Movimientos Eclesiales: Roma a la Conquista del Mundo

“Si el santo padre afirma que los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales son un don para la iglesia, debemos creerle”.

Estas fueron las palabras dichas por la fundadora de los Focolares, Chiara Lubich, en junio de 2001, durante un congreso en Castelgandolfo (Roma) sobre los movimientos eclesiales y la nueva evangelización. La peculiaridad de esta afirmación reside, sin duda, en los destinatarios a los que iba dirigida: además de los numerosos representantes de las iglesias ortodoxa, anglicana y luterana, que como siempre acudían fielmente a la llamada ecuménica de Roma, el congreso estaba orientado a seminaristas, diáconos y sacerdotes diocesanos, que son los futuros responsables y los representantes actuales de la iglesia institucional “normal”, la “de toda la vida”, es decir, las parroquias de las diócesis. De hecho, las palabras mismas de Lubich no pueden dejar de reflejar la inquietud existente en amplios sectores de la Iglesia católica romana ante la espectacular floración actual de movimientos eclesiales de todo tipo, que va camino de cambiar totalmente el rostro de la Iglesia de Roma en este nuevo milenio.

Sin embargo, la consigna de Lubich es clara y no admite objeciones. El congreso, pues, sirvió para que en el futuro los movimientos eclesiales sigan teniendo vía libre en la Iglesia católica-romana. Cuentan para ello con todo el apoyo del actual [véase, pasado] papa, quien ha convertido a estos movimientos en pieza clave de su estrategia de “nueva evangelización” a escala mundial

De hecho, es el apoyo a dichos movimientos la característica más destacada del pontificado de Juan Pablo II, hasta el punto que se puede decir que el alcance de dicho apoyo convierte sus incontables viajes en algo meramente anecdótico. De esta manera, los movimientos “hacen camino al andar”, cogidos de la mano del romano pontífice quien, dentro y fuera de la Iglesia católica romana, abre todas las puertas que sea menester. En España, a todo esto, ya tienen 500 mil miembros.

Tal vez lo más llamativo del fenómeno de los nuevos movimientos eclesiales sea el comprobar lo enormemente distintos que son estos entre sí, lo cual, en una iglesia que siempre se ha preciado de uniformidad hasta llevarla a límites insospechados, ciertamente es algo muy a tener en cuenta. Tomemos el ejemplo del movimiento Adoración Nocturna, cuyos miembros, 36 mil en España, se comprometen a realizar en la parroquia una vigilia al mes de oración a los elementos eucarísticos. Se trata, pues, de un movimiento de piedad individual eminentemente tradicional (de hecho, fue fundado en París en 1848) que gira en torno a las misas de la parroquia y que cuyo verdadero corazón no es otro que el dogma de la transubstanciación. Por tanto, tan sólo se puede concluir que Adoración Nocturna es un movimiento completamente en lÍnea con el Concilio de Trento.

Compárese esto con el llamado Camino Neocatecumental (en adelante, CNC), movimiento fundado por el artista Francisco (Kilo) Argüello a mediados de los años 60 en los suburbios de Madrid. Su principio fundamental es considerar a Trento algo así como una perversión de la Iglesia que hace necesaria una vuelta urgente a los orígenes del cristianismo, que es lo que, según ellos, precisamente habría propiciado el ConcIlio Vaticano II. Evidentemente, el dogma de la transubstanciación, proclamado en Trento, no juega en este planteamiento un papel muy relevante (de hecho, Argüello lo ha llegado a criticar abiertamente).

Todo ello podría tal vez pensar a algún incauto que el CNC viene a ser como una iglesia evangélica en el seno de la católica romana, pero no hay que engañarse: el CNC no proclama nunca la salvación por gracia, sin méritos y sólo por la fe personal en Jesucristo, ni llama a un verdadero arrepentimiento ni una vida de santidad; el movimiento subraya más bien la dimensión de la vida comunitaria y el deber de la evangelización, algo así como una vuelta a la disciplina de la Iglesia de los primeros siglos, pero desprovista del mensaje específicamente evangélico. Para conseguir sus ideales, el CNC crea una especie de iglesias paralelas en el seno de las parroquias, hasta el punto de no participar de la misa dominical “normal” para pasar a celebrarlas el sábado por la noche, o también, laxos en según qué puntos pero muy rígidos en otros, de no tener problemas en hacer normativa para el cristiano la entrega de bienes que en el Nuevo Testamento (Hechos 4-5) era voluntaria.

La coexistencia de grupos tan diversos en el seno de una misma iglesia, en este caso la católica romana, no se comprende muy bien a no ser por la existencia de la volunta firme de una sola cabeza, la del obispo de Roma, que los utiliza en función de sus  fines propios. El papa se ha convertido así en el referente de cada grupo a la hora de justificar su propia existencia y, de esta manera, es la común referencia a Roma lo que uno a los grupos entre sí y al reto de la Iglesia (curiosa manera, dicho sea de paso, de entender la unidad de la fe y de la Iglesia).

Al trazar la historia particular de cada movimiento, siempre se encuentra uno con el mismo proceder invariable: orígenes, por decirlo así, nebulosos, salto a Roma y, finalmente, eclosión universal. Éste sería el caso del ya citado CNC, enviado a Roma por la mediación del entonces arzobispo de Madrid, Monseñor Morcillo (quien, no deja de ser curioso, protagonizó, juntamente con el cismático arzobispo Lefebvre, una sonada oposición durante el Vaticano II); o también de Legionarios de Cristo, potente obra de origen mejicano dedicada oficialmente a la educación y a numerosas iniciativas de carácter empresarial y social, cuyo fundador, Marcial Maciel Degollado fue encaminado al Vaticano por el ministro franquista Martín Artajo, por allá los años 40, Por no hablar de la pomposa instalación en Roma, durante los años 50, del Marqués de Peralta, título comprado por José María Escriba, más conocido como (san) Escrivá de Balaguer, el flamante padre del Opus Dei.

Como vemos, pues, a todo aquel que se le encomienda incondicionalmente, Roma le abre de par en para las puertas de su iglesia. De esta manera, por ejemplo, los Legionarios de Cristo fueron en 1965 plenamente reconocidos como orden religiosa por Pablo VI, a pesar de las denuncias e investigaciones que su fundador ha recibido a lo largo de su ya larga vida. Hoy en día, los Legionarios cuentan con unos 3.000 sacerdotes y 5.000 miembros, con una presencia en 20 países, dirigiendo universidades, centros de enseñanza superior y numerosos colegios, amén de poseer múltiples ONG y de haber adquirido hasta un grupo mediático (Hombre Nuevo) con sede en Los Ángeles.

No menos espectacular ha sido la proyección del CNC, ya que en poco más de 30 años ha pasado de las chabolas de Madrid a contar con unas 15.000 comunidades, presentes en unas 5.000 parroquias de 800 diócesis, agrupando a más de 1 millón de miembros en más de 100 países (unos 86.000 en España). Cabe destacar que el CNC dirige también unos 35 seminarios diocesanos en todo el mundo, gracias a una decisión de Juan Pablo II tomada a pesar de la opinión mayoritaria de los expertos, contraria a conceder los seminarios diocesanos a un solo movimiento, algo hasta ahora inédito.

¿Y qué decir del mítico Opus Dei? Su poder económico equivale, según estimaciones, a la riqueza de muchos países del Tercer Mundo. La iglesia católica romana, que siempre condenó tajantemente las sociedades secretas, no ha dudado en bendecir al Opus Dei, inspirado, es lo menos que se puede decir, en dichas sociedades. Precisamente es durante el pontificado de Juan Pablo II cuando el Opus Dei, cuya aprobación fue denegada en 1956 porque no se correspondía a ninguna realidad descrita en el Derecho eclesiástico, ha alcanzado su mayor proyección en la iglesia católica romana al adquirir una posición mayoritaria en la curia romana y conseguir, al fin, lo que le fue negado por sucesivos papas: ser una prelatura personal del pontífice romano, es decir, una especie de diócesis “flotante”, dependiente directamente del papa, por encima de los límites territoriales del resto de las diócesis. Situación envidiable, sin duda, pero en realidad absolutamente anómala.

Asimismo, fuera de la iglesia, el Opus Dei se ha introducido ya en altas esferas del FBI y de la CIA y avanza poderosamente en los centros políticos del poder mundial (ONU, UNESCO, OCDE, Parlamento Europeo, Comisión Europea, etc).

En esta enumeración de las nuevas “glorias” de la iglesia católica romana, mención especial merece, sin duda, el movimiento de los Focolares, también llamado Obra de María. Cuenta con 135.000 miembros y con más de 2 millones de adherentes en 182 países. Como los otros movimientos ya citados, esta organización ha conseguido amasar en los últimos decenios un inmenso imperio económico, formado a partir de un aglomerado de asociaciones de todo tipo. La peculiaridad de los Focolares reside, sin duda, en su mensaje fundamental, que básicamente es un estribillo extremadamente sencillo y pegadizo: todas las religiones del mundo, ¡uníos en nombre del amor! Un mensaje, en definitiva, completamente afín a la espiritualidad de la Nueva Era que, significativamente, no es más que la plasmación del programa de fondo de Vaticano II.

Es así como su fundadora, Chiara Lubich, ha llegado a coleccionar premios de organismos internacionales (UNESCO y Consejo de Europa, entre otros) y, como líder espiritual de los nuevos tiempos, comienza a ser tratada por todos como una especie de nueva Dalai Lama.

En definitiva, se equivocan los que piensan que la modernidad le ha ganado la partida a Roma. Todavía es muy pronto para decirlo. El gran poder de cada movimiento eclesial por separado tan sólo nos habla del gigantesco poder que dispone aquel que se lo ha otorgado, el papa de Roma. Y éste se sirve de los movimientos no sólo para conservar su poder, son también para aumentarlo en el nuevo escenario de fusión mundial acelerada en el que nos hallamos. Aunque para ello tenga que transformar radicalmente la iglesia que le profesa obediencia (ciega, hay que decir). De esta manera, estamos ante una nueva iglesia que no parará hasta traer a todo el mundo a los pies del papa de Roma. Seguramente, nos falta perspectiva para comprender lo que esto supone.

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Artículo publicado en En la Calle Recta nº 194 (mayo-junio 2005), pp. 22-25

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