Por otra parte, el predicador del Evangelio no tiene que traer al púlpito el pensamiento de hombre; debe hacer escuchar la Palabra de Dios tal como le es dada a la Iglesia comprender y confesar. No creemos en Calvino, creemos en la Sagrada Escritura. Si hacemos lo contrario, traicionaríamos la causa que Calvino mismo nos legó la defensa. Es por lo que conciliaríamos nuestro deseo de satisfacer a la petición que nos ha sido hecho con nuestra obligación de no predicar más que lo que enseña la Escritura, captando el pensamiento de Calvino en la fórmula que la Iglesia Reformada de Francia reconoció en su primer Sínodo, en París, en 1559, como resumiendo fielmente, en este punto, el conjunto de los datos de la Escritura.

Esta fórmula se encuentra en el artículo 8 del proyecto de confesión de fe que Calvino hizo presentar en el Sínodo de París y que se convirtió, con insignificantes modificaciones de redacción, en el artículo 12 de nuestra confesión, llamada “de la Rochelle”:

“Creemos que de esta corrupción y condenación general en la que todos los hombres están hundidos, Dios saca a aquellos a los que en su consejo eterno e inmutable eligió por su sola bondad y misericordia en Nuestro Señor Jesucristo, sin consideración de sus obras, dejando a los demás en esta misma corrupción y condenación para demostrar en ellos su justicia, como de los primeros Él hace brillar las riquezas de su misericordia. Porque los unos no son mejores que los otros, hasta que Dios los discierne según su consejo inmutable, que Él determinó en Jesucristo antes de la creación del mundo. Y tampoco nadie se podría introducir a tal bien por su propia virtud; dado que por naturaleza no podemos tener un solo movimiento, afecto o pensamiento bueno, hasta que Dios nos haya prevenido y nos haya hecho dispuestos”.

El pensamiento es claro: ella tiene el filo de la espada: algunos pecadores han sido predestinados a salir de la corrupción en la que están hundidos y llegar a la salvación, y esto fuera de toda previsión de obra alguna, meritoria o simplemente útil. Aquellos que no son objeto de esta elección gratuita son predestinados por el hecho mismo de esta preterición, a recibir el justo salario por su rebelión.

Es la reprobación. Es evidente que, de parte del Todopoderoso, tal preterición tiene el significado de un acto positivo. Lo que Él prevé como que tiene ciertamente que llegar y sin que lo impida, por esto mismo, decreta que acontecerá.

Que esta doctrina de la elección gratuita y de una justa reprobación es conforme a la Escritura, lo sabéis por la lectura que os ha sido hecha del primer capítulo de la epístola de san Pablo a los Efesios y del capítulo 9 de su epístola a los Romanos. Yo me abstendría de demostrarlo: los textos hablan por sí mismos. Son tan constringentes que un exegeta tan poco prevenido y tan emancipado del dogma como el célebre Reuss confesó que no será nunca por argumentos exegéticos que se refutarán los cánones del Sínodo de Dordrecht.

Pero si la fórmula es clara y si ella ya es dura para la razón natural, en su claridad, tampoco se le tiene que hacer decir lo que no dice.

No se trata de predestinar al mayor número de los hombres al mal, para poderlos condenar después. Calvino expresamente protestó contra este travestismo de su pensamiento.

Tampoco se trata del decreto arbitrario de un Dios tirano, extranjero a toda ley y que lo  declararía justo por el solo hecho que Él lo ha tomado. Calvino no deja de condenar este “divorcio execrable” entre el poder de Dios y su justicia. La predestinación, dice, no es otra cosa que la dispensación de la justicia misteriosa de Dios que no deja de ser justa a pesar de que ella nos sea misteriosa. Dios no cesa de ser justo en el momento preciso cuando nosotros cesamos de ver la justicia de sus sendas.

Para Calvino, Dios está sin duda por encima de toda ley exterior a sí mismo. “Pero Él no está sin ley, porque Él es ley a sí mismo”. Hay, en su voluntad, razones de sabiduría, de justicia y de misericordia que aparecerán en el día postrero. No sabemos hoy lo que Él hace; más tarde lo comprenderemos y lo glorificaremos. La predestinación es un llamamiento a la fe y un recuerdo de la debilidad de nuestro entendimiento en presencia del carácter insondable de los pensamientos de Dios. Dios es infinito; es necesario que nuestra fe en Él sea infinita.

En fin, sería equivocarse groseramente si se hiciera decir a Calvino que los reprobados serán condenados a pesar de los que ellos hagan. La reprobación depende de un acto de soberanía de Dios, pero la condenación depende de su justicia, y es en la obstinación en la que la justicia los toma que los pecadores hallarán la justa causa de su condenación. Si se quisieran arrepentirse y creer en el Evangelio, serían salvos.

Y que no se objete que la pérdida del libre albedrío, que la inaptitud original los pone en la imposibilidad de quererlo. Si es cierto que no lo pueden por ellos mismos, también es verdad que en el llamamiento de Dios es dado el poder físico y psicológico de responder:

“Qué –dice Calvino– cuando vuestro Dios os enseña, cuando os concede el privilegio de la revelación de su voluntad, es como si pusiera la vida entre vuestras manos; ¡pero vosotros la resistís y no buscáis nada más que la muerte!… Si alguno se aparta… no se puede decir que ha errado porque no podía hacer mejor; sino al contrario, él es la causa de todo el mal y éste le debe ser imputado totalmente”(1)

Pero no basta con haber descartado las falsas interpretaciones y los malentendidos que desfiguran el dogma. Para facilitar su comprensión, todavía es necesario no contentarse con contemplarlo en sí mismo, sino situarlo en su perspectiva real.

La razón humana puede reunir en algunos minutos más objeciones de lo que le sería posible resolver en una hora. Nosotros no intentaremos seguir esta reina orgullosa en sus prestigiosas explosiones dialécticas. Ella es destructora de todo misterio. Pero cuando ella se despierta de su embriaguez, es contra ella misma que dirige la punta acerada de su crítica. No tarda, entonces, en reconocer que la pregunta que nos ocupa está fuera de su competencia. La predestinación implica, en efecto, un encuentro de la eternidad y del tiempo. El término mismo de predestinación, el prefijo pre, prefijado a la palabra “destinación” supone una intuición de un acto eterno, del antes y del después. Además, como se trata de una relación de las criaturas con Dios, tenemos, todavía aquí, un encuentro de lo infinito y del finito. Todo esto advierte la razón finita, cuando ella quiere ser razonable, que ella está en un misterio que debe desbordarla. Si ella no encontrara oposiciones insolubles para ella, tendría que ver en este hecho la señal del error, la señal de que se habría dejado de lado a uno de los elementos de la verdad. La razón no está hecha para criticar el misterio ni para hacer concordar el decreto de Dios con sus propias exigencias. Ella está hecha para hacer concordar nuestra conducta con la voluntad revelada de Dios. He aquí el papel que le ha sido asignado. El misterio es del ámbito de la religión. Es la atmósfera de la fe: sin él, ella no podría respirar y no tardaría en perecer falta de aire vivificante. No se puede adorar lo que se comprende.

También, en vez de librarnos a un ejercicio estéril de esgrima respondona, vamos a intentar ver cómo hay que contemplar la predestinación con otras verdades, situándonos desde el punto de vista de la fe.

Debemos limitarnos. No consideraremos, pues, la predestinación más que en sus relaciones con la doctrina de la Iglesia y con la predicación del Evangelio o la fe en el Evangelio.

La predestinación y la Iglesia, primeramente.

Se sabe que Calvino distinguía entre la Iglesia visible y la Iglesia invisible.

La Iglesia es el cuerpo de Cristo. Pero este cuerpo es, en efecto, a la vez visible e invisible y estas dos caras de la misma realidad no son superponibles.

Se puede uno poner desde el punto de vista de la alianza de gracia, concertada por Dios con Abraham, padre de los creyentes. Esta alianza comprende a los hijos con los padres. En este caso, se debe considerar el cuerpo de Cristo en la totalidad de los elementos que la componen en un momento dado de tiempo, incluido los elementos espiritualmente muertos, que serán cortados de él en el día del juicio. Este cuerpo es, entonces, comparable a una vid. Entre los sarmientos injertados, hay aquellos que llevan fruto y aquellos que “no tienen raíz den la vid”.

En este caso, el cuerpo de Cristo es visible por las marcas que atestiguan su presencia (Palabra y sacramentos) y porque aquellos que, en carne y hueso, hacen profesión de pertenecer a la Iglesia.

Pero se puede considerar el cuerpo de Cristo desde el punto de vista de la elección eterna a la salvación. En virtud de esta elección, Dios ha dado su Hijo a todos aquellos que son injertados o que serán injertados en esta vid que es Cristo, pero injertados para no ser nunca cortados.

En este sentido, es bien cierto que el cuerpo de Cristo, que la Iglesia, es invisible.

En efecto, todo fiel puede saber y debería saber, por su cuenta, que es elegido. Para esto, no tiene más que escuchar el llamamiento a la conversión que Dios le dirige en el Evangelio. Su fe en Cristo es el arras de su elección. Pero por los demás, lo único que puede hacer es dar un juicio de caridad. En efecto, “sólo Dios tiene este privilegio de conocer su Iglesia de la que el fundamento es su elección eterna”. Y este juicio de caridad, no debemos dudar en hacerlo, a pesar de las apariencias. Debemos acordarnos, en efecto, que demasiado a menudo la buena semilla puede ser confundida con la cizaña y que sólo a Dios pertenece el juicio.

Se ve así, con la doctrina de la Iglesia invisible, la teología reformada, siguiendo al mayor de sus doctores, pone con insistencia el acento sobre la elección eterna. Y es con justicia. La predicación, la vocación dirigida a los pecadores por la Iglesia visible, ofreciéndoles la posibilidad de creer y arrepentirse, bien puede incitar su responsabilidad personal; pero ella es impotente para vencer su obstinación o a fijar su versatilidad.

“Para que Cristo no quede como un rey sin súbditos, es necesario la gracia invisible del Espíritu Santo”.

Pero “la sangre de Cristo no puede ser hecha estéril sin que lleve algún fruto. Por lo que debemos aquí mirar a la elección de Dios y también a su vocación interior por la cual Él atrae a sí a los elegidos”.(2)

Sin la elección, nadie podría ser salvo. Pero la Iglesia visible, con su predicación del Evangelio dirigida no a los elegidos sino a todos los pecadores indistintamente, es el testigo de Dios de la alianza de gracia con el género humano.

“Dios –dice Calvino– no toma placer en las miserias de los hombres… Cuando usa severidad con ellos, es voluntariamente a la verdad, porque Él es el juez del mundo; pero no lo hace de corazón, porque toda violencia le es ajena. Y como abraza a todos los hombres con un amor paternal, quiere que sean salvos, a menos que le obliguen a la fuerza” (3)

Pero ellos le obligan en efecto. Tiene que haber, pues, reprobados, como tenía que haber elegidos “dados” al Hijo para que no haya muerto inútilmente en la cruz.

Se ve así como, situada en relación con la doctrina de la Iglesia, la predestinación calvinista no es un límite fijado caprichosamente al amor de Dios. Ella es, al contrario, el esfuerzo supremo de la caridad divina, que no se resigna a la reprobación de muchos más que ante las exigencias de una justicia que nos es incomprensible. Dios, dice en efecto Calvino en su lección sobre el pasaje de Lamentaciones de citar “no se deleita en la miseria de los hombres… No se puede dudar que castigue obligado y forzado”.

Consideremos ahora la predestinación y la fe en el mensaje en el Evangelio. La doctrina de la predestinación afirma que por la voluntad de Dios hay pecadores que serán vencidos por la gracia y que serán salvos gratuitamente, y otros pecadores que recibirán la pena que merecen.

Por otra parte, el mensaje del Evangelio del que Calvino y tras él, el Sínodo de Dordrecht ven el resumen de Juan 3:16, nos enseña que Dios ha amado el mundo y que no quiere que ninguno perezca, no quiere la muerte del pecador, sino su conversión y su vida.

Y ahora, ¿qué hace Calvino, doctor de la predestinación, con el mensaje del Evangelio? Él lo mantiene en su integridad.

La doctrina de la predestinación nos muestra lo que Dios debió resolver, cuando previó el pecado y la obstinación de los pecadores, y lo que vendrá.

El mensaje del Evangelio nos hace conocer lo que es agradable a su naturaleza y lo que Él ordena porque en ello se complace.

Esto se desprende el pasaje que hemos citado anteriormente y, si lo permitiera el tiempo, podríamos multiplicar las citas. Pero lo que importa en esta hora, no es tanto hacer concordar teóricamente el decreto de la predestinación y el mensaje del Evangelio, como que fijemos nuestra actitud real con respecto a este mensaje, y de esta manera, llegar a la certitud de nuestra elección. Estas cosas son realidades graves y la religión debe ser un asunto serio y práctico.

¿Qué es el Evangelio? Retomando los términos del catecismo de Calvino, lo resumiríamos diciendo que es necesario “que estemos seguros de que Dios nos ama y que quiere ser nuestro Padre y nuestro salvador”. “Por su Palabra…, nos declara su misericordia en Jesucristo y nos asegura de su dilección hacia nosotros.”

Entre los que acaban de escuchar estas palabras, hay, tenemos la certitud bendita, quienes saben estas cosas y que creen simplemente. Otros dudan y todavía lo evitan…

A los primeros, decimos: Que vuestro corazón no se inquiete con el pensamiento del misterio de la predestinación. No se trata que inquiráis por algún medio de vuestra invención para saber si sois del número de los elegidos. Se trata de creer en el Evangelio, y, porque habéis creído, podréis leer sobre la cruz de Cristo el decreto liberador: “Aquel que cree en mí –dice Cristo– tiene la vida eterna y nadie lo quitará de mi mano”. En adelante, la certitud de vuestra perseverancia final será fundada sobre la eterna e inmutable fidelidad de Dios quien nos ha dado su Hijo.

A los demás, decimos: No se trata de que os preguntéis si os predestinados a esto o a lo otro, sino que respondáis a la pregunta que Dios hace a cada uno de vosotros: “¿Quieres ser sanado?” Una buena voluntad, ¡eso es todo! Y si me decís: “¿Pero cómo la tendré, puesto que mi voluntad está enferma?”, os responderé: “Por el Espíritu Santo”. Dios lo da a todo aquel que se lo pide.

Y ahora, vosotros sabéis. Por tanto, podéis. La vida ha sido puesta entre vuestras manos. Si os apartáis, no podréis decir que no podíais haber hecho más.

A unos y a otros, decimos: a cada uno se le hará según como haya creído.

Para aquel que no quiere creer en el Evangelio de Cristo, la predestinación es un laberinto sin salida y una piedra de escándalo. Para aquel que va al Padre por Cristo, ella le permite apoyar su fragilidad sobre la Roca de los siglos. Dios es fiel; ¡eterna es su gracia!

(1) Sermón sobre Job, XXXIV, 27

(2) Institución IV,1.1.

(3) Praelect. en Lamentaciones III,33.

_________

Reconstitución, por el autor mismo, de un sermón suyo predicado en la Iglesia de Auteuil.

En Auguste Lecerf, Études calvinistes, (Neuchatel, París : Delachaux et Niestlé, 1949), pp. 25-31; traducido por Jorge Ruiz Ortiz.

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  1. luis hernando rincon hernandez

    La doctrina de la eleccion me hace admirar la sabiduria de Dios demasiado profunda e inescrutable.

  2. marcela

    la verdad PUEDE QUE SUENE TONTO…..PERO ES UN TEMA DE MUCHO CUIDADO LA MAYORIA DE LAS COSAS QUE HAY SE DICE NO LAS ENTENDI…..PERO REALMENTE ME GUSTARIA TENER MAS INFORMACION SOBRE ESTO

  3. enmanuel

    me decepciona leer este comentariio existe o no es importante saberlo y hay q asumir con responsabilidad la respuesta un hombre como calvino pudo equivocarse en su interpretacion de estos versiculos ya q el es un hombre no Dios el no quiere la muerte del impio sino q el mundo sea salvo ese es su proposito no elegir a uno y aotro no

    • enmanuel

      una cosa es soberano y otra un Dios cruel
      la biblia me describe a ADAN no como un muñeco sino como un hijo de DIOS el cual no fue creado con el deseo de q muera muere por ser desobediente al mandamiento de DIOs

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